"Prefiero morir viviendo": la historia de un voluntario que encontró su lugar ayudando a otros
Juan Diego lleva 17 años en Cruz Roja. Su camino lo llevó a Perú para cumplir una última voluntad y luego a Venezuela, donde sumó su ayuda tras los terremotos.
Un terremoto, una inundación, un incendio o una emergencia pueden dejar detrás edificios destruidos, familias atravesadas por el dolor y comunidades enteras que necesitan ayuda. Pero cuando las cámaras se van, hay personas que permanecen. Voluntarios que clasifican donaciones, trasladan insumos, acompañan a quienes lo perdieron todo y, muchas veces, simplemente están ahí para ayudar.
Juan Diego Lorente conoce de cerca ese lado menos visible de las emergencias. Es presidente de la filial Neuquén de Cruz Roja Argentina y lleva 17 años vinculado al voluntariado. En ese tiempo participó de distintas tareas, se capacitó, acompañó a comunidades y atravesó situaciones que lo llevaron mucho más lejos de su ciudad.
Antes de llegar a la Cruz Roja, Juan Diego tuvo una etapa dedicada a la política. Cuando ese capítulo terminó, comenzó a acercarse cada vez más al voluntariado y encontró allí una forma de vida que lo moviliza hasta hoy.
Y en los últimos meses, ese camino lo llevó primero hasta Perú y después hasta Venezuela.
Una última voluntad
En Neuquén, una parte importante del trabajo de la Cruz Roja está vinculada al acompañamiento de personas migrantes, especialmente de la comunidad venezolana. Allí el trabajo puede tomar distintas formas: ayudar con trámites, acompañar situaciones familiares, generar vínculos y colaborar con personas que llegaron a la Argentina dejando atrás parte de su vida.
Para quienes migran, la distancia no siempre se mide en kilómetros. A veces está en un teléfono que dejó de funcionar, en una familia de la que se perdió el rastro o en la imposibilidad de saber qué ocurrió con quienes se quedaron. En ese punto, la ayuda humanitaria también puede ser un puente.
Así llegó a Juan Diego la historia de Néstor Tovar Ibarra. Néstor era venezolano y llevaba 416 días internado después de sufrir una caída que le provocó una lesión medular. Durante ese tiempo también atravesó un cáncer de próstata, hasta que finalmente falleció.
Antes de morir había expresado un último deseo: que sus cenizas llegaran a Perú, donde vive su hermano Adrián. Juan Diego conoció esa historia y decidió hacerse cargo del traslado de manera particular. No fue algo encomendado por la Cruz Roja ni un viaje institucional: tomó la decisión por cuenta propia y viajó hasta Perú para acompañar a Néstor en ese último tramo.
Era una misión distinta a las que Juan Diego había realizado hasta entonces, pero no por eso menos importante. Néstor había atravesado su enfermedad lejos de su tierra y de su familia, y esta vez la ayuda no consistía en asistir durante una emergencia, sino en acompañar una historia que había llegado a su final y ayudar a que pudiera cerrar ese último capítulo cerca de los suyos.
Después de casi un año de reunir la documentación necesaria para concretar el traslado, finalmente pudo viajar a Perú y entregar las cenizas de Néstor a su hermano Adrián, en el aeropuerto. La misión estaba cumplida, pero el viaje todavía tenía mucho por delante.
De Perú a Venezuela
La misión en Perú podía haber marcado el final del viaje. Pero Juan Diego decidió continuar. Para entonces, los terremotos de junio ya habían golpeado Venezuela y supo que podía hacer algo más. Lo que había comenzado como un viaje particular para acompañar a una persona en su último deseo terminó convirtiéndose en una nueva misión.
Desde hacía tiempo tenía contacto con la comunidad venezolana y con el trabajo que la Cruz Roja desarrolla junto a personas migrantes. Conocía sus historias, las dificultades que atravesaban lejos de sus familias y las necesidades que muchas veces aparecían mucho antes de que una emergencia llegara a las noticias. Por eso, al enterarse de los terremotos que habían afectado Venezuela, decidió que también quería estar allí.
