De fans de Naruto a emprendedoras: la historia de amor detrás de las golosinas más raras del mundo en Neuquén
Clarisa y Eluney encontraron en Isla Origami un trabajo, un proyecto y, sobre todo, una forma de compartir la alegría en comunidad.
Fascinación. Esa sensación tan primaria que aparece cuando algo resulta irresistible. No importa si es bueno o es malo: no se trata de un hecho moral. Simplemente es algo que enciende la mirada y el corazón. Es exactamente lo que despierta Isla Origami (@islaorigami), el emprendimiento de Eluney Huaiquiñir y Clarisa Bustamante, con el que van por ferias (en Neuquén y la región) llevando golosinas y snacks de los lugares más recónditos del mundo. Un proyecto de dos emprendedoras que encandila a niñas y niños e invita a sus familias a pasear un momento por su propia infancia.
La idea surgió casi por un error de cálculos. Clarisa y Eluney son pareja hace 7 años, el año pasado se casaron y están muy felices con ese paso, pero sobre todo son compañeras: siempre anduvieron juntas en proyectos en común, oportunidades para estar mejor.
“Nosotras somos de una situación económica media baja. Todo nos cuesta y necesitamos remarla”, explica Clarisa. Eluney es maquilladora artística, suele trabajar en fiestas infantiles. Clarisa fue administrativa durante 18 años en una pequeña empresa de Cipolletti que fundió hace poco. Ambas vienen de familias trabajadoras, nunca les sobró nada.
Clarisa es fan del animé. Cuando era chica, llegaban con el hermano de la escuela y se zambullían a tomar la leche y a mirar dibus: Dragon Ball, Los Caballeros del Zodíaco, Sailor Moon.
“De adolescente dejé eso un poco de lado, pero siempre volví a las cositas que hicieron de refugio cuando era niña. Después empecé a ver Naruto para pasar el rato y terminé re enganchada. Nunca lloré tanto como con Naruto. Ahí hice toda la catarsis de mi vida. Ahora estoy viendo One Piece, que está re bueno, tiene un mensaje re copado, profundo. Y, a su vez, es un lugar siempre seguro porque tiene mil capítulos: nunca te abandona”, dice Clarisa.
En una oportunidad, Eluney viajó a Buenos Aires con una amiga y quiso ir a conocer el Barrio Chino para comprarle un regalo a Clarisa. Entró a un supermercado para buscar algo chiquito y salió con un carro lleno de cosas extrañas que nunca había visto en su vida. Cuando volvió, Clarisa estaba fascinada, pero con buen tino pensaron: no nos podemos comer todo esto, ¿qué vamos a hacer? Entonces Eluney, que solía ir a vender los fines de semana a la feria maquillajes artísticos, decidió llevar algunas de esas golosinas.
Nace Isla Origami en Neuquén
Fue un éxito. En unas semanas había logrado vender todo. La gente compraba, con esfuerzo, porque son cosas un poco caras en relación a otras golosinas más tradicionales, pero lo hacía y, sobre todo, detectaron que se ponía muy feliz con el hecho de explorar y preguntar de qué se trataba.
“Nosotras no tenemos la posibilidad de viajar a Japón a probar esas cosas. A ningún lado, en realidad”, dice Clarisa entre risas. Le había pasado a ella misma de sentirse muy atraída por el ramen que comía Naruto día y noche en la tele y ella, aunque no tenía ni idea de qué se trataba, quería probarlo. Hasta que un amigo viajó a Japón y le trajo un pote y en ese gesto sintió una profunda alegría. “Tal vez para otros es un poco más accesible, yo no lo había visto en ningún lado nunca. Mi mamá cocina muy bien y vende comida real, casera, nutritiva y en esa lógica nos crió. Entonces las golosinas o la comida rápida eran lo imposible”, explica.
Eluney y Clarisa vieron eso. No solo se estaban proponiendo vender un producto, sino un ratito de felicidad. Se debatieron si debían hacerlo, si tenían las posibilidades materiales, hasta que se decidieron, viajaron a Buenos Aires a explorar como dos niñas y comenzaron a andar la aventura de Isla Origami.
Golosinas y cosas ricas: ¡Quiero llevarme todo!
