Apostando a la cría del caballo criollo, Adriana Oviedo, transformó una chacra recuperada en un proyecto productivo, cultural y turístico con proyección regional.
La relación de Adriana Oviedo con los caballos no es casual ni reciente. Nacida en Junín de los Andes, su vínculo con el mundo criollo comenzó en la infancia, de la mano de su padre, oriundo de San Luis, quien tuvo su primer destino en el Ejército justamente en esa localidad neuquina. Allí, el contacto cotidiano con los caballos marcó a toda la familia.
Aunque la vida los llevó luego a mudarse —pasaron por Buenos Aires y finalmente se radicaron en Neuquén capital—, el amor por el campo y las tradiciones nunca se perdió.
En una familia numerosa, de seis hermanos, la pasión por los caballos siempre estuvo presente, aun cuando las condiciones de vida urbana impedían desarrollarla plenamente.
Una chacra con historia
El punto de inflexión llegó en 2017, cuando Adriana y su familia arribaron a una chacra abandonada en la zona de Paso Córdoba, a pocos metros del río Negro. El lugar formó parte de un intercambio por una hostería que tenían en Aluminé.
La imagen inicial distaba mucho de lo que es hoy: viejas y abandonadas plantaciones de peras y manzanas, y un casco de chacra con un chalet de más de cien años testigos del pasado productivo del lugar que había quedado detenido en el tiempo.
En el parque, casi oculto, había un imponente árbol de magnolias, grande y fuerte, inmune al paso del tiempo. Era tal su presencia, que terminó convirtiéndose en el símbolo del nuevo comienzo y en el nombre del proyecto. “Hoy la chacra dio un giro de 360 grados”, resume Adriana, al recordar aquel primer contacto con el lugar.
Los primeros años estuvieron marcados por decisiones difíciles. La producción frutícola no resultaba viable frente a la competencia de grandes productores, por lo que se optó por abandonar ese camino. Adriana comenzó a sembrar alfalfa y, poco a poco, los caballos volvieron a ocupar el centro del proyecto.
Con dos yeguas de salto y el espacio necesario para crecer, surgió la oportunidad de adquirir tres yeguas madres criollas.
Ese fue el punto de partida de lo que hoy es La Magnolia, una cabaña dedicada a la cría de caballos criollos, sostenida por el acompañamiento constante de su familia. “No es solo trabajo —explica—, es emoción, ideas compartidas y un sueño que se construye entre todos”.
Malacate, el padrillo que lo cambió todo
Cada animal de La Magnolia tiene su propia historia, pero la de Perlao Malacate es especial. Este padrillo llegó a la chacra hace unos tres años, cuando su anterior dueño decidió viajar a Europa y necesitaba a alguien que lo cuidara.
El acuerdo inicial era simple: Adriana se hacía cargo del animal y, a cambio, podía utilizarlo como padrillo de servicio. Con el tiempo, el vínculo se fortaleció y el cuidado cotidiano dio lugar a una decisión inesperada: el propietario, al ver el compromiso y el trato que recibía su caballo, decidió regalárselo al establecimiento. “Me dijo que no iba a volver y que el caballo me lo regalaba. Le ofrecí pagarle, pero para él era una ofensa. Fue un reconocimiento”, recuerda Adriana.
Malacate llegó con toda su documentación en regla, inscripto en la Asociación Criolla Argentina, y ese gesto marcó el inicio de una nueva etapa.
Con Malacate ya como parte definitiva de La Magnolia, Adriana decidió prepararlo para competir en exposiciones rurales. El sueño, aunque lejano, era claro: llegar algún día a la Rural de Palermo.
El camino exigía trabajo paciente y constancia y Malacate pasó de ser el “rey” del campo, con su propio potrero y nueve yeguas, a entrenar como un verdadero deportista, a cumplir con medidas morfológicas estrictas, a mejorar su presentación, su doma y su funcionalidad como parte de todo el proceso.
Para esta etapa clave, Adriana confió en el domador Edgardo Miranda, recomendado por referentes del criollismo regional. La apuesta dio resultado.
Un primer gran paso: la Rural de Junín de los Andes
La participación en la Exposición Rural de Junín de los Andes fue la primera gran prueba. Para Adriana, significaba enfrentarse a criadores con mucha experiencia y animales de genética destacada.
“Mi expectativa era simplemente llegar, ya eso era un logro”, confiesa. Sin embargo, la experiencia superó todo lo imaginado. El reconocimiento obtenido confirmó que el trabajo había sido el correcto y que el sueño comenzaba a tomar forma. “La emoción de saber que hicimos las cosas bien fue enorme”, resume.
La Magnolia como espacio de encuentro
El crecimiento del proyecto no se limita a la cría de caballos. La Magnolia también comenzó a consolidarse como un espacio de encuentro y hospitalidad. Un hito en ese camino fue la realización de un encuentro criollo en la chacra, que empezó como una pequeña cabalgata y terminó reuniendo a más de cincuenta personas.
“Fue nuestra primera experiencia abierta al público y la respuesta fue increíble”, recuerda Adriana. Ese día fortaleció vínculos dentro del criollismo y reafirmó la vocación del lugar como espacio de servicio y disfrute. Y de esa experiencia, lo que era una proyección a futuro, empezó a ser un hecho; caballos, turismo y tradición se conjugaban en un lugar en común, que iba creciendo.
Un reconocimiento al camino recorrido
En el marco de la Exposición Rural de Junín de los Andes, Adriana Oviedo fue reconocida y distinguida por LM Neuquén con el premio a Emprendedora del año por su labor en La Magnolia. Este premio destaca el desarrollo productivo del emprendimiento, así como su aporte a la identidad cultural, la puesta en valor del turismo y el criollismo.
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