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De Neuquén a Venezuela: un camino humanitario que continúa

Tras llevar las cenizas de un ciudadano venezolano desde Neuquén hasta su familia en Perú, un voluntario neuquino decidió seguir viaje y ayudar en Venezuela.

Hay viajes que tienen un destino marcado y otros que encuentran su verdadero sentido mientras avanzan. El de Juan Diego Lorente comenzó en Neuquén con una promesa: cumplir la última voluntad de un hombre que había pasado más de un año internado. Pero la misión no terminó al entregar sus cenizas a la familia. El camino continuó hasta Venezuela, donde ahora busca ayudar como voluntario.

Todo comenzó con Néstor Tovar Ibarra, un ciudadano venezolano que residía en Neuquén y cuya vida cambió después de sufrir una caída que le provocó una lesión medular y lo dejó paralítico.

Néstor permaneció internado durante 416 días en el Hospital Provincial Neuquén Dr. Eduardo Castro Rendón. Durante ese extenso período fue atendido por el equipo de Traumatología y por médicos, enfermeros, auxiliares y trabajadores de distintas áreas que lo acompañaron a lo largo de su recuperación y tratamiento.

Pero la compañía no llegó solamente desde el hospital. Integrantes de la comunidad venezolana que vive en Neuquén también estuvieron cerca. Se acercaban para llevarle comida, conversar con él y brindarle contención. A ellos se sumaron voluntarios de la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina.

Con el paso de los meses, la situación de Néstor se complicó aún más. Durante la internación le diagnosticaron cáncer de próstata. A pesar de la atención recibida y del acompañamiento que tuvo durante todo ese tiempo, finalmente murió en Neuquén.

Antes de partir había expresado un deseo concreto: después de su cremación, quería que sus cenizas regresaran junto a su familia y fueran entregadas especialmente a su hermano Adrián, que se encontraba en Perú.

Fue entonces cuando Juan Diego Lorente asumió una tarea que trascendía cualquier trámite.

De Neuquén a Perú

El presidente de la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina se encargó de acompañar el traslado de las cenizas hasta Perú. La acción se realizó en coordinación con Cruz Roja y con el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

El viaje permitió finalmente que los restos de Néstor fueran entregados a sus familiares. La misión estaba cumplida.

Pero Juan Diego decidió no regresar inmediatamente. Después de concretar la entrega, tomó una decisión personal: continuar viaje hacia Venezuela y ponerse a disposición de la Cruz Roja Venezolana para colaborar como voluntario frente a las consecuencias del terremoto que afectó al país.

No se trató de un despliegue oficial de Cruz Roja Argentina. Su permanencia en Venezuela fue asumida por iniciativa propia y financiada con sus propios recursos, con el respaldo y acompañamiento de su familia.

Desde la institución argentina aclararon que actualmente no existe una misión operativa de personal de Cruz Roja Argentina en Venezuela. La organización sí brindó apoyo material y económico y, si las circunstancias lo requieren, existen mecanismos para activar oportunamente un eventual despliegue.

Por eso, el viaje de Juan Diego tiene una característica particular: es el recorrido de un voluntario que decidió continuar ayudando por cuenta propia.

Una ciudad marcada por el terremoto

Ya en Venezuela, las primeras recorridas lo enfrentaron con las consecuencias visibles del terremoto. Edificios afectados, estructuras colapsadas, escombros y sectores todavía golpeados forman parte del paisaje que encontró durante sus primeros días.

Una de las imágenes de su llegada lo muestra de espaldas, con su chaleco rojo de socorrista, frente a los restos de una construcción. Pero detrás de las paredes dañadas aparecieron historias mucho más difíciles de fotografiar.

Historias de personas que perdieron familiares, viviendas, vínculos y parte de sus vidas. Y fue justamente una de esas historias la que terminó llevándolo a un lugar inesperado.

El gimnasio que apareció en medio del viaje

A pocas cuadras del hotel donde se alojaba en Caracas, Juan Diego encontró una plaza con un gimnasio al aire libre.

Había pesas, barras, discos y bancos. Muchos de los elementos eran antiguos y sencillos, pero el espacio tenía una característica que rápidamente llamó su atención: estaba abierto desde temprano hasta la medianoche, era gratuito y contaba con un profesor que acompañaba a quienes se acercaban a entrenar.

Para alguien que está ligado desde hace años al culturismo y al entrenamiento físico, aquel lugar no pasó inadvertido.

Juan Diego encontró allí algo que reconoce como una de las raíces de su propio vínculo con el deporte: elementos simples, esfuerzo, disciplina y personas que se reúnen no solamente para entrenar, sino también para conversar y compartir. Así conoció al profesor.

Lo que comenzó como una charla sobre ejercicios y entrenamiento terminó tomando otro rumbo.

El hombre comenzó a contarle parte de su vida y las consecuencias que el terremoto había dejado en su entorno. Habló de pérdidas familiares, de la soledad y de una historia personal marcada también por un prolongado distanciamiento de su madre, una mujer de 73 años.

Juan Diego decidió escucharlo. Y esa conversación terminó convirtiendo a dos entrenadores, que hasta ese momento eran completos desconocidos, en protagonistas de un encuentro mucho más profundo que el deportivo.

Un nuevo desafío: acompañar un reencuentro

De aquella charla surgió también un nuevo propósito. Juan Diego quiere acompañar al profesor en el intento de reencontrarse con su madre. También busca estar a su lado para intentar regresar al denominado “punto cero”, un lugar relacionado con el terremoto al que el hombre ya había intentado acercarse, pero al que no pudo llegar debido al impacto emocional que le provocaba hacerlo.

No se trata de una gran operación de rescate ni de una misión con vehículos, equipos especiales o despliegues multitudinarios.

Es algo más sencillo: acompañar, estar ahí, escuchar y ayudar a que alguien pueda dar un paso que solo no logró dar.

Un viaje que todavía no terminó

El recorrido de Juan Diego Lorente atravesó varios países, pero mantuvo siempre una misma dirección. Primero fue Néstor y su última voluntad. Después de 416 días de internación en Neuquén, sus cenizas finalmente llegaron hasta su familia en Perú.

Luego apareció Venezuela y una nueva oportunidad de colaborar. Ahora, entre recorridas por zonas afectadas por el terremoto y encuentros inesperados, el presidente de la Filial Neuquén de Cruz Roja Argentina continúa su viaje como voluntario, sostenido por sus propios recursos y por el acompañamiento de su familia.

La historia comenzó con una persona que quería volver junto a los suyos después de morir. Terminó llevando a Juan Diego mucho más lejos de lo que había imaginado.

Porque una tarea humanitaria puede empezar con una urna, continuar con un viaje de miles de kilómetros y terminar, inesperadamente, en una plaza, frente a un gimnasio sencillo, escuchando la historia de alguien que necesita compañía.

Desde Neuquén hasta Perú y desde Perú hasta Venezuela, el recorrido mantiene un mismo sentido: acompañar a otros cuando más lo necesitan.

Y, a veces, ayudar no significa hacer algo extraordinario. Significa simplemente no seguir de largo.

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