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La Mañana Volcán Lanín

Empezó a entrenar por su sobrepeso y conquistó la cima del Lanín a los 71 años

Amalia trabaja como empleada doméstica y encontró en el deporte una forma de hacer frente a las adversidades.

Lo que comenzó como una forma de mejorar su salud ante un diagnóstico crítico, terminó convirtiéndose en una pasión y en el motor que le da fuerzas para levantarse cada día. A sus 71 años, Amalia cumplió un sueño que se propuso años atrás: llegar a la cima del volcán Lanín.

Amalia Figueroa llegó a Neuquén siendo muy joven. Tenía apenas 24 años cuando, junto a su esposo Hugo, decidió dejar atrás su hogar en El Maitén, en la provincia de Chubut, para apostar por un futuro mejor. “Allá no había salida de trabajo”, recuerda. Con dos hijos pequeños —el mayor, Darío, de cuatro años y Sandra, una bebé de apenas tres meses y medio— emprendieron el viaje con más esperanza que certezas.

El primer destino fue Cipolletti. Mientras Hugo trabajaba en una chacra, Amalia consiguió trabajo como empleada doméstica. Sin embargo, con el tiempo, la familia se mudó a Neuquén. “Yo no quería volver a Maitén”, confiesa. Ya instalados en el Alto Valle, nació su tercera hija, Débora, sin imaginar que esa nueva etapa traería también uno de los momentos más difíciles de su vida.

Caerse y volver a levantarse

A los 31 años, después del nacimiento de su hija menor, Amalia cayó en una profunda depresión. Lejos de su familia, sin amigos cercanos y con un esposo que pasaba gran parte del día trabajando, comenzó a aislarse. La soledad se volvió rutina y la comida un refugio.

Su salud empezó a deteriorarse lentamente, hasta que el dolor corporal provocado por el sobrepeso encendió una señal de alarma. “Fui al médico, me empezaron a hacer estudios y me dijeron que si no bajaba de peso podía terminar en silla de ruedas”, recuerda. Ese diagnóstico fue el punto de quiebre para comenzar su nueva vida.

SFP Amelia escalo el Volcan Lanin (6)

Con la determinación que aún hoy la caracteriza, Amalia decidió dar vuelta la página y comenzar un nuevo capítulo en su vida. Durante años había vivido sin darse cuenta de lo que le pasaba. “Iba a trabajar, volvía a mi casa y me quedaba encerrada. A veces me paraba a hacer algo y me tenía que volver a sentar”, cuenta.

Casi sin notarlo, llegó a pesar 80 kilos y el tiempo había pasado volando. “Cuando me di cuenta, ya tenía 40 años”. Pero lejos de resignarse, decidió salir de ese lugar oscuro. Empezó caminando, luego sumó entrenamiento en el gimnasio y hasta hacía ejercicios que veía por la televisión. “Una vez que empecé, me decidí y dije: 'de esta tengo que salir'”.

El inicio de una pasión

Siete años después de haber recuperado su salud, Amalia se animó a probar un nuevo desafío: correr. A pesar de que ya trotaba como forma de entrenamiento, la curiosidad nació al ver a su profesora del gimnasio participar en carreras. “Un día que haya una corrida, me sumo”, le dijo.

El 9 de julio de 2001 fue su primera carrera de seis kilómetros. Sin experiencia, salió corriendo a toda velocidad. “A las dos cuadras ya no podía más”, recuerda entre risas. Bajó el ritmo, aprendió a respirar y siguió adelante. Pensaba en no defraudar a su profesora y en no rendirse.

SFP Amelia escalo el Volcan Lanin (1)

Cruzó la meta en 42 minutos. En el camino, una corredora con más experiencia la alentaba: “No pares, seguí corriendo”. La emoción de llegar fue inmensa, pero la sorpresa mayor llegó a la hora de la entrega de premios, cuando oyó su nombre: había salido primera en su categoría. “Vi mi trofeo, lo tomé con orgullo y dije: acá no paro más”.

Al llegar a su casa, la incredulidad se hizo escuchar en la voz de su hija Sandra: “¡Mamá! ¿De dónde te robaste ese trofeo?”. Amalia respondió entre risas: “Me lo gané, transpirando la camiseta”.

La campeona de la casa

Desde esa primera carrera, el gimnasio tuvo un nuevo objetivo: seguir corriendo. Amalia entrenó en la calle, participó en competencias de 21 kilómetros en Bariloche e incluso en un Sudamericano, donde obtuvo la medalla de oro.

Con el tiempo, se convirtió en la campeona del hogar. “Cada vez que iba a correr, llegaba a casa con un premio. ¿Y quién me esperaba? Mi esposo, con un asado”, recuerda con nostalgia.

SFP Amelia escalo el Volcan Lanin (3)

Después de algunos años, Amalia incorporó el trekking a su vida, incluso, llegó a participar tres años seguidos (2011, 2012 y 2013) de la emblemática competencia de los 42K. En la última edición que participó, estuvo acompañada por su esposo, su hija y su yerno. La carrera coincidió con el cumpleaños de Hugo, y lo celebraron en familia en Villa La Angostura, como un regalo compartido.

