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Fabrica objetos mágicos para viajar en el tiempo

Comenzó con su proyecto en la Feria de Artesanos de Neuquén, le dio forma trabajando en Parques de Dinosaurios de Rusia, Italia e Israel y hoy crea experiencias visuales inolvidables que son furor en festivales de diseño, arte y cine.

En una pequeña caja hay una bailarina, lo que ya nos conecta con la belleza, pero la magia comienza cuando al girar una manija, la mujer empieza a danzar frente a nuestros ojos. Un mecanismo en apariencia sencillo que desprende un instante levísimo y conmovedor. Son nuestras manos las que pueden crear ese movimiento, esa ilusión. No es sólo lo que vemos, sino lo que evoca: la tarde en que le dimos cuerda a una cajita de música; cuando pusimos sobre una fuente de calor la carta escrita con tinta de limón y el papel se llenó de letras; la primera vez que nos vimos al espejo. Ese instante pequeño en que algo nos fue revelado.

Desde muy chico, Martín Schachner se propuso inventar cosas que nos permitan volver a emocionarnos con lo simple, o mejor, con todas las maravillas que nos rodean, a las que, por ir tan rápido, a veces nos cuesta apreciar. Esta es la historia sencilla de un hombre que desde pequeño aprendió que, en todo hay algo asombroso, según cómo lo miremos; la de un inventor que quiso ser artesano y se convirtió en artista. Pero sobre todo, es la historia de Animática, la fábrica de ilusiones que nos lleva a la infancia.

Hace mucho más de veinte años que los Schachner viven en Neuquén. Pero como muchas otras familias vinculadas al mundo de los hidrocarburos, siempre anduvieron de aquí para allá detrás del trabajo y las lógicas de la producción. Indefectiblemente en Martín hay algo de nómade. Nació en Córdoba, pero pasó la infancia en Campamento Vespucio, un pequeño pueblo al norte de Salta, rodeado de la calidez de la selva tropical y el pueblo salteño. Cuando era adolescente, a su papá lo trasladaron a Comodoro Rivadavia, la otra punta del mapa. Era otra geografía, otro clima, otra gente: una ciudad de alma y cuero árido, forjada entre viento y mar. El cambio lo impactó tanto, que vivió para siempre con la ilusión de volver. El problema fue y es que resulta imposible volver a Vespucio, al menos como lo conoció Martín. Cuando privatizaron YPF, se fue apagando lentamente.

“A veces lo pienso como un refugio dentro de un mundo que estaba explotando y puedo recordar los animales, las plantas, las lianas, el teléfono con manijita que estaba en la calle frente la quebrada”, dice Martín sobre un pueblo del que ya poco queda. Pero en vez de hacer un bollito con la nostalgia y guardarla en el bolsillo, entendió que era mucho más fácil volver a la infancia, a esa frescura e ilusión. Y sobre eso construyó su mundo, porque así mira el mundo.

Comodoro no fue fácil, pasó por varias escuelas hasta que encontró algo de calma en Bellas Artes. Ya más grande, estuvo algún tiempo en Francia por trabajo de su familia, donde se sumergió por completo en la fotografía y el revelado con unos equipos que se había comprado su papá. Cuando volvieron, se fue a estudiar cine a Córdoba y cuando terminó, Efectos Especiales a Buenos Aires. Y aunque tenía la posibilidad de hacer otras cosas, siempre eligió experimentar con lo que tuviese a mano, con lo analógico, tanto en la animación, con los efectos especiales, la fotografía o el sonido.

Fabrica objetos mágicos para viajar en el tiempo
Martín Schachner, el artista que crea objetos para viajar en el tiempo.

Martín Schachner, el artista que crea objetos para viajar en el tiempo.

“Efectos Especiales estaba orientada al cine, la mayoría quería hacer cosas tipo Star Wars, pero a mí me interesaba aprender a hacer miniaturas, manipular materiales. Cuando terminé, empecé a trabajar como efectista para un chico que hacía maquetas en publicidad. Yo estaba encargado de la parte de mecánica. Estuve muchos años trabajando en el mundo de la publicidad, con las herramientas que había aprendido en las carreras, era todo en el plano de lo digital, y si bien siempre intentaba salir de eso y ponerle lo mío, un papelito, algo, sentí que se me iba la vida”, cuenta.

No sólo había algo en lo digital que no terminaba de gustarle, sino que además no se sentía cómodo trabajando con grandes marcas o haciendo cosas sin alma sólo para vender. “No quiero más esto”, se dijo. Recordó lo que había estudiado de historia de cine y cómo funcionaban los antiguos aparatos antes de la pantalla y el proyector, antes de un hoy digital que nunca se detiene y se dijo: “yo tengo que hacer esos aparatos”. Y así fue como dejó todo y volvió con su familia a Neuquén para crear Animática.

Animática o la fábrica de ilusiones

“Pasaron tantos años desde que se dejó lo analógico, que si hoy a cualquier persona le mostraras como se revela una fotografía, seguro se emociona, porque estamos tan sumergidos en lo digital que es imposible pensar que en un papel aparezca una imagen de la nada”, explica Martín, que entonces llegó a Neuquén convencido que quería ser artesano. Hacia algunos años, había estado en la Feria de Neuquén vendiendo bijouterie y en alguna oportunidad, acompañando a su mamá que es ceramista.

Venía la época del aniversario de la feria, donde se convocan propuestas de todo el país. Martín escribió para participar, aún no sabía muy bien con qué. Le pidieron fotos de su material. Apelando a sus herramientas digitales, se permitió hacer “un pequeño truco”, confiesa con algo de culpa. En la computadora, montó una foto de él en un stand inventado que llenó de objetos de pre cine que jamás había hecho en su vida. Los organizadores quedaron encantados y le dijeron que sí, que lo aceptaban.

