Tienen una fuerte vocación por ayudar al prójimo, de dejar de lado sus ocupaciones y preocupaciones para estar cerca de quienes más lo necesitan, de estar pendientes de lo que les falta o carecen. Son un grupo de mujeres de diversas edades formadas como agentes de pastoral de salud en la parroquia Nuestra Señora de la Paz de esta ciudad hace 25 años y que despliegan tareas de voluntariado en el Hospital Heller desde su inauguración.
Las voluntarias del Heller, como se las conoce, son quienes se ocupan y preocupan de que a los pacientes enfermos que están internados en el hospital no les falte nada, ya sea desde algún elemento de higiene hasta ropa o calzado; pero también que no les falte una palabra de aliento, una mano contenedora en esos momentos difíciles que deben atravesar por alguna enfermedad.
Son un grupo de mujeres que de forma altruista y totalmente desinteresada trabajan diariamente por el bienestar de la comunidad del hospital ubicado en el oeste de la ciudad.
Comenta que se formaron durante tres meses como agente de pastoral de salud bajo el estatuto creado en su momento por el obispo Jaime De Nevares. El objetivo de los agentes de pastoral es ser testigos de Cristo en medio del dolor y del sufrimiento", dice el artículo 1 del mencionado estatuto. "Mediante su testimonio de vida y su palabra, ayudará al enfermo como Cristo. Esto es: en todo momento tendrá presente que está ante 'Cristo sufriente' y, además, él debe ser imagen de 'Cristo consolador'", agrega el documento. Por lo tanto, su tarea es la de "prestar un servicio concreto a cada enfermo con el cual trata, para ayudarlo en las comidas, aseo personal, atender alguna necesidad material imperiosa, ser vínculo de enlace entre el enfermo y su grupo familiar, cuando la realidad así lo exige"
Javiera Carrasco es una de las primeras mujeres que hace 25 años se formaron como voluntarias. Aclara que en realidad “nuestro primer andar” fue en el hospital Castro Rendón donde estuvieron un año realizando tareas de voluntariado. “Empezamos en el Castro Rendón un año antes de la inauguración del hospital Heller, que fue en marzo de 1999, y tomamos nuestra promesa como agentes pastoral de salud en la parroquia Nuestra Señora de la Paz el 13 de diciembre de 1997. Es decir, este martes cumplimos veinticinco años”, explica la mujer.
“Cuando se inauguró el Heller eramos 34 mujeres y un varón que conformábamos el voluntariado y desde ese entonces siempre tuvimos una muy buena acogida por parte de los directores y de todo el personal que se mantiene hasta la actualidad”, describe. No oculta su sensación de temor en esos comienzos cuando empezaron a andar por los pasillos y las habitaciones del hospital. “Mi temor era que me enfrentaba al paciente enfermo y cada enfermo es distinto, y por más que nuestras formadoras nos enseñaron como proceder ante ellos, la realidad era enfrentarse cara a cara”, comenta.
Esos temores de cómo serán recibidas por el paciente enfermo que está internado, en muchos casos desde hace tiempo, es algo común que sienten las voluntarias. “A veces hay personas que no quieren saber nada que una lo visite, y por supuesto se respeta; otros están de acuerdo y nos reciben muy agradecidos”, agrega Teresa Gómez, otra de las voluntarias.
El trabajo comienza cuando las voluntarias se reúnen en un cuarto que ya tienen asignado para saber que les hace falta a los pacientes o que necesidades tienen. “Nosotras hablamos con las enfermeras para estar al tanto de las necesidades y comenzamos a visitar a los enfermos que están internados. Una vez que nos permiten ingresar les explicamos que somos un grupo de voluntarias que venimos a conversar con ellos, incluso a rezar si es que así lo desean. y les preguntamos si necesitan algún elemento de higiene, alguna ropa”, describe Teresa. “Nuestra tarea es de asistencia y contención”, subraya.
Irma Contreras señala que es precisamente “lo espiritual” lo que las motivó a llevar durante veinticinco años esta tarea de ayuda, asistencia y contención en el hospital. Se presenta como la peluquera del grupo. Confiesa que hizo un curso de peluquería para poder cortarle el pelo a los pacientes que se encuentran internados “así lucen mejor”. Ahora son las propias enfermeras las que llaman a Irma porque los pacientes quieren que ella les corte el pelo.
