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Del aula a los cultivos: la docente jubilada neuquina que cosecha almendras desde el patio de su casa

Teresita Peláez, exdocente de Biología en Neuquén, encontró en el cultivo de almendras un nuevo proyecto de vida.

Cada mañana, al salir de su casa, Teresita se encuentra rodeada de naturaleza. Entre las plantaciones de almendros, el aroma de la tierra húmeda por el rocío se mezcla con el aire fresco de la mañana y la rutina comienza una vez más: observar, cuidar, podar y esperar que cada árbol de sus frutos.

A sus 62 años, Teresita Peláez es una docente de Biología jubilada que encontró en las plantas una forma de cambiar la enseñanza por el aprendizaje. Después de años frente al aula, su vínculo con la naturaleza se transformó y profundizó con cada uno de los proyectos que fue incorporando en el patio de su propia casa.

Es mamá de Juan, de 18 años, a quien define como “una bendición, un milagro”. Su hijo llegó cuando menos lo esperaba, cuando creía que por su edad ya no sería mamá. Lo crió sola y compartió con él cada etapa de su crecimiento, entre árboles, frutos y cosechas. Desde chico, Teresita buscó transmitirle un mensaje que para ella es fundamental: cuando la tierra recibe los cuidados necesarios, devuelve mucho más de lo que se le da. Hoy, Juan se encuentra en Buenos Aires, donde se fue a estudiar, pero la distancia no cambió el vínculo cercano ni la complicidad que los une.

De un yuyal a los primeros almendros

Aunque nació y vivió en Neuquén gran parte de su vida, hace casi 20 años Teresita eligió instalarse en una hectárea a metros del río Limay, en el barrio Piscicultura de Plottier. Con el tiempo, ese lugar terminó convirtiéndose en el escenario de una nueva etapa de su vida.

Cuando compró el terreno, el entorno estaba lejos de parecerse al hermoso paisaje que hoy rodea la casa, ya que gran parte de la superficie estaba cubierta de yuyos. De a poco, fue transformando el espacio de acuerdo con sus posibilidades: primero construyó la vivienda y luego llegó la hora de pensar qué hacer con todo el espacio libre.

Un día encontró un agujero en el alambrado. El problema no era solamente que alguien pudiera entrar, sino que los mismos yuyos funcionaban como escondites para posibles intrusos.

Había que desmalezar, era un hecho. Pero dejar la tierra sin riego significaba que los yuyos volverían a crecer. Sembrar césped y destinar el riego exclusivamente a eso, en cambio, le parecía un desperdicio de recursos.

Casi por casualidad, recordó un pequeño monte frutal que había armado antes de construir su casa. Entre esos árboles había plantado un almendro, el primer ejemplar que creció en sus tierras. Si de todos modos tenía que intervenir aquel sector de la hectárea, ¿por qué no plantar más?

Buscó asesoramiento en el Centro PyME y allí apareció la ingeniera Silvana Moschini, quien, según cuenta Teresita, terminó de contagiarle su entusiasmo por el cultivo. “Es una enamorada de los almendros, hizo que me enamorara”, recuerda.

En 2013 plantó los primeros árboles, justamente en aquel sector donde había estado roto el alambrado. Dos años después sumó otro cuadro y así, lo que había comenzado como una manera de aprovechar un espacio que necesitaba ser transformado fue creciendo, casi sin que ella lo buscara, hasta convertirse en una verdadera pasión.

Un pasatiempo convertido en emprendimiento

Al principio, Teresita no pensaba en las almendras como un negocio. Todavía trabajaba como docente y el proyecto era, principalmente, una afición. “Un hobby que a veces me ha resultado un poco caro”, dice entre risas.

Una de las ventajas que encontró en las almendras fue que no tenía que venderlas inmediatamente después de cosecharlas, algo que le permitía llevar adelante el proyecto sin que se convirtiera en una obligación más dentro de una vida ajetreada entre el trabajo, la maternidad y demás responsabilidades.

Con los años, sin embargo, aquel hobby fue tomando forma hasta convertirse en un emprendimiento. Sin perder su esencia artesanal, Almendras del Limay creció manteniendo una escala que Teresita puede manejar y disfrutar. No tiene una gran extensión ni busca una producción masiva: conoce cada uno de sus árboles, participa de sus cuidados y procura estar presente en las distintas etapas, desde la poda y la fertilización hasta la cosecha y la elaboración.

Eso mismo es lo que le permite cuidar los detalles. Los árboles son abonados y podados de manera personalizada y, para las tareas que requieren conocimientos específicos, cuenta con personas que la ayudan. “Es muy artesanal", explica.

Hoy, las almendras representan una ayuda concreta para su economía. No son su única fuente de ingresos ni el proyecto tiene una magnitud que le permita vivir exclusivamente de la producción, pero sí generan una diferencia que se hace notar y que, además, permite que otras personas también encuentren allí una fuente de trabajo.

Actualmente cuenta de manera permanente con la ayuda de José Luis, un hombre que trabajó durante años en una chacra hasta jubilarse, y eventualmente se suman más personas para colaborar.

