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La Mañana Sara Facio

Sara Facio lo supo primero

La leyenda de la fotografía argentina murió este martes, a los 92 años. Sus fotos reflejaron la humanidad del siglo XX.

Sara Facio lo supo primero. Lo supo antes, mucho antes de una revolución digital que nos puso a todos una cámara de fotos en el bolsillo. Cuando un disparo fotográfico era una acción más escasa, y por lo tanto más valiosa, su habilidad artesana se impuso para demostrar que un instante -capturado a tiempo- tiene mucho para decir.

Sara murió este martes a los 92 años. En sus últimas entrevistas, dijo que ya estaba cansada. Hacía tiempo que prefería contemplar el mundo desde la platea para verlo avanzar a toda velocidad. Se lamentaba de no poder protagonizar los cambios de la fotografía digital con su ya olvidada vitalidad, esa que la llevaba a cambiar las postales arquitectónicas por crónicas visuales de la Buenos Aires nocturna de los 60, o retratar a ignotos escritores que se convertirían -más tarde- en joyas de la literatura latinoamericana.

Como si sus ojos pudieran ver algo que no vemos los demás, descubrió que el secreto estaba ahí. No en la técnica perfecta -que ya dominaba con una increíble capacidad- sino en ese arte de capturar la verdadera humanidad detrás de una imagen aparente.

El mensaje estaba ahí: en las grietas que surcaban el ceño fruncido de Favaloro, en el cigarrillo que se posó para siempre entre los labios de Cortázar o en los ojos celestes y anhelantes de su amada María Elena. Y también en los autorretratos que se sacaba frente a los espejos cuando le sobraba algún disparo en los rollos: ahí estaba Sara, siempre con un pedacito de la cara escondido detrás del lente.

Y aunque lamentaba no poder tocar un botón y mostrarle su foto al mundo sin rollos ni revelados de por medio, esa instantaneidad -hoy exacerbada por la creación y el retoque digital- también hizo lo suyo para devaluar la esencia de la fotografía, entendida como ese arte que ella misma definía como "la maravilla de captar un momento".

Ahora que las pantallas nos atosigan con imágenes que nunca parecen ser ciertas; ahora, entre los sesgos, los algoritmos y los deep fake, recordar la artesanía de Sara se vuelve una reivindicación necesaria a favor de la humanidad. En esta abundancia tan pobre, cada vez sacamos más fotos, pero ya no capturamos nada.

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