Una vez cumplida la misión con Néstor, tomó la decisión de viajar y ofrecerse como voluntario. No fue enviado oficialmente por Cruz Roja Argentina: el viaje y su permanencia fueron una iniciativa propia. Finalmente llegó a La Guaira, donde se incorporó al trabajo de la Cruz Roja Venezolana y comenzó a colaborar en distintas tareas vinculadas con la emergencia.
Allí volvió a encontrarse con una de las partes menos visibles de una catástrofe: la que comienza cuando termina el impacto inicial y queda por delante una enorme tarea de organización. Clasificar donaciones, ordenar insumos, colaborar con la logística y ayudar a que los recursos lleguen a quienes los necesitan.
Pero estar ahí era muy distinto a mirar las imágenes desde una pantalla. Una cosa era ver en televisión lo que había ocurrido y otra, muy diferente, bajar del vehículo y encontrarse frente a las consecuencias del terremoto.
La destrucción estaba a la vista y el panorama era desolador. Edificios dañados, estructuras afectadas y rastros de una emergencia que todavía atravesaba a quienes vivían allí. Pero, además de lo que podía verse, había algo que Juan Diego no va a poder olvidar: el silencio.
Un silencio ensordecedor, que parecía ocupar los espacios que antes habían estado llenos de movimiento y vida. Un silencio atravesado por el dolor, por las pérdidas y por la incertidumbre de quienes todavía tenían que reconstruir sus vidas y encontrar la forma de salir adelante.
Una respuesta que llevará meses
La magnitud de los terremotos hizo que la respuesta no pudiera limitarse a los primeros días. La Cruz Roja Venezolana proyectó un operativo de 24 meses para acompañar a las comunidades afectadas, con especial despliegue en La Guaira y el Distrito Capital. El trabajo incluye atención médica, apoyo en salud mental, distribución de agua e insumos básicos y seguimiento de las necesidades que van cambiando con el tiempo.
A dos meses de los sismos, la organización ya había registrado más de 15.600 atenciones de salud y 4.211 intervenciones de apoyo psicosocial. También había distribuido más de 203.000 litros de agua y realizado acciones en más de 30 localidades. En el terreno participan voluntarios de distintas filiales, que sostienen buena parte de las tareas cotidianas de la operación.
En ese despliegue, Juan Diego se sumó a una estructura que ya estaba funcionando y que todavía tiene por delante un largo proceso de asistencia y recuperación. Su tarea, como la de tantos otros voluntarios, no termina cuando baja la intensidad de las noticias: queda acompañar a las personas mientras intentan recuperar algo de la normalidad que perdieron.
Una vida dedicada a los demás
En pocas semanas, Juan Diego tiene previsto regresar a Neuquén. Pero su regreso no significa un final. Después de 17 años como voluntario, acompañar a otros se convirtió en su forma de entender la vida.
No importa demasiado dónde esté ni cuál sea la emergencia. Puede ser en una inundación, acompañando a una persona que dejó su país o llevando las cenizas de alguien hasta su último destino. Para Juan Diego, siempre hay algo que se puede hacer por el otro.
Sabe qué quiere hacer por el resto de su vida y lo tiene muy claro: quiere seguir siendo voluntario. “Prefiero morir viviendo que vivir muriendo”, repite como un mantra.
Por eso, cuando habla de lo que hace, aparece una idea que resume buena parte de su recorrido: no quiere pasar la vida esperando. Prefiere moverse, conocer, ayudar, aprender y aprovechar el tiempo que tiene para hacer algo que considera importante. Y, en muchos sentidos, siente que recibe mucho más de lo que puede dar.
Esa manera de vivir también aparece en la forma en que cuenta sus experiencias. No tiene interés en ser el protagonista de las historias que cuenta. Cuando habla de sus viajes, de Venezuela o de las personas que acompañó, el foco vuelve una y otra vez hacia los voluntarios y hacia quienes necesitan ayuda.
Por eso también insiste en que siempre hacen falta más manos. En un mundo atravesado por catástrofes, conflictos, migraciones y distintas formas de sufrimiento, cree que quien tenga vocación de ayudar puede encontrar un lugar para hacerlo.
Juan Diego no quiere que lo miren a él. Quiere visibilizar lo que hay detrás de cada emergencia y, sobre todo, que se entienda que ayudar siempre es una posibilidad.
Te puede interesar...