Si bien económicamente es sustentable, todo lo que generan las almendras alrededor no tiene precio”, dice convencida, asegurando que “no haberlo encarado como algo rentable hizo que pueda tener alrededor de este proyecto tanta mística, que me haya podido llegar a conectar más con la tierra, más con la vida que con la plata”.

De docente a alumna

Después de tantos años frente a un aula, el emprendimiento le significó tener que cambiar de rol: ahora era ella quien debía aprender. Los almendros abrieron la puerta a un mundo nuevo, con conocimientos que tuvo que incorporar y preguntas que todavía hoy la llevan a buscar respuestas. “No parás nunca”, resume sobre ese aprendizaje constante.

Las almendras la acercaron a la apicultura y a las colmenas, pero también a las plantas aromáticas, a las frutas, las verduras y hasta la llevaron a construir su propio invernadero. Cada incorporación fue abriendo una nueva puerta y, detrás de ella, otro aprendizaje.

El espacio terminó convirtiéndose además en una especie de aula abierta. Amigos, familiares, conocidos, sus sobrinos y los amigos de su hijo pasan por allí y aprenden del entorno. Teresita les muestra los árboles, los frutos, las huertas y las distintas formas de vida que conviven en la hectárea.

“Es un aula que a mí me enseña un montón y que también me permite seguir enseñando”, dice. Porque aunque dejó atrás los pizarrones, hay algo de la vocación docente que no conoce de jubilaciones.

La tierra como refugio

Hubo un momento en el que el vínculo con la tierra fue mucho más que una pasión y se convirtió en una forma de sanar. Durante la pandemia, Teresita atravesó un cáncer y, mientras recibía tratamiento, encontró en su propia casa un espacio que la ayudó a transitar uno de los momentos más difíciles de su vida.

Los turnos médicos comenzaban temprano. A veces tenía que estar en la clínica a las 6:30 de la mañana y, al regresar, se preparaba unos mates y se ponía a trabajar en el invernadero que había comenzado a construir durante esos meses. “No sabés cómo me ayudó en ese momento”, confiesa.

Atravesar una enfermedad implica una lucha física, pero también enfrentarse a los propios miedos. Para Teresita había algo que hacía todo todavía más difícil: ella era el único sostén de Juan, que en ese momento era apenas un niño.

Aun así, a pesar de la incertidumbre, encontró en las plantas, en la tierra y en las tareas cotidianas una manera de mantenerse activa y de poner la mirada más allá de la enfermedad. “Lo viví con alegría”, cuenta sobre aquellos días en los que volvía de sus tratamientos y se refugiaba en el invernadero.

Teresita asegura que atravesó aquella etapa “siempre con mucha fe en Dios” y con una gratitud que, para ella, no se limita a los momentos buenos: también alcanza a las dificultades y a todo aquello que la vida obliga a aprender.

Esa mirada está estrechamente ligada a la forma en que observa la naturaleza. Los almendros le enseñaron a respetar los tiempos y a confiar en los ciclos. Durante el invierno, los árboles quedan desnudos, quietos, sin rastros de vida. Hasta que llega la primavera y vuelven a llenarse de flores que luego se transforman en frutos.

“Hay que tener fe en la primavera”, dice Teresita, una frase que para ella parece resumir mucho más que el ciclo de un almendro. “Tener este espacio es un privilegio y es una gratitud que hay que devolvérsela a la naturaleza tratándola bien”, sostiene.

Del árbol a la mesa

Actualmente, el emprendimiento ofrece almendras naturales, tostadas y saladas, garrapiñadas y harina de almendras. Teresita se ocupa personalmente de la elaboración y cuenta con la ayuda de Adriana, quien trabaja en su casa y colabora a la hora del empaquetado.

Los productos se pueden conseguir a través de redes sociales o en las ferias Tiendas de Sabores que organiza el Centro PyME, uno de los espacios que más disfruta. “Me gusta mucho participar porque se genera un espacio de encuentro con un público muy especial”, cuenta.

En general, las personas que se acercan suelen interesarse en conocer el origen de lo que compran, preguntan por los árboles, sus cuidados y los tiempos de floración y cosecha, e incluso comparten recuerdos de sus padres o abuelos chacareros. Para ella, la feria tiene “la magia de generar encuentros, diálogos, intercambios de saberes y experiencias” en un ambiente de respeto y valoración.

No se trata solamente de vender, sino de conocer a quienes prueban sus productos, escuchar sus devoluciones y reencontrarse con quienes vuelven después de haber comprado una vez. “Son espectaculares tus almendras, ¿dónde las puedo volver a comprar?”, le dicen con frecuencia en las ferias. Para Teresita, ese ida y vuelta es una de las partes más gratificantes del emprendimiento.

Y quizás ahí está una de las claves de Almendras del Limay. Porque aunque el proyecto nació de manera casi casual, a la par de los árboles fueron creciendo muchas otras cosas. En definitiva, en esa hectárea a metros del Limay, Teresita no solo cosecha almendras. También cosecha aprendizajes, momentos y una forma de vivir más cerca de la tierra.

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