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Juntó cuanta herramienta pudo, compró materiales varios y durante dos meses no durmió. No sólo tenía que inventar, hacer funcionar y construir con sus formas absolutamente prolijas y delicadas cinco piezas diferentes para su stand, sino que además se le cruzó la idea de que si vendía determinada cantidad de sus objetos mágicos, se iba a poder comprar un colectivo y salir a viajar por el país y por el mundo. De pronto, tenía todo resuelto.

Zoótropo, praxinoscopios, taumatropos, fenaquinicopio: no son especies en extinción de animales marinos, ni nombres de cohetes espaciales, son los objetos con los que muchos inventores fueron jugando con la luz, el papel, la mecánica y el movimiento hasta crear el cine. Objetos que durante años se presentaron como increíbles novedades en las ferias de la Europa industrial, alguno junto a la torre Eiffel, dejando embelesado a un público que se reunía a ver de qué se trataba esa suerte de magia oscura que engañaba sus sentidos. Y era exactamente eso lo que Martín quería presentar en Neuquén.

“Cuando hice mi primer praxinoscopio me encantó, lo hice con el dibujo de un pececito. Lo muevo y veo que el pececito saltaba del agua y se metía de nuevo: quedé flasheado. Hice 30 praxinoscopios, 40 zootropos, entre otra cantidad absurda de objetos. Anoté en un cuadernito los precios y salí. Si vendía todo: me compraba el colectivo”, dice Martín entre risas.

Pero los planes no resultaron. Aunque la producción era exquisita, mucho mejor incluso que la foto inventada que había presentado. Aunque el puesto se llenaba y todos quedaban fascinados con los artilugios. Llegaba el momento de la pregunta difícil: “¿Para qué sirven”. Explicarlo ya era difícil, venderlo casi imposible. “Ahí me dije, esto solo no puede ser: tengo que encontrarle la vuelta”.

Fabrica objetos mágicos para viajar en el tiempo

Juntó todos sus zootropos y volvió a Córdoba donde empezó a dar clases de fotografía en un instituto. Nunca abandonó sus creaciones, las mostraba por todos lados, incluso lo convocaron de una feria de Oberá, Misiones. Pero las ferias de artesanos no parecían ser el espacio. Hasta que un día, un amigo le compró un praxinoscopio y poco después, lo invitó a trabajar con él a un parque de dinosaurios en Rusia.

Cómo convertir un dinosaurio en un zootropo

De pronto, Martín vivía en Samara, una ciudad planificada, militar, casi oculta, un eslabón perdido de la Rusia Soviética desde donde alguna vez partieron las tropas hacia Alemania en la Segunda Guerra mundial, que hasta hoy no termina de ingresar del todo al capitalismo. Llegó en medio de un octubre helado, con absolutamente ningún conocimiento sobre ruso, a trabajar mecánica en un inmenso parque de dinosaurios. Allí estuvo largos meses, hasta que llegó el turno de irse a Italia donde pasó un tiempo más.

Volvió a Córdoba, invirtió todo el dinero recaudado en maquinas para empezar a construir su taller. Compró torno, sierra y otras herramientas. Una idea empezó a rondarle fuerte, pero antes de que pudiera darle forma, volvieron a llamarlo los dinosaurios. Y así fue como terminó en el extremo calor Jerusalén, atravesado por culturas absolutamente distintas, por sociedades con las que los dinosaurios poco tienen que ver, por la raíz que une a las religiones. Hasta allí llevó sus objetos, incluso hasta Palestina, cuando lograba ir a veces. A través de ellos comprendió que las guerras y los odios no les pertenecen a las personas: la posibilidad de emocionarnos, de jugar, de obnubilarnos ante un instante de magia o belleza, le pertenece a toda la humanidad. Eso lo inspiró a volver.

Fabrica objetos mágicos para viajar en el tiempo

“Vuelvo de estos viajes con la experiencia de haber dirigido, montado y mantenido parques gigantes de dinosauros mecánicos. Ahora quiero construir mi propio parque de zootropos”, se dijo.

Ya de regreso en Argentina, terminó de darle forma a Animática, su proyecto cinético y su sustento de vida. Pero sobre todo, lo que encontró para contener en sus días a un arte que lo desborda, aunque no lo llegue a percibir.

Del viaje también se trajo la idea de los kinoscopios, unas cajitas ya contemporáneas al cine que algún anónimo inventó y con las que él empezó a jugar más en el campo del diseño.

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Un tiempo después, había logrado construir sus pequeños parques fuera de tiempo, que les permiten a las personas jugar como niños ante la ilusión que se desprende de sus objetos.

“La magia, en lo referido a las técnicas para crear ilusiones, funciona a través del truco, donde el espectador sorprendido es consciente de que hubo alguna maniobra sin develar. En el caso del efecto cinematográfico, o del arte cinetico, el truco está expuesto en el mecanismo, y sin embargo la magia surge. Cuando descubro algo mágico que me sorprende, y logro compartirlo con el espectador, me siento un poco más cuerdo, y eso me entusiasma pues la sensibilidad se conecta a las emociones, que es para mí la más hermosa cualidad del ser humano”, afirma.

Hace algunos años que Animática encontró otras formas donde trascendió lo cinematográfico. Con ello recorre ferias y festivales de arte y cine de toda Argentina, no en un colectivo, pero si en un digno furgón. Es difícil describir la belleza de la obra de Martín, aún más sus finas costuras, casi imperceptibles. Porque lo que crea es un suspiro, un instante, donde se nos quita el velo, para ver mejor los milagros de la luz y el movimiento.

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