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¿Cómo se hace la medición de la pobreza que celebra Milei y cuestiona la oposición?

La baja en las cifras del segundo semestre del 2024 respecto al periodo anterior envalentonó al gobierno, a la vez que alborotó a sus críticos.

El presidente Javier Milei celebró eufórico los indicadores de pobreza e indigencia del segundo semestre de 2024 difundidos el lunes por el INDEC, mientras sus detractores relativizaron la representatividad social de las estadísticas cuando no impugnaron la honestidad de la medición oficial. La confrontación planteada entre las cúpulas del oficialismo y la oposición derramó al teatro de operaciones de la militancia que abreva bajo el paraguas de cada polo, un ámbito con acceso restringido para la razón, sin la cual se evapora la utilidad de cualquier estadística.

En los núcleos duros de militancia, pero también en sus periferias, por lo general se considera que las estadísticas son serias sólo cuando reflejan sus convicciones, sin que importe cómo se desarrolló el trabajo para obtenerlas. En el universo libertario basta con que los indicadores de pobreza e indigencia se reduzcan para darle rienda suelta a la celebración y las gastadas a los rivales políticos.

No hay lugar en la agenda oficial para discutir los defectos en la medición señalados por los opositores, que cayeron en la cuenta de su existencia cuando salieron a buscar motivos para invalidar las estadísticas no deseadas. No obstante, la gestión de Milei no introdujo cambios en el trabajo para la determinación de los índices de pobreza e indigencia. Se basa en los mismos insumos y metodología que durante los gobiernos precedentes. Y eso no es todo: el director del INDEC en la era Milei es Marco Lavagna, el mismo que lideró el organismo bajo el mando de Alberto Fernández.

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Marco Lavagna continuará en el INDEC durante la gestión de Javier Milei.

Marco Lavagna continuará en el INDEC durante la gestión de Javier Milei.

Al margen de esa confrontación, la medición del INDEC deja flancos descubiertos para cuestionar. El más importante: la conformación de las canastas que determinan las líneas de indigencia y pobreza se definió hace 20 años, en función de los hábitos de consumo de aquella época, muy distintos a los actuales. Un defecto claro: la incidencia de los servicios en la canasta del INDEC es muy inferior a la que ostenta sobre el consumo familiar real en la actualidad.

En el segundo semestre del año pasado, el INDEC detectó que la pobreza alcazaba al 38,1% de la población del país, mientras que el 8,2% vivía en la indigencia. La medición corroboró una contracción en los porcentajes de pobreza e indigencia respecto a los de los dos semestres previos, como consecuencia de una mejora en los ingresos familiares superior al incremento del precio de la canasta básica total. No obstante, no despejó las dudas a quienes viven situaciones personales contradictorias ni a los que creen que las estadísticas se tergiversaron.

Para el gobierno, la foto del INDEC de la segunda mitad de 2024 demuestra la efectividad del plan libertario para reducir la pobreza y la indigencia mientras avanza en el mayor ajuste de la historia. En cambio, desde la oposición surgieron cuestionamientos sobre la representatividad de la realidad que expresan los indicadores del INDEC.

La postura contraria al gobierno asegura que la medición de la canasta básica del organismo nacional está desvirtuada por la antigüedad de la determinación de su conformación, que data de 2004. El oficialismo defiende la medición porque usa los mismos parámetros que en las gestiones precedentes.

Las bases de la medición

Los indicadores de pobreza e indigencia surgen de la relación entre los ingresos de las personas y los hogares con los costos mínimos para subsistir (Canasta Básica Alimentaria) o vivir sin apremios (Canasta Básica Total). La evolución de los ingresos de las personas y los hogares surge de la Encuesta Permanente de Hogares, mientras que los precios de los bienes y servicios incluidos en las canastas que demarcan las líneas de pobreza e indigencia surgen de un relevamiento de campo.

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El concepto de línea de indigencia procura establecer si los hogares cuentan con ingresos suficientes como para cubrir una canasta de alimentos capaz de satisfacer un umbral mínimo de necesidades energéticas y proteicas. La medición de la pobreza con el método de la línea de pobreza (LP) consiste en establecer, a partir de los ingresos de los hogares, si estos tienen capacidad de satisfacer –por medio de la compra de bienes y servicios– un conjunto de necesidades alimentarias y no alimentarias consideradas esenciales.

La conformación de las canastas responde a los hábitos de consumo de la población. El INDEC se basa para la medición de la pobreza e indigencia en canastas conformadas hace 20 años. Para los críticos de la gestión, esa circunstancia invalida el resultado de la medición, ya que los consumos de la sociedad variaron mucho. La misma objeción recae sobre la medición de la inflación, también atada a la evolución de los precios de los bienes y servicios incluidos en la canasta de consumo definida en 2004.

En el caso de la medición de pobreza y la indigencia, el INDEC desagrega la evolución de los indicadores por provincia y por región. Para eso, calcula el precio de las canastas en cada región. Es decir, las líneas de pobreza e indigencia de las provincias varían según los costos de las canastas de referencia en la región en la que se ubican. Los precios más altos del país se registraron en la Patagonia: la canasta básica total sumó $386.867,21, mientras la alimentaria demandó $149.369,58 en la segunda parte del 2025.

En ese contexto, el requerimiento de ingresos para escapar de la indigencia y la pobreza es mayor en Neuquén que en las provincias ajenas a la Patagonia. No obstante, el ingreso per cápita familiar medido en la provincia es de los más altos del país ($559.272).

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