En una sola semana confluían en la capital neuquina tres acontecimientos que quedaron en el recuerdo hace 42 años.
Aquel 16 de junio nevó como nunca había nevado en Neuquén. Nevó tanto que ni los más viejos tenían guardado algo similar en sus recuerdos. Fue "La nevada del siglo", para los medios; "La nevada del 82", como la recordaría la gente. En el medio se ubicaría el final de la Guerra de Malvinas y el Día del Padre.
Fue tanta la nieve caída ese miércoles que sepultó rápidamente la inesperada rendición del Ejército Argentino que marcó el final del conflicto del Atlántico Sur, dos días antes. Una noticia barrió a la otra en cuestión de horas; al entusiasmo que había nacido el 2 de abril lo reemplazó la pasión por el frío y la belleza del cambio del paisaje urbano.
Y así chicos y grandes salieron a las veredas a levantar muñecos de nieve enormes como nunca antes habían construido. Y así los más audaces improvisaron esquíes y trineos para lanzarse desde la Plaza de las Banderas, por la Avenida Argentina, o desde los lugares más altos sin que importaran los revolcones, las caídas ni los golpes. ¿Acaso había algo más importante que La Nevada del Siglo?
De un día para otro Neuquén cambió su fisonomía de manera extrema. Los colores del final del otoño desaparecieron. Solo dominaba el blanco de la nieve más pura de los parques y las bardas y el gris de las calles. Los latidos de la ciudad habían bajado su frecuencia a un nivel mínimo, inusual. Los ruidos del trajín cotidiano habían desaparecido.
Aun con las dificultades para transitar y la parálisis institucional por todos los inconvenientes que había causado la nevada en el centro y en los barrios, los comercios estuvieron repletos durante los tres días que duró el temporal porque el domingo se festejaba el Día del Padre.
Con las patinadas por las veredas congeladas, con las manos moradas por el frío, pero sin dejar la emoción ante las postales que se repetían en cada rincón de la ciudad, miles de personas coparon las calles, salieron a comprar regalos y se refugiaron en cada café o confitería para calentarse el cuerpo, retomar fuerzas y seguir con la rutina del consumo.
La nevada tapó mucho más que la ciudad
Atrás había quedado el trago amargo por Malvinas que nadie quería tragar, aun con las injusticias y el dolor de la guerra y la indiferencia a tantos héroes y mártires. Atrás también se quedaba el otoño para darle paso a un invierno crudo como ese que empezaba a asomar.
Aquel 16 de junio quedaría grabado en el calendario como el día que nevó como nunca había nevado en la historia de la ciudad de Neuquén; aquel día en el que los sentimientos se mezclaron caprichosamente con el clima, con la vida de todos los días, con los acontecimientos más dramáticos.
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