Dejó su trabajo y vendió su auto para amasar su sueño en un garage
Amor, mucha pila e inventiva. A la hora de encontrar un por qué, ella destaca la complementariedad de quien se manda sin pensarlo demasiado y quien va dosificando ese vuelo con una cuota de análisis y racionalidad. Con todo, ambos coinciden en ponderar esas horas de trabajo, de noches sin dormir y sin salir. Una inversión de tiempo, a contracorriente del ocio habitual en los "veintis". Una joven pareja que creyó en algo y se la jugó, sin medir más que el propio deseo.
La historia de Doltutti, la fábrica de pastas que este mayo cumple una década en el Alto Valle, nació de las entrañas de Mateo Bilbao en su último tramo como estudiante de gastronomía en Cocineros Patagónicos. Tenía 26 años, había pasado ya un año del flechazo que lo hizo inseparable de Gisella Dolci, su socia en el amor, en los sueños, las aventuras emprendedoras, en la vida y -actualmente- en una marca que no para de crecer.
En ese momento, Mateo había aceptado un trabajo a distancia y bajo diagrama para foguearse en la cocina de una empresa de catering que alimentaba a "unas 10 mil personas" en una mina, situada cerca de Rincón de los Sauces. Allí se hizo desde abajo, como se suele decir. Y en ese rápido crecimiento que lo llevó de lavar copas a tener a cargo el sector de pastelería, se enamoró de las recetas para producción masiva, "en cantidad".
Ese fue el primer eslabón que lo llevó a pensar en un proyecto propio, con una cuota artesanal. El ritual de las pastas caseras los domingos en familia, cerraron la ecuación de inmediato. Y así, sin darle muchas vueltas, se compró una pastalinda industrial, un freezer y una amasadora chiquita con la idea de tentar al destino.
"Yo quería irme del campo, quería irme, no me gustaba mucho la rotación 14 por 14. Quería estar en la ciudad, la vida social, me costaba el desarraigo. Por otro lado, cuando terminé de estudiar, me di cuenta que no quería trabajar en una pizzería o un restaurante, sino que quería tener mi propio espacio. Luego fallece mi viejo y se da la posibilidad de tener un espacio en el garage de la casa de mi mamá en Cipolletti, que siempre lo utilizaba él. Yo vivía con ella, así que lo remodelamos y acondicionamos el lugar. Arranqué y a los cuatro días Gise me empezó a ayudar. En ese entonces yo tenía 26 y ella, 20. Estudiaba diseño gráfico, no tenía mucha idea de gastronomía, pero desde el minuto cero el proyecto fue de los dos", contó Mateo, en diálogo con LMN.
"En el 2013 yo vivía con mis padres cerca del aeropuerto, en Neuquén. Trabajaba en una gráfica y se me empezó a complicar con la distancia, no tenía movilidad. Empecé a estar mucho en lo de Mateo, tenía tiempo libre, así que lo empecé a ayudar", indicó Gisella.
"El primer mes hicimos una variedad de sorrentinos de jamón y queso, que en su mayoría lo vendimos a familia y amigos. Al segundo mes agregamos dos variedades nuevas y unos canelones, como para que prueben algo más. Y así empezamos, vendiendo durante un año y medio en el garage", postuló.
"Las primeras compras siempre son de familia y amigos para darte una mano. Después siguen comprando, si les gusta el producto; y empieza el boca en boca. Cada vez nos fue comprando más gente. Gise se había hecho cargo de promocionar en las redes sociales, así que hacíamos delivery y los fines de semana la casa de mi mamá era un caos. Se juntaba bastante gente en la puerta para retirar, era algo inusual en un barrio residencial", contó Mateo, al dar cuenta de los inicios de Doltutti.
