Es un secreto a voces. La arenga de Javier Milei de ir por las gobernaciones y cada municipio, en Plottier tiene a sus primeros “ultras”.
Plottier es hoy un polvorín. Y no hace falta caminar demasiado por sus calles para sentirlo. Hay bronca. Hay cansancio. Hay hartazgo. Y lo peor: hay una sensación generalizada de que la ciudad quedó atrapada en una pelea de poder que no tiene nada que ver con los problemas reales de la gente. No importa el modo, pero hay que golpear y dañar lo más posible al contrincante de manera de tomar el gobierno de la ciudad, como sea.
Un claro ejemplo es lo que sucede por estos días en el Concejo Deliberante de la ciudad. El jueves de la semana próxima los ediles deberán elegir a las nuevas autoridades del cuerpo. Hasta el día de la fecha, nadie tiene certezas políticas en cuanto al rumbo que tomará el parlamento local. La actual presidente, Malena Resa, estaría voto a voto, disputando su permanencia con la joven edil, Claudia Namuncura. Si hubiera compromiso con el futuro de la ciudad, las diferencias en el Deliberante no serían tan contrastantes, el conjunto de las fuerzas deberían haber sellado un acuerdo político para designar por unanimidad a la máxima autoridad parlamentaria. Pero eso en Plottier, está muy lejos de suceder.
La espera eterna
Mientras los vecinos esperan respuestas concretas (calles rotas, servicios que no llegan, basura acumulada, obras frenadas, inseguridad cotidiana), la política juega su propio partido, en silencio, por debajo, como si la ciudad fuera un tablero y la ciudadanía simples fichas que se pueden mover a conveniencia.
Y ahí aparece el verdadero drama: todos saben lo que está pasando. Pero nadie lo frena.
En las próximas semanas se va a definir la suerte judicial de Gloria Ruiz, ex intendente de Plottier, en una causa que ya avanza firme hacia el juicio oral. Se la investiga por malversación de fondos y, según se sabe, también su hermano Pablo Ruiz estaría camino al mismo destino judicial. La causa se eleva. Los tiempos se acortan. Y la tensión aumenta.
En el círculo cercano a los Ruiz hay conciencia de que el escenario es complicado. Que hay pruebas. Que hay testigos. Que hay elementos que podrían llevar a una condena. Y cuando un poder se siente acorralado, no suele reaccionar con silencio. Reacciona con ruido. Con presión. Con operaciones. Con caos.
Y eso es lo que hoy se respira en Plottier: un clima deliberado de inestabilidad.
Porque lo que se comenta en voz baja, pero se organiza en voz alta, es que hay sectores políticos y militantes que están buscando agitar la ciudad, empujar el descontento social, tensar la cuerda, preparar el terreno. Y en ese entramado aparece una combinación peligrosa: referentes ligados a iglesias evangélicas y cristianas, sumados a sectores libertarios o vinculados al ultra mileísmo, interesados en que el conflicto escale.
No se trata de religión ni de ideología como debate noble. Se trata de estructuras que se usan como herramienta de movilización, como fuerza de choque, como canal para sembrar caos cuando conviene.
Y si eso se confirma, entonces la pregunta es brutal: ¿quién está jugando con la paz social de una ciudad entera?
Pero también sería hipócrita decir que todo es una operación política. Porque hay razones reales para el enojo. Plottier tiene problemas estructurales que vienen de años y que se profundizan cuando la conducción política no se afirma. Y el viernes, los allanamientos en la Municipalidad, sumados a las sospechas sobre posibles maniobras irregulares dentro del área de Hacienda, volvieron a encender la alarma.
Si la ciudad ya estaba caliente, eso fue nafta.
Entonces tenemos un combo explosivo: una causa judicial que avanza contra la familia Ruiz, un entorno político que se siente acorralado y busca resistir, y una gestión actual que no logra terminar de ordenarse políticamente y que además queda manchada por sospechas graves.
¿Resultado? Plottier a la deriva.
Y lo más preocupante es que mientras el ciudadano común trata de sobrevivir en medio de este desorden, la política se mueve como si estuviera en campaña permanente, como si el objetivo fuera ganar el próximo round y no gobernar la ciudad.
Los vecinos no quieren más épica. Quieren soluciones. Quieren que el basurero pase. Quieren calles transitables. Quieren seguridad. Quieren obras. Quieren orden. Quieren un municipio que funcione.
Pero en vez de eso, se encuentran con internas, acusaciones cruzadas, allanamientos, sospechas, operaciones y un clima de tensión que crece día tras día.
Y ahí aparece el título inevitable: todos cómplices.
Cómplices los que robaron si la Justicia lo demuestra. Cómplices los que encubrieron. Cómplices los que miraron para otro lado. Cómplices los que hoy usan el descontento social para armar un incendio político. Cómplices los que fomentan la desestabilización. Cómplices los que se esconden detrás de banderas religiosas o ideológicas para empujar agendas personales. Cómplices los que callan por conveniencia.
Porque cuando una ciudad se rompe institucionalmente, no se rompe sola. Alguien la empuja.
Y mientras tanto, la democracia se vacía. Porque la democracia no es solo votar. La democracia es que haya instituciones que funcionen, que haya reglas claras, que haya responsabilidades, que haya controles. Y hoy Plottier parece un ejemplo perfecto de lo que pasa cuando todo eso falla al mismo tiempo.
Si la Justicia avanza, que avance. Si hay culpables, que paguen. Pero lo que no se puede permitir es que, en el camino, se juegue con la estabilidad de toda una comunidad.
La gente de Plottier no merece ser rehén de nadie.
Ni de una familia acorralada por causas judiciales. Ni de una dirigencia que no gestiona. Ni de operadores que sueñan con incendiar para renacer entre las cenizas.
La política está obligada a dar respuestas. Y si no las da, entonces el problema ya no es solo judicial o institucional.
Es moral.
Porque cuando el poder se pudre y nadie lo limpia, no hay inocentes.
Hay cómplices.
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