Una de las asistencias que más las movilizan es cuando hay niños internados que son acompañados por sus madres. “Entre nosotras hacemos una cadena de turnos para que la madre pueda ir a su casa a descansar un rato, cambiarse o atender a sus otros hijos ya que pasan muchas horas al lado de su hijo internado”, explica Irma. Por otra parte, muchas veces son las mismas voluntarias las que le dan de comer a los enfermos porque quizás no pueden movilizar sus manos. Pero no sólo el trabajo de las voluntarias se da puertas adentro del hospital, también les ofrecen a los pacientes hacer algún tipo de trámite.
“Todos los enfermos son iguales para nosotras”, afirma Leticia Muñoz que hasta hace algunos años trabajaba como empleada por lo que disponía sólo de los domingos para realizar su tarea de voluntariado. “Venía los domingos y entonces sacaba a pasear por los jardines del hospital a los pacientes sobre todo a los que no recibían visitas y nos poníamos a conversar”, cuenta.
Las voluntarias comentan que los elementos de higiene que les entregan a los enfermos los pagan de su propio bolsillo. En cuanto a la ropa, las reciben por donaciones. “Cuando hacemos las reuniones que por lo general es una vez al mes, ahí juntamos algún dinero para la compra de los elementos de higiene, sea una pasta dentífrica, cepillo de dientes, entre otros”.
Daniela Jara interviene para afirmar que son muchos los pacientes que se encuentran en situación de calle. "Ellos necesitan de todo, en su mayoría no tienen familiares, y también permanecen mucho tiempo internados. Y ahí actuamos nosotras, los ayudamos para que puedan comer, estar mucho en contacto con ellos aunque hay que decir que el personal del hospital es muy contenedor con los pacientes", precisa. A su lado, Blanca Vicabil se presenta como una de las últimas voluntarias que se incorporó al grupo. Se incorporó en 2019 y a los pocos meses comenzó la pandemia. Los viernes es el día que se presenta en el hospital para ofrecer su voluntariado a quien lo necesita.
Javiera es la coordinadora del grupo y recuerda cuando se contactó con la parroquia Nuestra Señora de la Paz. Había asistido durante mucho tiempo a su madre que tenía la enfermedad de Parkinson. "Ella vivía en Chile así que durante un tiempo tuve que viajar y estar con ella. La angustia que tuve de no poder ayudar a mi madre, un día me fui a la parroquia y estaban programando para hacer el curso de voluntariado. Me enganché y me cambió la vida.
“El enfermo te da más de lo que uno le da, porque el enfermo cuando te habla nos sentimos felices porque pudimos poner el oído, porque pudimos hacer algo para que ellos se sientan bien”, describen emocionadas las voluntarias del Heller. “Mucha gente nos preguntan por qué venimos, y les respondemos por amor, porque sentimos la necesidad de ayudar al prójimo, esa es nuestra meta. Nuestra tarea es un caminar, Dios arma ese camino y hay algo que nos llama para estar acá, con los enfermos, con los que necesitan”, resume Javiera.
Roxana, la voluntaria que vivió de adentro la pandemia
Roxana Guajardo se incorporó al grupo de voluntarias hace siete años. Ingresó cuando “quedó el nido vacío” en su casa y “toque fondo”, asegura. Esa situación la llevó a pedir ayuda en el servicio de Salud Mental del hospital Heller. Durante su tratamiento conoció a algunas de las voluntarias con las que ahora comparte la ayuda y asistencia a los internados. “Una de las voluntarias me atendía a mí cuando estaba en el taller de salud mental. Me ayudó muchísimo. Cuando me dan el alta, decidí empezar a caminar con ellas y a hacerlo en el taller donde yo iba. Siempre digo que el paciente está enojado por el hecho de estar internado, entonces nosotras tenemos la función de escucharlo, de asistirlo, de contenerlo, de caminar junto a ellos”, explica emocionada.
Durante la pandemia por Covid, Roxana fue la única voluntaria del grupo que podía ingresar al hospital a colaborar con las tareas que hicieran falta. “Tuve mucha fe y me dije voy a caminar con Dios, aunque corría el riesgo de contagiarme. Entre las tareas que hice en medio de esa situación compleja era la de preparar bolsas con jabón, papel higiénico, champú, ropa interior que les entregaban a los pacientes internados. En esa época caminaba sola por el hospital, porque las otras voluntarias no podían ingresar por las restricciones y se me caían las lágrimas. Pero gracias a Dios pude ayudar y contarlo”, expresa la mujer.
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