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La Mañana Michael Jackson

La historia del Michael Jackson neuquino que baila en los semáforos de la avenida Argentina

Carlos Di Lorenzo tiene apenas 27 años y ya es un ícono de la ciudad. Un joven que sobrevivió a todo gracias a la pasión por el baile.

Es junio y en Neuquén hace una semana que no para de llover. En un semáforo de la Avenida Argentina, a la altura del Monumento a San Martín, Carlos Di Lorenzo hace siete días que baila debajo del agua. Baila para ganarse el mango del día. Baila con alegría, sin quejarse. Y baila sin música, porque teme que la tormenta le arruine los equipos. Pero él se mueve y los automovilistas ya saben que está tirando pasos de Michael Jackson.

Muchos arengan y tocan bocina. Otros ponen Billie Jean desde el auto, suben el volumen de los estéreos, mueven sus cabezas, y en pocos segundos se arma un clima espectacular. Él retribuye dándolo todo: juega con el sombrero, hace los pasos de robots, se mueve como zombi y hace el moonwalk a la perfección. También le queda tiempo para buscar su recompensa en cada auto. Todos le dan dinero. Claro, si es el mismísimo Michael Jackson Neuquino: baila acá desde que tiene 12 años, y hace 15 que se dedica a esta actividad, y a esta altura ya es un ícono de la ciudad.

Cuando me toca bailar debajo de la lluvia pienso en los chicos de Malvinas y en lo mal que estaban ellos. Lo que hago es una boludez al lado de eso”, dice Carlos, que tiene 27 años, y que lo último que quiere es sonar demagogo o intentar sensibilizar. Todo lo contrario: con tantos años sobreviviendo en la calle, hizo un estudio de mercado y arribó a una teoría. “La gente le esquiva a la lástima, entonces mientras más cheto sea el show mejor. Al menos yo le busqué esa vuelta, por eso trato de hacer algo bien atractivo, con luces, parlantes, llevo micrófono”, cuenta este joven al que puede vérselo todos los días en el semáforo del monumento, entre las 17 y las 21 horas aproximadamente.

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Si nuestro Michael buscase conmover, le bastaría con contar su historia familiar: la de un padre que le compraba todos los discos y DVD´s de Michael Jackson, pero que murió cuando él todavía era un niño, y que apenas alcanzó a ver las primeras coreografías que su pequeño hijito replicaba frente al televisor.

También podría hacer foco en la historia de una madre que lo llevaba a juntadas con amigos, y que no había vez que no anunciara el show del mini Michael Jackson, que a esa altura ya imitaba a su ídolo a la perfección. Pero aquel idilio poco tiempo después se rompió, y siendo todavía un preadolescente Carlos dejó de ver a su mamá, se fue de su casa, y tuvo que empezar a arreglársela como sea para sobrevivir.

Embed - Ezequiel Franzino on Instagram: "Es junio y en Neuquén hace una semana que no para de llover. En un semáforo de la Avenida Argentina, a la altura del Monumento a San Martín, Carlos Di Lorenzo hace siete días que baila debajo del agua. Baila para ganarse el mango del día. Y baila sin música, porque teme que la tormenta le arruine los equipos. Pero él se mueve y los automovilistas ya saben que está tirando pasos de Michael Jackson. Muchos arengan y tocan bocina. Otros ponen Billie Jean desde el auto, suben el volumen de los estéreos, mueven sus cabezas, y en pocos segundos se arma un clima espectacular. Él retribuye dándolo todo: juega con el sombrero, hace los pasos de robots, se mueve como zombi y hace el moonwalk a la perfección. También le queda tiempo para buscar su recompensa en cada auto. Todos le dan. Claro, si es el mismísimo Michael Jackson Neuquino: baila acá desde que tiene 12 años, hace 15 que lo hace, y a esta altura ya es un ícono de la ciudad. La nota de hoy del Michael Neuquino. https://www.lmneuquen.com/la-historia-del-michael-jackson-neuquino-que-baila-los-semaforos-la-avenida-argentina-n1036927 #MichaelJackson #Neuquen @lmneuquen"

“Estando en la calle se está muy expuesto a la droga y a los robos, pero por suerte nunca anduve en esa. Eso sí, tuve que aprender mucho a defenderme. Acá en Neuquén la calle me parecía hostil, hasta que conocí Buenos Aires, donde fui a probar suerte y eso sí que fue un horror”, recuerda el Michael neuquino, y evoca aquellas noches en Capital Federal, en las que después de las doce las calles se volvían desérticas, con personas que parecían zombis, con policías que le pedían plata para trabajar en las esquinas, y con vagabundos que le tiraban piedras. “Acá es otra cosa, todos me conocen, la policía me saluda”, dice.

