Aunque los habían trasladado, ya regresaron 14 personas a la terminal. No aceptan ir a los refugios.
Un cielo encapotado abarca el horizonte de la ciudad y niega las fechas de los calendarios. En plena mañana de primavera, el frío reina otra vez y se cuela por las puertas automáticas de la Estación Terminal de Ómnibus de Neuquén (ETON), que se abren y cierran sin cesar ante el ritmo fluido de pasajeros. En cada apertura, desabrigan un poco más a las personas sin techo: unos 14 hombres jóvenes que convirtieron las dársenas de colectivos en su único refugio.
Los policías que cumplen su rutina en la terminal afirman que ya los conocen. En su mayoría, son hombres de entre 25 y 35 años. Sólo hay uno que duerme todas las noches junto a su pareja y hace algunos días vieron que también había un niño buscando amparo entre las boleterías y los bancos de la estación. "Por suerte no vino más", dicen como trasluciendo la esperanza de que su ausencia sólo signifique que encontró abrigo en un lugar mejor.
A inicios del invierno, se había registrado un total de 30 personas que dormían en la ETON. Algunos usan ese espacio como último recurso porque no pueden pagar un alquiler con lo que ganan con changas o trabajos eventuales. En algunos casos, denuncian que los echan de malos modos, aunque las autoridades afirman que son ellos los que se niegan a ser trasladados a refugios oficiales o a recibir tratamiento por adicciones.
Aunque se había dado la orden de no permitir la permanencia de personas sin techo dentro de la ETON, los que usan sus pasillos para dormir cumplieron la prohibición sólo por un tiempo. De a poco, fueron regresando de a uno para acomodar otras vez los cartones de cajas aplanadas que los aíslan del frío de los cerámicos del suelo. No tienen demasiado: una botella de plástico que reciclan para cargar agua del baño, una bolsa de tela con sus pertenencias y, en el mejor de los casos, una frazada gruesa para alcanzar el calor suficiente que les permita descansar.
La rutina de la ETON
Cada mañana, a las 6, la terminal se empieza a poblar con otros habitantes. Llegan los trabajadores de limpieza, los vendedores de las boleterías, y los pasajeros. Es entonces cuando los policías de la ETON despiertan a los sin techo. Muchos dejan sus frazadas y sus cartones como marcando su sitio, y salen a la ciudad para hacer changas y conseguir ese puñado de pesos que les permite subsistir. Otros no. Se quedan inmóviles en las dársenas, alejados de las boleterías, y cubiertos con todo el abrigo que puedan obtener.
"Se anuncia el arribo del servicio proveniente de Buenos Aires, pasajeros presentarse en la puerta B", pronuncia una voz metálica por los altoparlantes. Los pasajeros empiezan a pulular por los pasillos y las cafeterías. En un banco, cargan sus teléfonos celulares o apuran un último sorbo del mate. En el café La Barra se compran, por 1600 pesos, dos medialunas y un café chico en un vaso de telgopor, mientras ojean las noticias de la mañana en el televisor. Y así, esperan el colectivo en un ritmo optimista que no se parece en nada al sopor de los que siguen en el suelo.
En la Puerta B, una oficina de Turismo vende los paisajes más lindos de la ciudad de Neuquén. Las paredes están revestidas de un frío granito de tonos tierra y en el suelo, un joven sigue dormido. Se cubre la cabeza con una capucha gris y esconde las manos entre las piernas para darse algo de calor. Sólo ese gesto y unas cajas aplanadas lo ayudan a mantener la temperatura en tiempo de reposo.
"Milei no va a vender órganos, no está en su plataforma", pronuncia una voz alegre en un video de TikTok. Aburrida, una adolescente desliza el pulgar por la pantalla, mientras espera a un colectivo que no llega a la puerta C. "No me esperes con la comida, tiene 45 minutos de atraso", dice, a su lado, una mujer que fija los ojos en la ventana, como intentando apurar al chofer para que llegue un poco más puntual a su plataforma.
Detrás de ellas, dos hombres bloquean las puertas de los baños de caballeros y los que están destinados a personas con discapacidad. Usan cartones como cama y se cubren el cuerpo entero con frazadas ya raídas. Sus almohadas son bolsos de lona con sus pertenencias, y sólo unas cáscaras de frutas y botellas vacías que reposan al costado muestran los vestigios de su última cena.
En otro rincón, un hombre duerme con la respiración profunda. No tiene cartones ni colchonetas. Tampoco frazadas. Se cubre apenas con una campera de polar y las medias que lo abrigan ahora, después de haberse sacado el calzado para pasar la noche. Un poco más allá hay otro que no consigue conciliar el sueño. A media mañana quizás ya no le queda más para dormir, pero se queda quieto, muy tapado, como buscando una forma de combatir el frío insólito de finales de octubre.
Del lado opuesto de la puerta C duerme otro hombre que parece ya estar asentado en la ETON. Con un mameluco naranja cubierto de manchas de aceite, duerme sobre una fina colchoneta que comparte con su mascota, un perro atigrado que se enrosca a sus pies. A su lado tiene más bolsas y frazadas que logran evidenciar una estadía más permanente en ese rincón de la terminal.
El trabajo de regulación
Aunque desde Desarrollo Social hacen visitas cotidianas a la ETON, aclaran que muchos de los sin techo se niegan a trasladarse a los refugios. Tampoco consiguen que aquellos con consumos problemáticos se atengan a los tratamientos de salud mental que les ofrecen. Por eso, las autoridades y la policía se limitan a identificarlos y marcarles pautas de convivencia para que su estancia en la terminal no interfiera en el ritmo de los pasajeros.
"Cuando duermen abajo de las ventanillas, los despertamos y les pedimos que se retiren antes de que abran las boleterías", explicaron. Aunque los sin techo suelen convivir de forma pacífica, los responsables de la ETON han tenido que intervenir en intercambios verbales para evitar que se produzcan peleas. Sin embargo, los que duermen en la terminal aceptan las pautas porque saben que de eso depende la tolerancia de los organismos de control.
Si bien los policías controlan su permanencia y buscan evitar molestias para los pasajeros o trabajadores del lugar, aclararon que no recibieron quejas por parte de los que circulan en la zona y se acostumbraron a su presencia silenciosa, que se torna casi invisible, como un componente más del paisaje de la terminal.
La enorme estructura de la ETON, que había sido pensada como un gran centro de distribución de pasajeros, cedió parte de sus locales a oficinas del Estado. Por eso, en la ETON hay un punto digital y un centro de emisión de licencias de conducir, que parece acaparar gran parte del movimiento diario. El patio de comidas sólo muestra persianas bajas y una gran extensión de baldosas limpias que sólo invaden las palomas. En ese sector, frente a la luz intensa que se cuela por los ventanales y expuestos a más miradas de los curiosos, no hay gente durmiendo ni cartones que indiquen que hayan pasado por ahí.
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