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La Mañana Plottier

Empezó a cocinar pizzas en moldes prestados y hoy sueña con llegar a todo el país

Ezequiel trabaja desde su casa en Plottier y este año llegó al podio del Mundial de la Pizza y la Empanada, en la categoría muzzarella al molde.

Una pizza nacida en una casa de Plottier llegó al podio nacional. Detrás del segundo puesto en la categoría de pizza al molde hay meses de trabajo, dudas, sacrificios y una historia que empezó con dos fuentes prestadas y el sueño de demostrar que podía hacerlo.

Ezequiel Jara tiene 28 años, es de Plottier y hace apenas 11 meses decidió apostar por su propio camino. En su casa creó Pizzería Haaam, un emprendimiento que comenzó casi desde cero y que hoy lo llevó a convertirse en el segundo mejor pizzero en la categoría de pizza al molde. También obtuvo el séptimo puesto en pizza a la piedra.

Los primeros pasos en el mundo pizzero

La historia de Ezequiel con la pizza comenzó mucho antes de abrir las puertas de su emprendimiento. Siempre estuvo ligado a la gastronomía: trabajó en panaderías, pizzerías, como delivery e incluso pasó por un hotel.

Pero fue hace unos tres años y medio cuando entró a trabajar en una pizzería de estilo napolitano que estaba comenzando en Plottier y recibió la oportunidad de aprender un oficio que, hasta entonces, desconocía en profundidad.

“Yo nunca había entrado en fondo en lo que era la pizza”, cuenta. Allí comenzó a aprender desde cero, de la mano de quienes fueron sus primeros maestros en el oficio. Durante tres años, mientras ellos también se encontraban creciendo con el proyecto, Ezequiel fue incorporando conocimientos y aportando los propios desde su experiencia en la gastronomía.

“Yo aprendía de ellos, ellos aprendían de mí”, resume.

Fueron años de jornadas extensas, noches incansables y mucho aprendizaje. Ezequiel reconoce que aquella oportunidad fue fundamental para llegar hasta donde está hoy. Allí no solo descubrió la complejidad y la amplitud que podía tener una pizza, sino que también terminó de encontrar una pasión que ya llevaba consigo desde antes.

Con el paso del tiempo, sin embargo, sintió que su crecimiento dentro de ese lugar había llegado a un límite. No fue una decisión sencilla: después de tres años de trabajo compartido, empezó a preguntarse qué quería para su futuro y si había llegado el momento de probarse a sí mismo de otra manera. “Sentí que me estaba como apagando un poco”, recuerda.

El día que decidió probarse a sí mismo

En septiembre de 2025, mientras todavía trabajaba en aquella pizzería de estilo napolitano, Ezequiel decidió dar un paso que hasta entonces no se había animado a dar: participar por primera vez en un campeonato. Llevaba tres años haciendo pizza y quería comprobar cuánto había aprendido, cuánto había mejorado y, sobre todo, si realmente ese era el camino que quería seguir.

Sus propios jefes lo acompañaron en la decisión. Lo apoyaron y lo motivaron a viajar a Buenos Aires, donde se encontró con un mundo que hasta ese momento desconocía. “Cuando llegué vi que es un mundo gigante la pizza y me di cuenta que yo conocía muy poco”, recuerda.

Allí conoció pizzeros de altísimo nivel, incluso internacionales, pero también encontró algo que terminaría siendo fundamental para su historia: compañeros dispuestos a alentarlo. Entre ellos había emprendedores y pizzeros de Neuquén que lo animaron a pensar que podía construir algo propio. “Vos también podés”, le repetían.

Ezequiel quedó 27° en una categoría y 48° en otra entre unas 130 personas. Para una primera experiencia, el resultado fue suficiente para encender una idea que hasta entonces parecía lejana. Si había podido medirse con pizzeros de ese nivel, quizás también podía animarse a trabajar por su cuenta.

“Si al final es lo mismo, trabajo 25 horas para alguien, ¿por qué no hacerlo para mí? ¿Qué puedo perder?”, pensó.

Cuando volvió, los caminos con aquel trabajo finalmente se separaron. No fue un portazo: después de tres años de aprendizaje, decidió agradecer la oportunidad y probar su propio camino. En noviembre de 2025 dejó la pizzería y empezó a construir, desde su casa y prácticamente desde cero, su propio emprendimiento.

Dos fuentes y mucha incertidumbre

Los primeros meses no fueron sencillos. Ezequiel comenzó Pizzería Haaam (@haaampizzeria), con un par de fuentes prestadas —una de su mamá y otra de un amigo— y haciendo apenas tres o cuatro pizzas. Incluso utilizaba queso cremoso mientras aprendía a dominar un estilo completamente diferente al que había trabajado durante años.

Emprender significó, para él, dar un salto al vacío. Ya no tenía un sueldo fijo y cada día dependía de sus propias horas de trabajo, de su energía y de lo que pudiera vender. Los resultados tampoco fueron inmediatos.

Un día recibía el mensaje de una persona nueva que le contaba que su pizza estaba rica. Al siguiente, algo no salía como esperaba. Después conseguía que diez pizzas salieran bien. Y al día siguiente volvía a empezar. “Los primeros meses fueron caóticos, era prueba y error”, resume.

Fue así, entre aciertos y errores, como empezó a encontrar su propia forma de hacer las cosas. Miraba, probaba, corregía y volvía a empezar. No dejó de hacerlo incluso cuando el cansancio o las dudas aparecían. “No dejé de intentarlo y le seguí metiendo”, cuenta.

De a poco, aquella producción que había comenzado con apenas unas pocas pizzas empezó a crecer. Ezequiel recuerda que al principio trabajaba con alrededor de medio kilo de queso y hacía un par de pizzas por semana. Hoy llega a utilizar entre ocho y diez kilos de muzzarella por día.

