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La Mañana Malbec

¿Por qué el Malbec? Breve historia de un éxito

Una cepa que llegó a Argentina procedente de Cahors, Francia, previa escala en Chile. Todo indica que tendrá un largo reinado.

Argentina es sinónimo de Malbec en el mundo. Es la variedad tinta más plantada, la más bebida y también la más exportada del país. En los últimos años, incluso para el consumidor básico de vinos le resulta indisociable la idea de que Argentina es un gran productor de Malbec. Sin embargo, no siempre fue así.

Pongamos un siglo atrás. En nuestro país campeaban otras variedades de uva, donde el Malbec era una más entre Lambrusco, Barbera, Cabernet Sauvignon y Merlot, por mencionar algunas. Pero para mediados del siglo XX ya figuraba entre las uvas elegidas y más plantadas.

Hoy es un éxito ineludible de la Argentina. Tanto, que incluso en su terroir de origen, en Cahors, aceptaron el nombre con el que llamamos a esta uva en argentina y declinaron los muy franceses de Auxerroi y Cot: desde 2007, la Denominación de Origen Cahors contempla el uso del Malbec en las etiquetas.

Con unas 46 mil hectáreas plantadas en nuestro país, mucho más que las casi 5000 que tiene Francia o las 2500 de Chile, el Malbec es el rey. ¿Pero cómo fue que llegó a serlo? ¿Qué condiciones reúne? ¿Y quiénes lo impulsaron?

La elección del Malbec

A nuestro país el Malbec llegó desde Francia, haciendo una escala en Chile donde fue plantado en la Quinta Agronómica de Santiago desde 1841. Y si bien del otro lado de la cordillera señalan que fueron los primeros en cultivarlo en América, los viticultores trasandinos eligieron otras uvas.

Bajo el sol mendocino y las temperaturas elevadas del verano, el Malbec se convirtió en una variedad doble propósito para los viticultores: ofrecía buena intensidad de color, alcanzaba grado –es decir, permitía producir alcohol– y no tenía grandes problemas sanitarios. Servía, pues, para mejorar el tono de otros tintos, no sólo como tintorera sino como uva enriquecedora. Eso, con rendimientos razonables si se la regaba bien.

Si a comienzos del siglo XX, cuando la industria del vino despegaba y los contratistas plantaban, administraban y cuidaban los viñedos –recibían su paga comisionando el rendimiento– encontraron en el Malbec una ecuación ideal. Menos exigente que el Cabernet, más resistente que el Sangiovese, fueron naturalmente eligiendo la uva que sostenía mejor el negocio.

En Francia el Malbec dejó de cultivarse a gran escala para 1900, cuando la crisis de la filoxera obligó a replantar casi todas las viñas del país, aún cuando Burdeos llegó a tener unas 80 mil hectáreas. Allí el Malbec no funcionaba para los productores, porque no alcanzaba a madurar bien. Y si lo hacía, preferían el Merlot, Cabernet Sauvignon o Cabernet Franc, que tiene otra complejidad gustativa. Para seguir con el contraste, en Chile, con otro modelo de negocio, los productores de vino entre Maule e Itata, eligieron para sí la más rústica País, que luego podían cortar con otras.

De modo que el Malbec ganó la escena porque para los productores ofrecía el mejor negocio, mientras que las bodegas compradoras de la uva también les aportaba la ventaja del color y sabor. Así se convirtió en la favorita.

La vuelta

Para la década de 1970 era considerada una buena uva en materia de calidad, pero no así en la de rendimientos. Comparada con la uva Cereza, a la que mejoraba el color, o con la Bonarda, que ofrecía cualidades similares, el Malbec rendía poco: unas 12 toneladas por hectárea contra 25 a 35 en zonas productivas. Por eso fue arrancado de esas zonas y fue conservada en algunos bastiones de Luján de Cuyo, fundamentalmente, donde el negocio de kilos tampoco era accesible por sus suelos más pobres y temperaturas más bajas.

En 1990 comenzó un largo proceso de puesta en valor. Lo que había cambiado era el modelo de negocio: de los 90 litros que se consumían en 1970 se había bajado a algo más de 30 litros (18 actuales). La exportación se imponía como una necesidad para el negocio. Y mientras las bodegas se esforzaban por vender Cabernet Sauvignon y Chardonnay al mundo (que eran las variedades prestigiosas), algunos productores volvieron a poner el foco en el Malbec porque era algo único. Para ese entonces quedaban 10 mil hectáreas.

Lo que siguió fue un proceso de adaptación estilística. Primero se lo elaboró en un estilo internacional del nuevo mundo, con madera y madurez, para luego llegar a estilos asociados al gusto de la variedad y sus regiones. En la medida en que se lo plantó en diversos climas, comenzó a ofrecer una diversidad amplia de estilos. Algo como lo que sucede en España con el Tempranillo: plantado en todos lados, en cada rincón expresa un puñado de sabores.

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