El escritor y cineasta César González presentó su última obra ante un auditorio repleto. Habló sobre el origen del crimen en la infancia y las contradicciones feroces de la sociedad.
“Robábamos porque queríamos tener ropa de marca, relojes, cadenas. Y eso es más duro de comprender. Es más fácil decir: robaron para comer, robaron por necesidad. Calma más las conciencias. Es más fácil decir que un pibito que sale a robar lo hace porque hay una banda de adultos que lo manda. O porque la mafia policial lo tiene subordinado. No niego que existan esas cosas. Pero son casi nulos los casos que yo conozco de pibes que manden a robar a los chiquitos. Para la sociedad es más tranquilizador pensar que hay adultos que los mandan, en vez de saber que hay niños que ya a los 8 años son veteranos de la vida, veteranos de guerra, de post guerra y de otra guerra más que viven en la calle y en la cárcel a la que van a volver”, dice César González durante la presentación de su último libro, El niño resentido, en la Feria Internacional del Libro de Neuquén, en diálogo con el comunicador Lucas Martín, frente a un auditorio dispuesto a escuchar lo que tanto cuesta.
La primera vez que César González robó tenía 7 años y el botín fue una camiseta Adidas original. Pero empezó a hacerlo con seriedad a los 14, cuando ya estaba tan hundido en la tristeza y el odio que el acto criminal era quizá el único heroísmo posible. Cayó a los 16 y estuvo 5 años preso. Desde que salió, no paró de trabajar en una obra lúcida y necesaria que nos pone de frente a una realidad como muy pocas veces antes habíamos visto, contada en primera persona, demasiado atroz para ignorar, con una belleza que exige colocar a César González en el lugar que le corresponde: un artista necesario, una voz indispensable para entender este tiempo, y un laburante de la palabra con todo lo que eso implica.
Nació en 1989 en la villa Carlos Gardel de Palomar, un barrio humilde del oeste del conurbano bonaerense. Se crió en una familia muy parecida a otras, entre la indigencia, la soledad, la religión, los siempre escasos y breves triunfos cotidianos y la cocaína. En la cárcel tuvo la oportunidad de leer, de encontrarse con personas que le ofrecieron otras posibilidades. “Yo estoy acá porque todavía hay gente que va a las cárceles a enseñar. Y ven a los pibes que están ahí adentro como seres humanos y no como monstruos”, dice. Terminó el secundario en el encierro y también hizo todo tipo de talleres. Aprendió cuanto oficio había, pero sobre todo encontró dos herramientas fundamentales: los libros y el cine. Tuvo a alguien que le mostró otro tipo de literatura en la que de alguna manera podía encontrarse: Jean Genet, Arlt. Tuvo un grupo de chicas que le enseñaron el abc del audiovisual. “Nadie se salva solo. Si no me hubiese cruzado ese taller no se que hubiese sido de mí, si no me hubiese cruzado a Patricio que es el profesor del que tanto hablé que conocí en la cárcel y con tantos otros más, no sé que sería hoy de mi. Yo soy consecuencia de la educación pública”, agrega.
Leer lo llevó a comprender que los pibes del penal con los que todos los días se molían a palos venían del mismo barro que él, que eran sus hermanos. Entendió que el guardiacarcel era su primo. Leer lo llevó a ver la estructura de un armado feroz que nos hace creer que el verdugo es el que camina a nuestro lado.
La cárcel y la calle podrían haberlo matado, pero no lo hicieron. Desde los 21 años, cuando dejó atrás la cárcel, a veces con el pseudónimo Camilo Blajaquis, publicó los libros de poesía: La venganza del cordero atado, Crónica de una libertad condicional, Retórica del suspiro de queja, Rectángulo y flecha; el libro de crónicas: El fetichismo de la marginalidad. Realizó videoclips, cortometrajes y 8 largometrajes: Diagnostico esperanza, ¿Qué puede un cuerpo?, Lluvia de jaulas, Corte rancho y Diciembre, entre otros. Todas obras que no sólo permiten captar una identidad, sino que narrar una realidad donde millones de personas de los barrios populares argentinos encuentran un reflejo.
El niño resentido
El niño resentido es su primera novela, una autobiografía que es también la memoria de una generación “diezmada, desaparecida o amputada”, dice él. Un relato honesto y cruel, donde no existe la falsa moral del arrepentimiento, ni la culpa, pero tampoco la exaltación de la delincuencia. Es en cambio, un relato de estructura breve, fragmentada, que se puede entender como el aguafuerte de una villa donde “la desesperación por la pobreza hizo florecer una rica tradición delictiva”, pero donde también hay remansos de ternura robados a fuerza de todo a un cotidiano de desprotección y violencia.
César González comienza la presentación de su libro leyendo un capítulo que según explica sintetiza de alguna forma lo que pretende mostrar. Dice: “Nunca brillé tanto como cuando fui delincuente. La belleza de robar consistía en la dichosa ilusión de que la justicia podía saborearse un instante. Toda sumisión retenida en la saliva durante generaciones se abreviaba, superaba y transformaba en los avances de un altivo malón. Protagonista en un sanguinario y noctámbulo cuento de hadas. Odiábamos el sol porque nuestra rabiosa ansiedad de monarquía se abastecía de la oscuridad. (…) al despertar salíamos en busca de venganza contra la pobreza que nos enfermaba. La vergüenza de la miseria era reemplazada por un ritual pagano, exaltado y pagado por los billetes de los atracos. Todo era efímero y perpetuo”.
