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Ocho cosas que no sabías del Cabernet Franc (y por qué beberlo)

Un perfil bien diferenciado de vino que se impone por su propia personalidad.

Joaquín HIdalgo

Especial

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En casi cualquier degustación, charla o texto de vino últimamente se cuela el Cabernet Franc como un amuleto de deseo: si no probaste el último de fulano, el nuevo que produjo mengano o sencillamente aquel tremendo de zutano, el pionero, allá por dos mil y tantos, estás fuera del asunto. Hoy el Franc es como esa pata de conejo que, si la llevás de llavero, te pone del lado bueno.

Razones no faltan, ojo. Como vino ofrece un perfil bien diferente del resto del mercado. Más expresivo que el Cabernet Sauvignon y más constreñido en boca que el Malbec, ofrece un tinto que no deja a nadie indiferente. A continuación, las cosas que hay que saber conocerlo, con algunos vinos recomendados.

Origen: como muchas de las más famosas variedades, el Franc es oriundo de Francia. Se lo conoce y reproduce hace varios siglos, en particular en dos lugares bien distintivos: el Valle del Loire, donde da vinos de poco cuerpo y carácter bien frutal, en particular en la AOC Chinon; también en la AOC Saint-Émilion, un lunar bien importante dentro de Burdeos, donde gana cuerpo y madurez y forma la columna vertebral de tintos famosísimos, como Chateaux Cheval Blanc.

Padre reconocido del Cabernet Sauvignon. El cruzamiento entre Franc y Sauvignon Blanc, se estipula que sucedió en algún punto del siglo XVII, siguiendo los marcadores celulares de ADN. Como en toda buena fábula entre famosos, el hijo es más conocido que el padre, pero todo el mundo sabe que el carácter, al menos en este caso, es hereditario.

Nombre. El origen de su nombre es tan incierto como especulativo. Están los que dicen que la parte de Cabernet es una desviación de “carmener”, en relación al francés antiguo donde “carmín” describe el color del vino. Y los que sostienen que es una derivación de latín “caput nigrum”, brote negro. Sobre lo que parece haber acuerdo general es sobre el final “et” en Cabernet, que en dialecto occitano se traduce como pequeño, en relación al grano diminuto de la uva. Franc es sencillamente una variantes del gentilicio francés.

Un poco de viticultura. Es una variedad de ciclo más corto que el Cabernet Sauvignon, lo que le permite adaptarse a climas más fríos como los del Loire o, en Argentina, a la altura y la frontera austral. Asimismo es resistente. Cualquiera sea el caso, ofrece un carácter de fruta roja, que va del cassis a la guinda y la frambuesa, con una pizca herbal.

Despegue local. Como muchas variedades en nuestro país está plantada desde mediados del siglo XIX. Particularmente en viñedos viejos de Maipú y Luján de Cuyo, entreverada con otras tintas. De esos materiales genéticos antiguos se han hecho pequeñas selecciones masales. Sin embargo, a contar de la década de 1990 llegaron a nuestro país –según los viticultores– dos clones conocidos como #242 y #337, el primero ampliamente plantado. Eso, si consideramos que el total del Franc para Argentina es de 1146 (hay 43 mil de Malbec, para establecer la comparación) se pueden describir como ampliamente.

Dos caras de una misma moneda. Lo mismo que sucede en Francia sucede en nuestro país, claro que con parámetros corridos. Es decir: el Franc ofrece dos grandes grupos estilísticos. Los de altura, donde la frescura y la fruta roja son dominantes, con cuerpo medio; y los de zonas más calientes, donde el perfil herbal y piracínico (pimiento) tiene de prevalecer, con frutas negra y buen cuerpo.

Distribución. Con los datos a 2018 (últimos disponibles en el Observatorio Vitivinícola) la superficie del Franc reconoce tres variantes interesantes.

Mendoza tiene 882 hectáreas repartidas así: Primera Zona con 335 hectáreas produce el perfil más maduro; Valle de Uco con 459, va por el perfil más frutado (Tupungato, el punto más alto, cubre 132 de ellas). Sigue San Juan con 124 plantadas en el llano caliente. Patagonia ofrece 48 ha de las que Neuquén ostenta 29 (se asemeja a Primera Zona en sabor). Salta, 29 hectáreas.

Arriba el blend. Como compañero de fórmula para el Cabernet Sauvignon, le levanta el perfil aromático; como partenaire del Malbec, lo adelgaza y pone en cintura, a la vez que le aporta un trazo herbal atractivo. Entre ellos Argentina tiene un nicho curioso para explorar, a la bordelesa o a la criolla, para decirlo en pocas palabras.

Las opciones para probar

Como hay poco, no son baratos (aún cuando cada vez haya más marcas). Partiendo de 500 pesos y ascendiendo hasta 1000, conviene probar: Durigutti, Fond de Cave, Tinto Negro Uco Valley, Las Perdices Ala Colorada, De Moño Rojo, Saint Felicient, Benmarco, Saurus Barrel Fermented, FIN y Desierto Pampa. Y más arriba en precio hay algunas joyitas, como Siesta en el Tahuantisuyo, Trapiche Gran Medalla, Pulenta Estate XI Gran Cabernet Franc, Rutini Single Vineyard y El Gran Enemigo Gualtallary.

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