Tras renunciar a la empresa de catering en la mina y poner en marcha su emprendimiento, el joven cocinero había comenzado a trabajar -en paralelo- en OSDE. "Era un laburo de lunes a viernes que me permitió hacer unos ahorros. Me acuerdo que llevaba valijas con pastas para venderle a mis compañeros", comentó Mateo, sin poder evitar la risa. "Un día no dio para más. Me encontré el gerente en el ascensor y me preguntó si en la valija tenía pastas. Le dije que las iba a dejar en la heladera del comedor de arriba y ahí me dijo: 'Bueno, no hay problema, pero es un montón'. Tenía buena onda, de hecho me dijo: '¿No pensaste en meterle a eso que te está yendo bien?'", recordó.
La pregunta tuvo su efecto, sumado a las pocas ganas de seguir metido en un call center -que nada tenía que ver con lo que había estudiado- y el impulso que venía teniendo su incipiente fábrica de pastas. "Gise me decía que cómo me iba a ir si OSDE tenía buenas condiciones laborales. Mis amigos querían entrar porque la forma de trabajar era estilo Google. Pero bueno, mi idea era renunciar, vender mi auto y poner un local para que la gente nos conozca, más allá del Facebook. La idea era que el proyecto sea más rentable", señaló.
El desafío implicaba, además, hacerse monotributista, lograr las habilitaciones comerciales y bromatológicas e invertir en el alquiler de un local, ponerlo a punto y comprar maquinaria. Una verdadera apuesta que Mateo decidió sin dudar demasiado.
"Yo pensaba que si trabajaba, iba a andar, tenía ese pensamiento. Así que nos quedamos con el auto de Gise, ella puso también una plata que tenía ahorrada, compramos una heladera y alquilamos un local", sintetizó.
"Miguel Muñoz 67 era la dirección", acotó con cariño Gisella al revivir el entusiasmo que sintieron al montar la versión oficial de Doltutti. "Un amigo que hacía muebles nos ayudó con el mostrador, nuestras familias también hicieron lo suyo. Para la inauguración nos habíamos acostado a las 5 de la mañana, abríamos a las 9. A las 9:30 llegó un ex compañero de Mateo y compró unas 50 cajas para un grupo de OSDE que se juntó para hacerle ese regalo. Nosotros teníamos preparadas unas 70 cajas", destacó con gratitud.
"Fue un gesto re lindo", subrayó él. "Me acuerdo que durante esos primeros días nos mirábamos las caras a la noche y decíamos: '¡En qué nos metimos!'", exclamó.
Aunque todo marchaba sobre ruedas, un año después un imprevisto que asustó a la dupla terminó convirtiéndose en un salto positivo. Los dueños del local que alquilaban les avisaron que querían venderlo, poniendo así en jaque a Doltutti. "Se nos cayó el mundo. No sabíamos qué hacer. Irnos a otro lugar era como empezar de cero, los clientes nos conocían estando ahí", explicó Mateo. "Y el amor que le habíamos puesto al local, la inversión", añadió ella.
Crisis es oportunidad, sostienen muchos, y algo así sucedió. "En ese momento estábamos justo buscando un alquiler para irnos a vivir juntos porque habíamos encontrado cierto equilibrio económico. Un día fuimos a ver un departamento sobre Kennedy y el padre de Gise nos dice: 'Chicos, ¿no vieron los locales de abajo que se alquilan?'. Si, los habíamos visto. Eran hermosos y gigantes, pero el alquiler costaba el cuádruple de lo que pagábamos en el otro local. Pero bueno, el padre de Gise nos convenció y nos embalamos", resumió el emprendedor.
"Ahí estuvimos cuatro años y nos fue re que te contra bien. Triplicamos las ventas e hicimos el gran despegue. Invertimos en heladeras, iluminación. Era una zona de barrios nuevos. Mucha gente nos conocía y la clientela que teníamos en Miguel Muñoz seguía comprándonos. Pasamos de tener una persona a sumar unas cuatro o cinco más. Hacíamos casi todo a mano", remarcó.
