Breve repaso del colapso venezolano, una advertencia para las economías petroleras y los territorios que viven del subsuelo.
En 1992 Francis Fukuyama escribía el célebre libro “El Fin de la Historia y el último hombre” donde sostenía que la historia, como lucha de ideologías, había terminado, con un mundo final basado en una democracia liberal tanto en lo político como en lo económico, que se había impuesto tras el fin de la Guerra Fría con la victoria de Estados Unidos y la derrota del comunismo.
Este sábado hemos visto el considerable yerro de Fukuyama, a través de un nuevo capítulo de la incesante marcha ideológica que nos ofrece la historia reciente. Lejos de haber concluido, la historia insiste con nuevos capítulos de confrontación ideológica, geopolítica, económica y militar.
¿Es mejor el capitalismo, el socialismo o comunismo? No entraremos aquí en esa discusión que tras el éxito económico de China ha vuelto a reverdecer y que sin dudas es muy interesante de analizar. Porque lo que está claro que el sistema económico se utiliza pasa a un plano totalmente secundario, cuando lo único que importa es el recurso y los que lo controlan y se benefician de él, como en este caso, que no son los venezolanos, sino intereses extranjeros.
A mediados del siglo XX, Venezuela era el país con mayor ingreso per cápita de América Latina. Su producción petrolera alcanzaba los 3 millones de barriles diarios, impulsada en gran parte por capitales estadounidenses, que además eran su principal destino de exportación. Hoy, el contraste es brutal: Venezuela es el país latinoamericano con menor ingreso per cápita —apenas unos pocos dólares mensuales— y su producción ronda los 500 mil barriles diarios. No por agotamiento de los pozos: sigue siendo la nación con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. El problema es otro y tiene nombre propio: corrupción, ineficiencia y captura del Estado.
En 1950, mientras el resto del mundo luchaba por recuperarse de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela tenía el cuarto PBI per cápita más rico del mundo. El país era 2 veces más rico que Chile, 4 veces más rico que Japón y 12 veces más rico que China.
Sin embargo, la fortaleza económica del país caribeño, estaba acompañada por una enorme fragilidad política.
A lo largo de su historia, Venezuela sufrió al menos doce golpes de Estado, que erosionaron sistemáticamente sus instituciones democráticas y dejaron al país expuesto a la injerencia de intereses externos en disputa por el tesoro del subsuelo. Estados, empresas y agentes de múltiples países intervinieron —de manera abierta o encubierta— en la política venezolana.
Entre los más visibles: Cuba, Rusia, Estados Unidos e Irán. Aquí una primera lección para los Argentinos: la importancia de la soberanía política y una segunda, especialmente para los Neuquinos: la importancia del federalismo. Porque cuando los recursos del subsuelo son manejados por gente de la propia tierra, hay menos probabilidades de que la riqueza se extraiga, se exporte y que los beneficios no se vean.
La última de las dictaduras (esperemos)
El día en que Hugo Chávez, rodeado de cámaras, señalaba edificios de propiedad privada y, de manera arbitraria, pronunciaba el ya célebre “¡exprópiese!”, comenzó el camino hacia la última dictadura socialista de América Latina, esta vez con una fuerte tutela del régimen cubano. Tras su muerte, y bajo el mando de Nicolás Maduro —quien consolidó su poder mediante la violencia y el fraude electoral—, el destino de los venezolanos entró en una espiral descendente de miseria y desesperanza.
Se calcula que desde entonces unos 8 millones de venezolanos se exiliaron, para vencer el hambre, la injusticia y la incertidumbre.
En Neuquén se estima que viven unos 25 mil venezolanos, que con el pasar de los años se han integrado a nuestra comunidad. Por el bien de ellos nos preguntamos si esta renovada política de intervencionismo norteamericano que inició el año pasado con el apoyo explícito a Milei en elecciones y que ha culminado con una operación militar de gran escala en Venezuela, terminará favoreciendo al pueblo venezolano, generando la posibilidad de que todos aquellos que tuvieron que dejar su hogar y su familia puedan regresar a un lugar seguro y próspero.
¿Habrá entendido Norteamérica, que si al “patio trasero” de Estados Unidos se lo cuida y florece, la región se fortalece en su conjunto, y que si se lo maltrata y se lo deja a merced de los crueles, los vientos internacionales, todos, incluido el gigante norteamericano se perjudica?
La dictadura chavista no ha culminado aún. Nicolás Maduro era solo la cabeza de la organización criminal enquistada como un cáncer en el Estado. Lejos de una rendición total, la Vicepresidente de facto, Delcy Rodriguez y el Ministro de defensa Vladimir Padrino López inmediatamente han llamado a sus fuerzas a resistir, y el presidente Donald Trump ha manifestado que estará cargo del país hasta que haya una transición importante.
Venezuela es la prueba de que la historia no terminó y de que los recursos naturales no garantizan ni desarrollo ni justicia. Cuando el poder se concentra, las instituciones se vacían y la soberanía se transforma en una consigna vacía llena de hipocresía. Es entonces cuando el petróleo deja de ser una bendición y pasa a ser un botín.
Insistimos: no fue el sistema económico lo que fracasó, sino la política convertida en herramienta de dominación. Y mientras eso ocurra, ningún país ni provincia rica en recursos estará a salvo de repetir la misma tragedia, con distintos nombres y los mismos resultados.
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