Lolín Rigoni, la última Madre de Plaza de Mayo de Neuquén
Tuvo una vida difícil que la llevó ser la primera persona en reclamar por los desaparecidos durante la Dictadura. Con 99 años sigue en la misma lucha.
Lolín Rigoni camina despacio y mide cada paso porque le cuesta desplazarse, pero lo hace con la misma convicción de hace 48 años cada vez que concurre a la ronda de las Madres de Plaza de Mayo o va a un acto con motivo de un nuevo aniversario del Golpe Militar para reclamar por hijos y nietos desaparecidos.
Lolín es el apodo que tiene Dolores Noemí López Candal de Rigoni, la última Madre de Plaza de Mayo de Neuquén. El último jueves no fue a la ronda que se hizo en vísperas del 24 de marzo, porque le recomendaron que juntara fuerzas para participar del acto central que se realizará hoy en la capital.
Además del cansancio propio de una persona de 99 años con todo el pasado difícil que lleva a sus espaldas por el asesinato de su hijo Roberto durante la Dictadura Militar y otras pérdidas familiares a lo largo de los años (su esposo Helvecio Alberto “Toto” Rigoni y su otro hijo, Ricardo, en este nuevo aniversario no estará presente su amiga Inés Ragni (la otra madre que falleció el año pasado a los 96 años en Neuquén) ni su marido Oscar.
Sin embargo, cuentan sus allegados y familiares que detrás de esa imagen de fragilidad está la mujer luchadora de siempre, la que comenzó a reunirse con otras madres el 30 de abril de 1977, la encabezó el primer acto de protesta en agosto de 1980, y la que mantiene la lucidez pese a su historia de dolor y al paso del tiempo.
La vida de los Rigoni no era muy distinta a la de miles de familias que llegaron a la provincia de Neuquén en la década del 60 en busca de un futuro.
“Toto” conoció la capital de la provincia en uno de los tantos viajes que realizaba desde Bahía Blanca (su ciudad de residencia) como representante de la empresa Olivetti y no dudó en elegir este rincón de la Patagonia para compartirlo con Lolín y sus tres hijos. Así, la familia se radicó en Neuquén en 1965.
“Toto” abrió la imprenta-librería “Rigoni y Compañía” y su esposa comenzó a trabajar en Obras Públicas de la provincia y en el colegio San José Obrero, además de colaborar como voluntaria en el hospital Castro Rendón. Los chicos se educarían en las pocas escuelas públicas que había en esa época y la vida familiar se desarrollaría sin sobresaltos hasta una fecha que marcaría un punto de inflexión: el 20 de abril de 1977.
Roberto Daniel Rigoni, el mayor de los tres hijos, nació el 1 de julio de 1953 en Bahía Blanca. Sus estudios primarios los terminó en su ciudad natal y los secundarios los realizó en el Colegio San Martín de Neuquén. Después los continuó en la Universidad Nacional del Comahue y la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca).
La militancia política la comenzó de adolescente. En Neuquén conoció y se hizo amigo de Ricardo “Caíto”, Sapag, uno de los hijos de Don Felipe, con quien empezó a interiorizarse del convulsionado panorama político que se vivía en el país a principios de los 70.
Fueron unos pocos años de militancia en el denominado “Peronismo de Base”. A los 18 años se sumó a la organización armada Montoneros. El pase a la clandestinidad no tardó en llegar.
Fueron años difíciles para los Rigoni sabiendo que su hijo ya había estaba bajo el radar de los militares y lo buscaban tanto en Neuquén como en Buenos Aires, donde estaba residiendo. Lo comprobaron con dos allanamientos que le hicieron a la familia (uno, durante los festejos de la Navidad, el 25 de diciembre de 1976 y otro, pocos meses después). En ambos operativos preguntaron una y otra vez por él.
Pero más allá del miedo, tanto Toto, Lolín, como sus hermanos, mantenían contactos con Roberto, quien en 1974 había tenido un hijo con Analía -compañera de militancia- y hasta se encontraron con él en varias oportunidades. La más grata fue en el verano de 1977 cuando alquilaron una casa en Necochea en un sector alejado de la ciudad. Allí disfrutaron vacaciones en familia después de mucho tiempo. Ese sería el último encuentro.
Un crimen que cambiaría la vida de Lolín Rigoni
El 16 de abril de ese año Roberto estaba con un grupo de militantes en una casa de Isidro Casanova, La Matanza, donde fue detenido durante un operativo militar. Cuatro días después, su cuerpo apareció tirado en la ruta provincial 21, a la altura de González Catán.
A partir de ese momento la vida de los Rigoni cambió para siempre, especialmente para Lolín que comenzó a tener contactos con otras mujeres que estaban viviendo un drama similar. Eran historias y angustias que se repetían y lastimaban con el mismo dolor.
Junto a Inés Ragni, Adelina Pons de Pifarre, Aisa Passarini de Peralta, Josefina Lepori de Mujica, Zara Maritana Dehai de Arrazola, Feliciana Alcampan de Pichulman, Lila Julia Garnero de Vecchi y María Luisa Jacobo de Tronelli constituyeron en Neuquén y Río Negro, el grupo originario de Madres.
A diferencia de otras familias que sufrieron el mismo drama, los Rigoni libraron una batalla aparte para recuperar el cuerpo de su hijo, cuyo fallecimiento fue notificado oficialmente en diciembre de 1980. Fue un trámite penoso que duró cuatro años desde su muerte, hasta que finalmente Roberto fue inhumado en Neuquén el 25 de abril de 1981. Sus restos descansaron durante algunos años en el panteón que la familia Sapag tenía en el Cementerio Central de Neuquén y finalmente fueron cremados.
Con el retorno de la Democracia el trabajo de Lolín fue incansable. Participó en centenares de actos representando a miles de madres y en los posteriores juicios contra militares y civiles que tuvieron responsabilidad en numerosos crímenes de lesa humanidad.
Este 24 de marzo es un aniversario distinto a todos porque de aquel grupo de madres que se animaron a salir a la calle en 1977 es la única que se mantiene con vida.
Se llama Dolores Noemí López Candal de Rigoni, pero para todos es Lolín. El próximo 8 de mayo cumplirá los 100 años.
(Especial agradecimiento a Ana Rigoni)
Te puede interesar...











