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La Mañana Alberto Fernández

La peligrosa diatriba que nos vuelve a llevar al pasado

Tanto el Gobierno como la oposición están optando por un discurso amenazante e injurioso. Mientras tanto, la inflación, la pobreza y el estancamiento económico están totalmente fuera de sus agendas.

El odio como el terror es un instrumento al servicio de intereses políticos. La clásica obra “El Príncipe” escrita en 1513 por Nicolás Maquiavelo -y publicada en 1532- dedica un capítulo completo a determinar cuáles son las cualidades más deseables en un gobernante. El estadista florentino asegura en su obra que, aquellos líderes excesivamente amados pueden ser traicionados por ser considerados ingenuos, mientras que los que son odiados pueden ser suprimidos violentamente. Este es un concepto que puede ser vuelto a la actualidad y confrontarlo con el barro en el que se está sumergiendo, peligrosamente, la política argentina.

“Las calles van a estar regadas de sangre y muertos” en caso de que la oposición gane las elecciones, señalaba esta semana el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, durante una entrevista televisiva. Y agregó: “Van a lastimar mucha gente y lo que yo hago es llamar la atención, no estoy tratando de generar pánico, cuento lo que yo vi y lo que ofrecen”.

Pero las amenazas no llegaron solo desde el Ejecutivo. “Si la oposición llega al Gobierno, hay que pasar de 14 toneladas a 28 toneladas de piedras”, aseguró semanas atrás Daniel Catalano, Secretario General de ATE Capital, en alusión a la brutal destrucción que se hizo frente al Congreso de la Nación, hacia mediados de diciembre de 2017, cuando diputados trataban cambios en el índice de la Ley Previsional.

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Desde la oposición no se quedan atrás. “Cada vez más gente se enoja y que cree que hay que dinamitar todo, yo creo que hay que dinamitar casi todo", ironizó el expresidente Mauricio Macri en una reunión con empresarios, mostrando una visión de futuro y su concepto de lo actuado hasta ahora por la administración Fernández.

Todas frases lamentables. De un lado, la amenaza de no dejar gobernar aunque el costo final para alcanzar este objetivo sea la muerte; del otro, la intolerancia de no querer construir sobre lo poco que nos está quedando como país. Peligrosos límites que se están trasvasando.

Dos extremos que no están representados por la mayor parte de la sociedad democrática argentina. La sensación, frente a este escenario es que, sin acuerdo político para acercar posiciones, vamos derecho hacia un nuevo enfrentamiento liderado por las minorías. Pareciera que no aprendemos. Nuestra historia reciente muestra que sacar a un gobierno a los “piedrazos” no sumo absolutamente nada. Por el contrario, la situación empeoró y ese costo siempre termino siendo trasladado a los que menos tenían; paradójico, si pensamos que quienes tiraban esas piedras aducían defender sus derechos.

Claramente, la política hoy se encuentra en uno de sus peores momentos.

Acuerdo

“Vale mucho más un acuerdo relativamente deficiente, que una imposición de parte sobre los otros que no es aceptable”, consignó el expremier español, Felipe González en su última visita al país, en noviembre del año pasado.

La Argentina esta sumida en una profunda crisis política, económica y social, y difícilmente se pueda salir de ella con la voluntad sólo del partido que logre la victoria en las próximas elecciones de octubre. Sin un acuerdo amplio, con parte importante de la política adentro, no hay futuro posible.

El nuevo Presidente deberá tomar decisiones estratégicas: qué va a hacer con la proyección de Vaca Muerta, cómo va a producir energía verde o de que manera va a explotar el litio. Son preguntas que ya deberían estar definidas. No es viable para el país que, en cada cambio de Gobierno, se modifiquen las reglas de juego y se rompan los contratos establecidos. En ese contexto, la mayoría de los ciudadanos pierde y solo unos pocos son los que ganan. La sociedad y las inversiones, para poder crecer en forma sostenida, deben tener horizontes previsibles. Esto necesariamente tendría que ser parte del acuerdo al que deben llegar los partidos políticos para salir de esta crisis. Un claro ejemplo de los negativos resultados que han generado este tipo de conductas se ve reflejado en las idas y vueltas que ha tenido la petrolera YPF en estos últimos años. Ha sido un bastión político para los distintos gobiernos de turno, donde solo pocos se beneficiaron en detrimento del conjunto de la sociedad.

Mucha es la gente que hoy en la Argentina cree y avala un acuerdo entre los distintos actores políticos. Las minorías son los que lo rechazan, insistiendo en sostener una lógica binaria: la de un “nosotros” y un “ellos”, como representantes de una alteridad enemiga. Esta claro que el llamado “pueblo” o “nosotros” se construye, a partir de una sobrecarga de demandas sociales que el sistema político no pudo procesar. Y es ahí donde se debe trabajar para romper con este circulo vicioso al que el país está sometido desde hace años.

En uno de los peores momentos de la pandemia del Covid, el presidente Fernández logró reunir en varias oportunidades, y en una misma mesa, al gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, con el titular de la Ciudad, Horacio Rodríguez Larreta, y las encuestas mostraban en ese entonces el alto nivel de imagen positiva logrado por el primer mandatario. Un aval social, en ese entonces, al acuerdo de política sanitaria. Este mismo esquema de trabajo se debería ampliar para otros aspectos de la vida argentina.

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Pero pareciera que la política sigue estando muy lejos de estas ideas. Prefiere jugar con fuego. La muerte, la sangre, las piedras y el dinamitar las actuales estructuras, son propuestas que solo profundizan la grieta entre los argentinos.

Mientras tanto la inflación (que el mes pasado tocó el récord del 7,7%), la pobreza y la falta de crecimiento económico, pareciera que no está en la agenda política de este asolado país.

En esta desconexión con la realidad, siguen ganando los mismos de siempre.

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