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Aunque no quiera hacer alarde del dinero que puede llegar a recaudar por día o por mes, lo cierto es que Michael puede vivir tranquilo de esto, darse algunos gustos como haber podido ir a ver el show de Madonna a Buenos Aires, y tener la libertad de poder rechazar algunos trabajos. En Dulce Malvina lo apodaron “El Rey del Cambio”, por las montañas de billetes chicos que al final de cada jornada lleva para intercambiar. A modo de chiste, las chicas que trabajan en la heladería le preguntan si no necesita bailarinas para sus shows.

Cuando me toca bailar debajo de la lluvia pienso en los chicos de Malvinas y en lo mal que estaban ellos. Lo que hago es una boludez al lado de eso Cuando me toca bailar debajo de la lluvia pienso en los chicos de Malvinas y en lo mal que estaban ellos. Lo que hago es una boludez al lado de eso

“Soy mi propio jefe, hago lo que quiero, no dependo de nadie y hago un buen dinero que me permite cierta libertad”, cuenta Carlos, que también trabaja como locutor y animador de fiestas y boliches. “Muchas veces me pasa que el dinero que quieren pagarme en los boliches no me sirve, porque hago el doble bailando un rato en la avenida”, cuenta el Michael neuquino, que en Instagram aparece como @Carlosdi.lorenzo.

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Aquella primera vez

Para remitirse a la primera vez que bailó en un semáforo hay que viajar en el tiempo, al año 2008, a la salida del boliche Natalia Natalia. Michael sale de la disco con sus amigas, quiere comer algo, pero ninguno tiene plata. Entonces camina hasta la esquina y en lo que dura la luz roja empieza a hacer la coreografía de "Smooth Criminal", canción que reúne todos los pasos icónicos de su ídolo. La recepción del público es espectacular, y en apenas unos minutos junta el dinero suficiente para comprar tres panchos y gaseosas.

“Al principio fue algo que hacía jugando, después empecé a tomármelo en serio”, dice Carlos, quien al poco tiempo de aquella divertida noche tuvo que empezar a trabajar para poder sobrevivir y para pagarse una habitación en un hotel. “En esa situación de necesidad empecé a hacerlo todos los días, como un trabajo”, recuerda este joven, quien con su talento y su destreza pudo salir adelante.

Si en algún momento llegara a ser famoso, te juro que seguiría viniendo al semáforo a practicar, a jugar Si en algún momento llegara a ser famoso, te juro que seguiría viniendo al semáforo a practicar, a jugar

En algún momento llegó a tener todos los trajes del Rey del Pop, además de cada uno de los accesorios que hacen a su emblemático vestuario. Pero un día nuestro Michael se lesionó la rodilla, engordó más de 30 kilos, y la pilcha no le entró nunca más. Eso no fue lo peor. El sobrepeso le impedía bailar como él quería. Se agitaba, se sentía mal, y no podía hacerlo más de una hora por día, con la complicación extra de que si no bailaba no comía. Por suerte para él y para todos los que disfrutan de su arte callejero, hoy se encuentra totalmente recuperado de su lesión.

“De a poco estoy volviendo. Ya adelgacé más de 20 kilos, pero me faltan otros 15 para estar en óptimas condiciones”, asegura este artista que estudió baile en distintas escuelas de Buenos Aires y Neuquén.

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Entendiendo que capaz no pueda dedicarse a esto toda su vida, a largo plazo el Michael Jackson neuquino tiene como proyecto poder llegar a tener un boliche o un bar. Él, que sabe de difíciles y de sortear obstáculos, también se anima a soñar con conducir alguna vez la Fiesta de la Confluencia. “Si en algún momento llegara a ser famoso, te juro que seguiría viniendo al semáforo a practicar, a jugar, y lo haría gratis, obvio”, concluyó.

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