La música encontró a Marcelo Salas en el momento más difícil, pero lucha por salir adelante y va tras nuevos desafíos.
Cuando Marce Salas saca su acordeón algo se detiene alrededor: el tiempo, los sonidos y las tristezas. Entonces aparece el patio de tierra con sus sauzales, el agua fresca del Limay y hay una pequeña fiesta: esos recursos de pueblo, las luces que nos atan a la vida. Es la música, la cadencia armónica que desprende, pero también es su sonrisa; se percibe con facilidad cómo su rostro se transforma y la mirada se le vuelve más diáfana, como si aún fuese un niño.
Marce es acordeonista. Sostiene diferentes luchas cotidianas: contra la depresión, contra una realidad difícil, pero sobre todo la lucha de ir por sus sueños: ser un buen abogado, un buen músico y una buena persona. Para eso, cada día maneja un colectivo de línea urbana, oficio que aprendió de pibe de la mano de su papá, y desde ahí va construyendo su propio camino.
Marce tenía 4 años, allá por 2005, cuando su papá y su mamá le regalaron un pequeño acordeón de 8 bajos. Fue un amor instantáneo al que convirtió en compañero de su infancia en el oeste neuquino. A los 9 años, empezó a tomar clases con Daniel Villaman, el hijo de Pancho Villaman, uno de los mayores referentes de la música campera patagónica. En su casa se escuchaba folklore y su mamá tocaba el piano, pero su verdadera conexión y vocación llegarían unos años después.
Cuando era adolescente, empezó a sufrir reiterados ataques de pánico y ansiedad, episodios que en varias oportunidades lo dejaron internado en observación. Tenía 17 años cuando fue diagnosticado con depresión. Eran tiempos difíciles: su papá y su mamá no sabían qué hacer con esa angustia que prevalecía por sobre todas las cosas que un chico de su edad quisiera hacer. Estaba rodeado y sin rumbo, como un perro que corre la cola para calmar su dolor.
Sanar, aprender y compartir
Mientras caminas por tu barrio, mientras mirás el color celeste del cielo, mientras recordás el tiempo lindo de la infancia, mientras te permitís sentir el aroma de la lluvia recién caída: la depresión habita aún la belleza, aún la voluntad y aún los sueños. No es una decisión ni una voluntad, es un trabajo constante. Marce lo comprendió y tuvo un entorno que también lo hizo.
En ese entonces, la bailarina Laura Neira era preceptora en el colegio Padre Fito donde asistía Marce. De alguna forma ella pudo ver sus luces y lo invitó a tocar el acordeón a su grupo de folklore. Marce empezó a ir, empezó a bailar y a tocar el acordeón para sus compañeros. Abrió las puertas de un mundo inmenso, donde convive lo popular, la alegría y la tradición, pero sobre todo en el que se sentía valorado.
“Laura es como un ángel para mí, me salvó. Ahí empecé mi camino. Me fui formando con diferentes músicos, personas que iba conociendo y encontré en la música una forma de salir de la depresión, sobre la que intuyo que ella sabía, aunque nunca lo mencionó. Hoy el acordeón es mi cable a tierra. Cuando estoy mal o se presentan situaciones difíciles, lo primero que hago es sacar el instrumento para componer”, dice.
La primera vez que se subió a un escenario fue en los Arcos Romanos para tocar El Olvidado, la legendaria chacarera del Duende Garnica. Estaba aterrado, la peña estaba llenísima y le temblaban las piernas, pero cuando tuvo el acordeón en las manos, cuando vio que la gente bailaba con su música, le volvió la tranquilidad.
A partir de eso, Marce empezó a recorrer varios escenarios, no sólo con su grupo de folklore La Descendencia —que en algún momento tuvo con algunos compañeros y que ahora está intentando retomar—, sino con parejas de danzas, ballets y otras agrupaciones folklóricas. Eso lo llevó a estar en festivales nacionales como Laborde y en los patios y alegrías de nuestra provincia.
El sueño de ser abogado
Marce no se quedó sólo con la música. Cuando terminó la secundaria, se anotó para estudiar abogacía, siempre lo había entusiasmado el derecho, un poco desde la necesidad de transformar realidades y otro porque sabe que ser abogado es un sueño que su papá nunca pudo concretar.
Sin embargo, al instante empezó la pandemia y la depresión volvió. Fue un momento de extrema fragilidad para la salud mental en general. Marce batalló cada día de encierro contra su enfermedad, mientras el mundo luchaba contra el COVID y toda la tristeza que despertó la soledad y el desasosiego. Pero el sol siempre vuelve a salir. En 2023 empezó la carrera universitaria y hasta hoy la sostiene. Está en cuarto año, le falta rendir unas cuantas materias, pero calcula que en dos años logrará recibirse.
Para sostener sus estudios y también aportar a la economía familiar, Marce está en constante movimiento, trabajando de lo que surge, vendiendo pollos a la parrilla, insistiendo con su acordeón, buscando posibilidades. En diciembre del año pasado logró ingresar a la empresa de colectivos donde trabaja su papá.
“La experiencia de ser colectivero es hermosa: la gente te llena de historias, de anécdotas. Siempre alguien aparece con una sonrisa. Es muy gratificante. Este oficio lo aprendí de mi papá, que junto a mi abuelo es la persona que me enseñó mucho de lo que sé. Es colectivero hace más de 30 años. Gracias a sus enseñanzas pude sacar la licencia profesional y el año pasado, en esta situación tan complicada del país que dificulta pagar las cuentas, yo tuve la suerte de poder ingresar a la empresa”, explica.
Cada mañana, muy temprano, Marce prepara el mate. Después se sienta sobre el volante, mira por el espejo retrovisor, se mira a los ojos, se sonríe y empieza a conducir ese mundo llamado colectivo, el transporte del pueblo.
El arte de vivir
Marce suele andar de acá para allá con su mate, que comparte generoso en las rondas de conocidos y desconocidos. Respetuoso de los silencios y buen observador. A veces pareciera fundirse con la escena, pero están sus ojos brillando y también está su acordeón cerca para plantarse en la escena y en la vida.
Hace algunos años fue convocado por Marité y Traful Berbel para acompañarlos. Esa posibilidad no sólo le abrió puertas, le permitió tejer lazos humanos, que hoy resultan muy importantes para estar mejor.
“Los Berbel son mis máximos referentes. Sé que soy un privilegiado de compartir con ellos, de poder estar en la intimidad de lo que crean, pero también en los asados, en el compartir el día a día. Y el escenario con ellos es único. Marité es como una madre, que te enseña y te hace sentir parte de ellos”, explica.
Marce está agradecido con la vida. Sabe que nunca fue fácil, que implica ser constante con la música, trabajar duro, pelear contra la depresión y estudiar. Dice que todos los días encuentra el sostén en Dios, la música, la familia y los amigos.
“Es todo uno, es la misma batalla. La música me sacó de esos lugares oscuros donde estaba y hoy me toca vivir. Como músico, uno siempre quiere vivir de la música y aunque sé que está lejos, también sé que no es imposible”, asegura.
Suena el acordeón, Marce sonríe. ¿Dónde andará volando? Cada quien con sus cruzadas, cada quien con sus milagros. Por suerte está la música, la música y su humanidad, la música que nos abraza un instante para recordarnos que no batallamos solos.
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