Los golpes de la vida

En 2019, sufrió un golpe devastador: su esposo se enfermó y falleció. Amalia volvió a hacerse estudios médicos para poder seguir corriendo. “Correr para mí es una terapia, es mi cable a tierra”, afirma. Paso a paso, volvió a ponerse de pie una vez más.

Amalia Figueroa (4)

En ese proceso, un nuevo sueño empezó a tomar forma: “Mi sueño ahora es llegar al Lanín”. Pero entonces, sufrió otra pérdida: tres años después, falleció su hermana. “¿Se imagina? No llegaba a curar una herida cuando vino otro golpe a mi vida”, recuerda.

Aun así, volvió a hacerle frente a las adversidades: se levantó una vez más, y se demostró a sí misma que, incluso en el dolor más profundo, podía encontrar en el deporte la fuerza y el consuelo para seguir adelante.

Un sueño cumplido: escalar el Lanín

Hace dos años, Amalia hizo su primer intento por cumplir su sueño de alcanzar la cima del volcán Lanín. Junto a su guía, Natalia, y sus compañeras Cristina, Claudia y su hija Débora, quedaron a tan solo 300 metros de la cumbre. “Nos tuvimos que volver porque nos quedamos sin tiempo”, explicó.

Amalia Figueroa (1)
En el primer intento no lograron hacer cumbre.

En el primer intento no lograron hacer cumbre.

Aun así, lejos de vivirlo como una derrota, lo tomaron como un triunfo. Era la primera vez que se enfrentaban a un desafío de esa magnitud y la experiencia no hizo más que darles aliento.

Siguieron entrenando, lo volvieron a intentar y, el 18 de enero de este año, finalmente lo consiguieron. Llegaron a la cima, y al mirar hacia abajo, viendo todo lo recorrido, el corazón se les salía del pecho.

La emoción, el esfuerzo y la constancia se fundieron en un instante que recordarán por siempre. "Lo hicimos. Lo hice", dijo Amelia cuando por fin le salieron las palabras.

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El orgullo de la familia

El logro de Amalia no solo fue personal: también se convirtió en motivo de orgullo para toda su familia. Sus hijos la acompañaron desde el primer momento y celebraron cada paso del camino. “Ni yo me imaginé lo que iba a causar”, confiesa.

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Amalia junto a sus tres hijos: Dario, Sandra y Débora.

Amalia junto a sus tres hijos: Dario, Sandra y Débora.

A lo largo de los años escuchó muchas veces que no podía, que era peligroso, que no lo iba a lograr. Pero lejos de frenarla, esas palabras la impulsaron aún más. “Cuando a mí me dicen que no puedo, más lo quiero hacer”, afirma convencida. Y sus hijos lo saben, “me conocen y dicen: lo va a hacer igual”.

Darío (50), Sandra (46) y Débora (40) crecieron viendo su determinación, y hoy comparten el orgullo junto a los diez nietos, de entre 31 y 6 años, que no dudan en presumir a su abuela. Para ellos, Amalia es un ejemplo de constancia y valentía. “Están orgullosos de su abuela”, repite, todavía emocionada por lo que genera su historia.

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Amalia junto a sus 10 nietos.

Amalia junto a sus 10 nietos.

La repercusión la sigue sorprendiendo. “No me cabe lo que estoy viviendo”, admite entre risas. Incluso en su trabajo como empleada doméstica, limpiando casas, la emoción se hizo presente. “Hoy fui a trabajar y mi patrona me esperaba con un papel para que le firme un autógrafo”, cuenta entre risas y aclara: “Para mí ellos son mi familia, y para ellos yo también lo soy”.

Un futuro con más objetivos en mente

El logro reciente no es un final para Amalia. Mejor dicho, es un punto de partida para enfrentar nuevos desafíos. Mientras bajaban de la montaña, ya pensaba en su próxima meta: subir el Lanín con nieve en octubre, un reto que requiere más preparación y distinto equipamiento.

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Y después, el Domuyo. Les decía a sus compañeras que se reían porque apenas habían terminado una aventura y ella ya soñaba con la siguiente.

¿Llegaré al Aconcagua?”, se pregunta. Pero en su voz no hay duda, sino convicción. “Todo se puede cuando uno se lo propone. No hay que quedarse”, dice, con la certeza que acumuló con los años. Para Amalia, correr es más que un deporte: es la fuerza que la hizo salir adelante.

Y así, a sus 71 años, con los pies cansados pero el corazón lleno, Amalia sigue con la vista puesta en la cima. De vez en cuando, se permite mirar hacia atrás, pero solo para contemplar el camino recorrido, las batallas ganadas y lo lejos que llegó.

Así fue la cumbre de Amalia de 71 años al volcán Lanin

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