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La Mañana cáncer de mama

Elena Campos, la guerrera neuquina que venció dos veces el cáncer de mama

Repasó las heridas que quedan en el cuerpo, el remo como deporte terapéutico y la vida como un tesoro al que aferrarse. Un mensaje de esperanza y un testimonio imperdible.

Acá, en frente al Biguá, en esta misma casa donde nació y vivió toda su vida, Elena Campos (53) pinta un mandala y piensa en cualquier cosa menos en la muerte. Para ella, que acaba de curase por segunda vez de un cáncer de mama, la finitud hace rato que dejó de ser un tabú:

“Con lo que me pasó aprendí que nada es eterno y que tenemos que disfrutar cada momento”, dice esta neuquina que puede encontrar la belleza y la felicidad en el aleteo de una paloma, en la pelusita que cae de un árbol, o en la risa de un nene.

La primera vez que le detectaron cáncer fue en 2005. Tenía 34 años, trabajaba como mucama del Policlínico, hacía deporte y llevaba una vida saludable. Un día, bajando las escaleras del hospital, sintió un pinchazo en su mama derecha. Creyó que podía ser una contractura, pero por las dudas hizo una consulta con el mastólogo, quien identificó un bulto y lo mandó a biopsear. Ya con el diagnóstico, y antes de la cirugía, el oncólogo le preguntó si tenía miedo: “No doctor, tengo una necesidad”, respondió ella y siguió: “necesidad de curarme. Mi hijo recién está empezando séptimo grado y quiero verlo egresar, quiero que tenga un título, que tenga novia, que vaya a bailar, quiero verlo crecer”.

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Son recuerdos que están en la memoria y marcas que le quedaron en la piel. En épocas en los que los métodos eran mucho más invasivos que los actuales, Elena se sometió a una terapia de rayos con una bomba de cobalto del año 1945 que le dejó el pecho al rojo vivo: “No soportaba las remeras, era todo crema, aloe vera, terrible”, recuerda ella. La quimioterapia le causó descomposturas y vómitos; y los corticoides le provocaron un aumento exagerado de peso: “tu cuerpo deja de ser tu cuerpo. Ya no lo dominás”, asegura.

En ese nuevo cuerpo que empezó a habitar dejó de tener pelo en la cabeza y en las cejas; un cuarto cuadrante menos de la mama derecha, los ganglios linfáticos axilares arrasados y el brazo bloqueado. Con el tiempo se le sumaron problemas en la columna y en los huesos: se le doblaron las manos, las tres últimas vertebras quedaron deshilachadas, tuvo tres hernias de disco, la cabeza del húmero desgastada y se le cortó el manguito rotador. “Quedé hecha pelota”, dice Elena y ríe. Ella siempre ríe: “Lo del pelo para mí nunca fue algo traumático. Era parte del proceso, sabía que me iba a volver a crecer”, agrega.

Aún inmersa en todo este dolor y con el cuerpo totalmente debilitado, a pura fortaleza mental se enfocó en ponerse bien, en cumplir al pie de la letra lo que los médicos le indicaban, y en recibir todo el afecto y la contención que sus seres queridos tenían para darle. “Por un hijo vas a hacer lo imposible para poder salir adelante”, cuenta ahora. Cuando se sintió mejor empezó a remar, un deporte “con el que no solamente curás el cuerpo, sino también el alma”.

Una remadora de la vida

En el río, ese lugar que siempre la llenó de vida y energía, se sumó a las Rosas del Limay, con quienes descubrió la pasión por el remo en bote de dragón, un deporte de equipo especialmente recomendado para mujeres recuperadas del cáncer de mama. Los movimientos repetitivos de esta disciplina generan una especie de drenaje linfático natural, y otros beneficios que mejoran la condición física, la autoestima y la salud mental. “Es algo maravilloso, veinte mujeres remando codo a codo por la vida, yendo todas hacia adelante, como tiene que ser”, asegura.

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Hay una postal que resume todo lo que representó esta actividad para su recuperación. En una competencia en Brasil, Elena divisaba a lo lejos la línea de llegada. Remaba con toda su fuerza y, según cuenta, podía ver cómo las salas de cirugía y los consultorios empezaban a ser cosa del pasado. Tan fuerte y sensorial fue la experiencia, que hasta pudo sentir el olor de la quimioterapia, dejándolo todo atrás en cada palada. “Veía esa meta y decía yo puedo, yo tengo que llegar, tengo que salir de esta mierda que es el cáncer”, evoca Elena.

Criada en un rancho con piso de tierra, con un padre que trabajaba en un aserradero y una madre que vendía pan casero, todavía le sigue pareciendo un sueño haber conocido diferentes países gracias a este deporte terapéutico. En Florencia (Italia) participó de un mundial con más de 6 mil mujeres de 19 países, todas sobrevivientes de cáncer de mama. En París, justo debajo de la torre Eiffel, se quebró de la emoción.