Cuando mira hacia atrás, ese crecimiento es también una forma de recordarse todo lo que consiguió desde aquel comienzo casi improvisado. “Mira, amigo, todo lo que elaboraste, mira todo lo que hiciste, mira el paso gigante que diste, no puedes aflojarme ahora”, se dice a si mismo cada vez que las dudas o el cansancio vuelven a aparecer.

“Esta pizza tiene que ganar”

Después de aquel primer campeonato, Ezequiel volvió a ponerse a prueba este año. Esta vez, el desafío era todavía mayor: participar del Mundial de la Pizza y la Empanada 2026, realizado en La Rural de Buenos Aires, frente a competidores de distintos países y con el sueño de demostrar que todo el esfuerzo de los últimos meses había valido la pena.

Llegar hasta allí no fue sencillo. Las competencias implican gastos de inscripción, traslado, alojamiento y materiales, algo difícil de afrontar para un emprendimiento que está dando sus primeros pasos. Para conseguirlo, hizo rifas, pidió ayuda y se apoyó en sus compañeros, que no dudaron en acompañarlo.

Finalmente, viajó con aquellos amigos que había conocido en su primera competencia y que, desde entonces, continuaron alentándolo. Esta vez llegó con algo que un año antes todavía estaba construyendo: la confianza en su propio producto.

Aun así, competir con personas de distintas provincias y países; y ante un jurado que observa cada detalle no era poca cosa. En estos campeonatos, explica, los pizzeros corren permanentemente contra el tiempo: la masa, la levadura, la temperatura y hasta el clima pueden cambiar el resultado.

Ezequiel se presentó en dos categorías. En pizza a la piedra terminó en el séptimo puesto. Pero fue en la pizza al molde, el estilo que considera parte de la identidad argentina, donde consiguió subirse al podio y quedarse con la medalla de plata.

Para competir llevó la misma esencia que pone en cada pizza que sale de su cocina. “Voy a ir a hacerlo allá frente a miles de personas, pero ¿cómo lo hago en mi casa? Con mi esencia, con mi carisma, con mi actitud, con mi buena onda”, se propuso para calmar los nervios.

Y cuando llegó el momento de presentar su pizza, dejó atrás las dudas. La miró, vio el resultado de todo lo que había trabajado y sintió que tenía una posibilidad real. “Esta pizza tiene que ganar. Tiene que ganar”, se repetía.

Había errores que podían aparecer, detalles que podían jugar en contra y un jurado que evaluaba desde la cocción hasta la manera de desenvolverse frente a los competidores. Pero Ezequiel decidió hacer lo que había aprendido a hacer durante todos esos meses: confiar en su producto y seguir adelante. Con eso alcanzó para que aquella pizza nacida en una casa de Plottier terminara entre las mejores del país.

El momento en que escuchó su nombre

Un año antes había visto el podio desde abajo. Observó a otros competidores recibir sus copas y se prometió que algún día quería estar allí. Sabía que podía lograrlo, pero una cosa era imaginarlo y otra muy distinta escuchar que lo nombraran frente a cientos de personas.

Cuando anunciaron el segundo puesto, Ezequiel quedó paralizado. "¿Vos estás segura que soy yo?", le preguntó a la persona que estaba a cargo. Subió al podio todavía sin poder procesarlo.

“Uno sabe de lo que es capaz, pero al momento de la recompensa uno dice: ‘No puedo creer que todo lo que has hecho ha valido la pena’”, confiesa.

Desde arriba, aquel escenario que tantas veces había mirado desde abajo se veía diferente. “Fue la gloria haber subido a ese podio”, asegura. Incluso hoy, con el trofeo frente a sus ojos, todavía le cuesta creerlo.

Distinta al resto

Para Ezequiel, el secreto de su pizza no está solo en la técnica, sino en la identidad. Desde el comienzo buscó diferenciarse: trabaja con un prefermento y apuesta por una masa alta, esponjosa y suave, pero sobre todo por una pizza que tenga algo de él.

“No quiero hacer una pizza normal como la que hacen todos”, explica. Por eso cuida cada detalle, desde la distribución del queso hasta la forma en que el producto llega a la casa del cliente.

Esa dedicación también tiene que ver con quienes están del otro lado de la caja. “Yo trato de que en cada pizza tenga mi pedacito de amor, mi pedacito de cariño”, cuenta. Y valora especialmente que alguien elija gastar su dinero en su producto: “Es muy importante para mí que la gente invierta en mí porque hoy en día es difícil para todos el tema de la plata”.

Un podio que llevó a nuevos sueños

El segundo puesto no cambió su objetivo, al contrario, lo hizo todavía más grande. Ezequiel ya sueña con tener su propia pizzería, un espacio al que la gente pueda acercarse a buscar su pizza y conocer de cerca aquello que hoy construye desde su casa. Pero su ambición va más allá de un solo local.

“Yo quiero tener 25 locales, quiero llenar Argentina de locales”, dice con la misma seguridad con la que llegó al campeonato.

También tiene otras ideas en mente, aunque por ahora prefiere guardarlas. Solo adelanta que no imagina un proyecto convencional, sino un espacio que pueda reunir distintas propuestas y ofrecer algo diferente.

Mientras tanto, continúa trabajando y ya se prepara para volver a competir en el Sudamericano que se realizará en Buenos Aires a finales de este mes. “Por más profesional que yo intente sonar o mostrarme, sigo aprendiendo y puedo mejorar aún muchísimo más”, reconoce.

Quizás allí esté una de las claves de su historia: entender que un logro no necesariamente marca el final de un camino, sino que puede convertirse en el impulso para ir por algo más. “Nunca sabes si el siguiente paso es el que te puede llevar a la gloria”, concluye.

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