Hata, un ícono del pop japonés o, para el resto de los mortales, simplemente una botella de vidrio con una bebida azul que adentro trae una bolita que, al romperse, la gasifica; unos ñoquis de arroz deshidratados para meter en el microondas; el súper viral BTS Iced, un café sabor avellanas que se toma con hielo y que en el packaging trae la imagen del fenómeno del K-pop surcoreano; papas fritas picantes —de los más delirantes nombres e intensidades—, de jamón glaseado con miel, de bife de chorizo, paprika, cheddar; ramens de las más diversas formas y tamaños; latitas de Hello Kitty, Pikachu, My Little Pony y de personajes que quizá nadie llegue a conocer muy bien, con gomitas, pastillas, pastillas aún más pequeñas, caramelos; una bebida de cereza gasificada que compite con Coca Cola.
La Isla Origami es inagotable, siempre hay cosas nuevas para explorar, porque todo el tiempo van cambiando los productos. No son solo rarezas asiáticas, también hay cosas de otras partes del mundo: México, Brasil, Estados Unidos, hasta una chocolatada rosa de frutilla que muchos de nosotros tomábamos en la infancia.
Las chicas tienen un principal aliado en su negocio, que es su propia familia, pero no cualquier pariente, sino las y los más pequeños: hermanitos, sobrinos, las mismas mini clientas que visitan el stand cuando lo encuentran en una feria. Ese es el sector que tiene la información, el que conoce porque lo vio en un video de TikTok o alguien en la escuela comentó o lo nombraron en YouTube en un video sobre productos raros de alguna película. También hay un gran sector que llega con pedidos especiales: “Chicas, por favor, ¿pueden conseguirme esto?”.
Las redes sociales se colaron en las dinámicas familiares, a excepción de algunos hogares, cuyos motivos son sobrados y conocidos. Para las infancias, Isla Origami es efervescente. Aprovechan a grabar sus videos, a hacer sus propios retos desde el Alto Valle. Pero lo cierto es que la necesidad del consumo dura solo un suspiro y que lo que sucede es la posibilidad del intercambio, que las palabras de esas infancias sean escuchadas, valoradas. Que la fantasía, lo que se ve, se haga palpable. Muchas son las familias que se quedan en el stand, que encuentran ahí un momento para el asombro, para charlar entre generaciones. No todos pueden comprar y lo cierto es que las chicas hacen el esfuerzo para que nadie se vaya con las manos vacías.
Vivir en las ferias de Neuquén y la región
Además de la inversión inicial, que costó bastante recuperar hasta que empezó a girar, las chicas invierten permanentemente, como ahora que Clarisa puso lo último que le quedaba de la indemnización para equiparse de cara a la Fiesta de la Confluencia. Durante estos 3 años de emprendimiento, aprendieron a contactarse con buenos proveedores, a que jamás deben comprar chocolates en el verano —un día recibieron 10 kilos de Mr. Beast derretidos—, pero sobre todo entendieron que lo que sostiene es la red, el entramado que se construye en los espacios de economía social.
Uno de los primeros espacios feriantes fue el Hotel Hilton, donde les fue muy bien, la gente bajaba de sus habitaciones a buscar a las chicas de las cosas geniales. Con el tiempo, fueron armándose un circuito, que por supuesto tiene como paradas necesarias la feria Kabuki y la Otaku Con, de Bariloche, que es donde se encuentran con su público estrella: un montón de adolescentes, pibes chicos y no tan chicos, fans del manga, del animé.
Los viernes suelen estar en la feria de Diagonal 25 de Mayo, Emprendedores Unidos y los fines de semana salen en busca de eventos, por ejemplo, ahora toca el Festival Latir de Fernández Oro, una fiesta que celebra el chamamé y la música campera. Van donde sea, donde ven la posibilidad, y eso, al mismo tiempo, se convierte en una oportunidad de conocer culturas, tradiciones que quizá no les sean propias. Así como Isla Origami es, en definitiva, un espacio de descubrir, ellas también lo hacen en cada espacio del que participan.
“La feria es un espacio de contención que para nosotras es tremendo. No solo por los espectáculos que podemos disfrutar mientras trabajamos, sino que te permite conocer un montón de feriantes, tenemos amigos por todos lados, pero también gente con la que compartimos experiencias, con la que podemos empujarnos, animarnos, porque la situación económica está muy difícil”, dicen.
Animarse a descubrir, romper prejuicios o darse un paseo por la infancia: todo eso propone Isla Origami, el proyecto de dos laburantes que crearon un pequeño espacio de alegría compartida.
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