“Yo lloraba y le decía a una amiga que no hay imposibles, que podemos hacer lo que queramos, que tenemos que motivar a otras que están empezando el proceso, sabiendo que el tratamiento va a ser duro pero que dura un tiempo nomás, que podemos arraigarnos a la vida, que debemos salir adelante por nosotras y por los demás, por las que nos ayudaron, por las que quedaron en el camino, por las que lo están atravesando, y por las que vienen atrás sin saber que les espera”, dice Elena.

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Mientras continúa haciendo kayak con chicos del club Independiente, en estos momentos se encuentra en formación de un nuevo grupo, junto a compañeras y amigas que ya no forman parte de las Rosas del Limay por cuestiones de tiempo y distancia. Todavía no tienen bote, pero ya tienen nombre: “Amigas Rosas”: “tenemos muchas ganas de contenernos, apuntalarnos, poder afirmarnos y tener un dragón”, asegura Elena, y agrega: “me encantaría que el río estuviese lleno de dragones, para que sane a muchas, porque a nosotras nos hizo muy bien”.

El diagnóstico otra vez

Según estadísticas del Instituto Nacional del Cáncer, en Argentina se detectan más de 22 mil casos por año. En octubre de 2021, diecisiete años después de haberse curado y por segunda vez en su vida, Elena volvió a formar parte de este grupo al que nadie quiere pertenecer.

Esa tarde había ido a depilarse. Mientras le preparaban la cera se palpó un bulto en la mama izquierda. No tenía dolor ni molestias, pero estaba ahí, y era del tamaño de la punta del dedo. Para corroborar esa presencia, le pidió a su depiladora que tocase en la zona: ella también lo sintió. Elena respiró hondo: “Me di cuenta de que estaba hasta el moño. Con todas las charlas y la experiencia, vas aprendiendo que el cáncer es silencioso, que no duele”, cuenta ahora.

Lo que siguió fue una visita inmediata al mastólogo para hacer los estudios correspondientes y sacarse el tumor lo antes posible. Esta vez y casi dos décadas más tarde, comprobó la evolución de la ciencia en torno a los tratamientos oncológicos, y cómo los profesionales cuidan cada vez más el cuerpo de las pacientes. Como el caso del Dr. Gustavo Gil, “que es mi ángel en la tierra, me llegó caído del cielo” dice Elena, y otros tantos médicos como él que “te hablan, te miran a los ojos, te explican en castellano sin términos científicos, y eso para nosotras es algo re importante”.

La intervención que le hicieron “parece una obra de arte, ni se me notan los puntos”, cuenta Elena y agrega que ahora “te inyectan un líquido que corre por todo el circuito de los ganglios, y si hay alguno afectado se tiñe y se saca”. Su hijo Nicolás, que creció y ahora tiene 29 años, estuvo sosteniéndola en todo el proceso. Cada vez que salía de una sesión de rayos, ahí estaba él para acompañarla.

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Otra vez a quimioterapia y otra vez sin pelo, Elena dejó de preguntarse por qué le pasó todo esto, para intentar descifrar el para qué. Aunque todavía no tenga la respuesta, ella siente que “queda un aprendizaje. Si podés sobrevivir a un cáncer podés sobrevivir cualquier cosa”.

Ahora que fue dada de alta, que está curada por segunda vez, y que volvió a trabajar en el conmutador del Policlínico, sólo tiene miedo de que no le alcance el tiempo para hacer todas las cosas que tiene en la lista de pendientes, por ejemplo ser abuela. “Disfrutar de un nieto, leerle un cuento, embarrarme con él”, dice.

Convencida que los gustos hay que dárselos en vida, la semana pasada agarró su caja de ahorritos que tiene para casos de urgencia y sacó entradas para ir con su madre a ver el espectáculo de Flavio Mendoza. Eso sí, prometió reponerlos apenas vuelva a cobrar. “El ver la cara y la sonrisa de mi mamá me hicieron olvidar lo que había pagado”, asegura.

Si de sueños se trata, ella sólo quiere vivir bien y rodeada de afecto hasta ser “muy, muy viejita”. También le gustaría tener su casa propia, y para eso ya está anotada en una cooperativa de viviendas: “Ese hogar siempre va a tener las puertas abiertas para todo el que lo necesite”.

Con ese altruismo que la caracteriza, en este octubre rosa, mes declarado por la OMS para la sensibilización sobre el cáncer de mama, Elena invita a todas las mujeres a tener en cuenta la prevención, con la realización del autoexamen y las mamografías. Y para aquellas que están transitando la enfermedad “decirles que no tengan miedo, que no se preocupen, que se ocupen. Si se lo toma a tiempo se sale y se puede, y que hay un montón de gente para ayudarte con información y con contención”, concluyó.

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