César González escribió este libro en pandemia por pedido de la editorial Penguin, para eso fue recuperando y ordenando fragmentos de su memoria. “Quería transmitir la adrenalina de esos años”, dice, donde existir era todos los días una escena de alto riesgo, donde la “salud pública” le “salvó la vida muchas veces, poro salía del hospital y volvía a robar”, donde había un cepillo de dientes para toda la familia, donde a veces acompañaba a su abuela a limpiar a la casa de algún rico y volvía lleno de tristeza por lo que jamás iba a tener, donde una realidad que lo aplastaba todos los días lo llevaba a preguntarse una y otra vez: “¿Y yo cuando tendré algo? La pregunta siempre encontraba la idéntica respuesta: cuando salga a robar”. Aprendió a odiar desde niño: la pobreza, la miseria, la pasividad, la droga que vendían y consumían los suyos y que terminó siendo el motor de sus días.
Pero el libro no se agota en una autobiografía, es la posibilidad de mostrar lo que otros que no pertenecen a su entorno muestran sobre su realidad. “Son las imágenes que faltan. Siempre estuve en contra del concepto de invisibilización. No somos invisibles, al revés, reconozcan que ustedes son ciegos, que no quieren ver. Si hay series todo el tiempo, películas todo el tiempo, para la clase media es gracioso hablar como villero. Dije bueno, a ver si hago una representación un poco más fidedigna. En los barrios no hay una tradición de escribir libros, nadie escribe sobre esa realidad, es importante rescatarla del olvido”, dice.
El niño criminal
“Su literatura, sus bellas artes, sus divertimentos de después de cenar celebran el crimen. Ese talento de sus poetas ha glorificado al criminal que odian en vida”, dijo el poeta francés Jean Genet en El niño criminal. Es tan real que espanta. Hay un morbo con la marginalidad y una simplificación despiadada de las lógicas que el mismo sistema crea. Nos fascina coquetear con lo que no nos pertenece y al mismo tiempo le tememos y exigimos sea castigada con todo el peso de la ley. ¿Por qué crueldad queremos presos a los niños que no podemos salvar de los sistemas que alimentamos?
“Para resolver el problema, hay que conocer el problema”, dice César González. El niño resentido está escrito con las balas, las sirenas y la muerte rondando la cuadra del escritor. No hay ficción, hay una realidad ineludible que precisa ser contada. Una de las primeras personas en leerlo fue la cineasta Lucrecia Martel y escribió en la contratapa: “Este libro da miedo y tiene la llave para salir del miedo”.
Dice César que por más que con Lucrecia vengan de clases diferentes, comparten una mirada sobre el cine, sobre el arte, que es lo que buscan cambiar. “Cuando la burguesía se representa a sí misma, aunque cuenta algo muy perverso, siempre hay un lugar para la indulgencia, porque están hablando de su propia clase, están hablando de sí mismos. En cambio, cuando se aborda a los villeros en el cine no hay lugar para la indulgencia, todo es trazo grueso, todos son estereotipos, todos son estigmas que parten con alguna verosimilitud, pero después son deformaciones muy crueles”, dice.
Una primavera de niños rotos
“Hay un odio que es natural que exista en las clases populares. Odiar la injusticia es una forma de amor. Para mi es tan simple como eso. Es un odio político”, dice sobre la historia de siempre, pero también dice que este tiempo es imposible de soportar, porque no hay trabajo que alcance, porque no hay 20 horas al día que sean suficientes, porque la jubilación mínima no alcanza para comer, porque no hay medicamentos para los viejos, todo lo que sabemos y tampoco queremos ver.
“Están brotando los niños resentidos en este contexto social. Pero floreciendo. Es una primavera de niños resentidos esto. Por eso ojalá que se lo frene a tiempo. Porque los 90 fueron 10 años. Por eso digo que se diezmó a una generación, se lastimó fuerte a una generación en este país en los años 90. La degradación social yo la percibo directamente en mi barrio. Yo al libro lo entregué en marzo o abril del 2023. Milei presidente no se le ocurría a nadie. Cuando terminé este libro nunca pensé que iba a tener un enclave como el que está teniendo”, dice el autor. Y concluye: “Lamento que sea vigente, lo lamento tanto… Quisiera que sea arqueológico, de una época del país, una radiografía de una época concreta que nuestra sociedad superó. Pero no”.
Ahí nacen más niños resentidos bajo una política que no da tregua. César González permite conocer a través de su vida la realidad de millones de argentinos. Permite ver la herida de una infancia rota, de la que brota odio, dolor, pero sobre todo el abandono y la frialdad de un sistema sin piedad, un sistema que fabrica a los nadies, que los necesita, los disfruta y los desprecia al mismo tiempo. “El 98% vive lo mismo que yo viví y no termina robando, ni drogándose. Yo pertenezco a ese 2% que dice: no vamos a soportar. Lo digo claro en el libro: duraremos poco pero será con glamur y otro capítulo habla de morir brillando”. Dice esto y se quiebra. Dice esto y en esas lágrimas también hay un niño que merecía una vida amorosa, un juguete, un plato lleno. Un niño que necesitaba otra conquista que la fugaz alegría de un asalto exitoso, la adrenalina de caminar la sombra de la muerte. Un niño que necesitaba de la tibieza de la vida y no celebrar las migajas del amor para los que nada tienen. Escucharlo es un privilegio: su supervivencia y su arte son el milagro.
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