Al tiempo, un crédito para comprar un lote de máquinas les permitió dar otro paso importante y aumentar la producción. Tres años después de abrir las puertas del local de Kennedy, la pareja amplió la oferta al empezar a ofrecer 12 variedades de pizzas congeladas listas para hornear. "Fue un plan B porque las pastas se venden un montón en invierno pero no tanto en verano. Por suerte funcionó y al día de hoy lo seguimos haciendo", celebró Gisella, para luego agregar que -casi en forma simultánea- se dio la apertura de una segunda sucursal en Neuquen, en Santa Fe 1064, esquina Pinar.
El crecimiento continuó de tal manera que con el tiempo la pareja armó una planta de producción cerca del Aeropuerto y sumó -hace dos años- otro punto de venta en el oeste de la ciudad, en San Martín 3839. En Cipolletti, en tanto, continúan teniendo presencia, pero no ya sobre la calle Kennedy, sino en San Martín 833, entre Saenz Peña y Brentana.
De amasar, vender y hacer hacer los repartos, Mateo y Gisella tuvieron que aprender a enseñar, delegar y pararse desde otro lugar para expandir el proyecto. "A lo largo de estos años me encargué de la venta al público, de las redes, de todo lo administrativo. Ahora coordino desde lo administrativo los locales y Mateo está abocado a coordinar la producción. Costó delegar, pero cuando uno está con las manos en la masa no queda tiempo para pensar en cosas nuevas, y nosotros siempre buscamos ofrecer algo distinto. Por suerte pudimos armar un equipo de trabajo, con tareas asignadas, que nos banca", subrayó la emprendedora.
A la hora de hablar de los productos más destacados de Doltutti, Gisella mencionó los sorrentinos de osobuco, de cordero, de panceta y queso ahumado, las pizzas y sus singulares ñoquis rellenos "hechos a mano". "Ninguna otra fábrica de pastas en la zona los ofrece. Tenemos tres variedades: con masa de papa y relleno con jamón y queso; de calabaza y queso con masa de espinaca; y masa de hongo de pino, con muzzarella, roquefort y nuez", precisó al remarcar que son un infaltable de los 29.
Tras repasar cada detalle de estos 10 años de trayectoria, Gisella expresó: "Los dos estamos re contentos y orgullosos. Haber arrancado con la edad que arrancamos y haber logrado todo esto, es un montón. Funcionó porque durante los primeros años le dedicamos mucho tiempo. No salíamos de noche. Sábados y domingos estábamos trabajando porque las pastas son bien del fin de semana. Era salir del trabajo, almorzar, armar sorrentinos, irme a cursar". "Nos quedamos hasta las tres de la mañana cocinando. Me acuerdo que venían mis amigos a buscarme para salir y yo le decía que tenia que amasar", agregó Mateo.
Al intentar explicar el éxito, Gisella expresó: "Con Mateo tenemos perfiles muy distintos, pero nos complementamos a la hora de tomar decisiones. El siempre propone cosas nuevas y yo soy más de analizar todo un poco más. Después supimos delegar y tuvimos gente que nos acompañó", dijo antes de anticipar que tienen planes de seguir expandiéndose y desembarcar en la cordillera. San Martín de los Andes ya está en la mira.
Mientras, durante mayo, el mes aniversario de Doltutti, la pareja desplegará una serie de acciones para hacer propuestas y productos especiales con emprendedores de la región, con la idea de sorprender a sus clientes.
"Nuestra idea desde que empezamos es ofrecer un producto de calidad. Más allá de que el país y la economía va cambiando, nosotros quizás aumentamos un poco el precio - mucho lo absorbemos nosotros- pero no bajamos la calidad", resaltó Gise.
"Estamos agradecidos a los amigos, la familia por todo el acompañamiento que tuvimos. Siempre intentamos hacer algo bueno porque la gente no vuelve si no", concluyó Mateo.
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