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Permiso menstrual, un dolor que no duela demasiado

España debate una modificación de la ley del aborto que incluye una licencia laboral para reglas dolorosas. Algunos tildan la medida de contraproducente.

Si su Parlamento aprueba la modificación de la ley de aborto, España podría convertirse en el primer país de Europa y uno de los pocos en el mundo que otorgan licencias laborales a las mujeres que sufren una menstruación tan dolorosa que se vuelve incapacitante. La propuesta, que sería costeada por el Estado, cosechó aplausos pero también burlas y temores. Y abre un nuevo debate: ¿la menstruación podría convertirse en una nueva capa del techo de cristal?

La nueva ley de aborto se debate en España con un conjunto de medidas complementarias respecto a la salud de la mujer. Así, la iniciativa propone eliminar el IVA de los productos de higiene menstrual y comprometer al Estado a cubrir las licencias laborales de aquellas trabajadoras que sufren dolores tan fuertes que no pueden cumplir sus tareas habituales. El costo está calculado en más de 100 millones de euros, y busca sostener hasta tres días de baja para las mujeres que no puedan caminar o levantarse de la cama por cólicos intensos.

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La posibilidad de faltar al trabajo durante una menstruación dolorosa abrió un debate en el Parlamento, en los medios de comunicación y hasta en la calle. Algunos consideran que es necesario dejar de naturalizar el padecimiento de las mujeres y acabar con una cultura laboral que las obliga a apretar los dientes y rendir al máximo de su capacidad cuando se están doblando de dolor. Con una debida certificación médica, cuando la menstruación deja de ser una leve molestia para convertirse en un dolor incapacitante, las mujeres se merecen un permiso para quedarse en casa.

Sin embargo, la medida también genera temor. La capacidad de concebir ya es una de las capas más gruesas del techo de cristal, ese límite invisible que impide que las mujeres asciendan a cargos ejecutivos o posiciones de liderazgo dentro de las compañías. No es raro que los empleadores prioricen a los hombres en lugar de las mujeres en edad reproductiva: esas que pueden pedir una licencia por embarazo o presentar decenas de complicaciones para amamantar o maternar. Así, en la carrera por acceder a ciertos puestos, ellas se vuelven menos competitivas.

Elegir a los empleados por sus aptitudes y no por su condición reproductiva demandará un cambio cultural que sólo puede pensarse a largo plazo, porque también exige tener a varones más comprometidos con las tareas de cuidado para aliviar la carga doméstica de las mujeres. Sólo así, el nacimiento de un niño dejaría de pensarse como un obstáculo para los ascensos que es exclusivo de las mujeres: sólo ellas pueden gestar, pero los dos deberían tener un idéntico compromiso para criar que los obliga a ausentarse de la oficina. Y si los dos tienen las mismas exigencias en casa, los dos tienen las mismas limitaciones a la hora de trabajar.

dolor menstrual

El nuevo debate, sin embargo, plantea otra condición que podría motivar a los empleadores a inclinarse más por los candidatos varones. Hoy, ellos no menstrúan y ellas sufren en silencio mientras trabajan a la par. Si la ley se aprueba, las mujeres pueden hacer uso de un permiso extra que, para los empresarios, se traduce en menos días de productividad. Y aunque quizás los hombres son más propensos a pedir licencias por lesiones deportivas, una mujer que se retuerce de dolor una vez al mes parece un candidato menos atractivo en cualquier proceso de selección.

Experiencias de otros países demostraron que un acceso igualitario a productos de higiene menstrual reduce el ausentismo de las niñas en las escuelas y permite mayor acceso a otras oportunidades de vida. Y reconocer los dolores menstruales en los ámbitos laborales parece un paso adelante, un gesto de pura humanidad. Pero estamos tan atrás en el camino que muchas veces preferimos apretar fuerte los dientes para no traslucir ni el menor atisbo de debilidad.

Tanto luchamos por la equidad que preferimos la triple carga de dar el ciento por ciento en el trabajo, asumir las tareas de cuidado de manera casi exclusiva y cumplir con estándares estéticos que son más exigentes con el género femenino. Y en esa batalla, permitirnos el respiro de descansar cuando menstruamos se parece un poco a bajar la guardia y resignarnos a recibir un disparo fatal. ¿De verdad esta lucha debe ser tan despiadada?

Reconocernos distintos pero equivalentes. Esa es la única clave para empezar a transitar un camino hacia adelante, que es extenso y lleno de obstáculos, pero realmente justo y necesario. Y ahí, en ese horizonte, cuando podamos sentir dolor sin sentir vergüenza, cuando podamos descansar ante el sufrimiento sin miedo a perder los terrenos conquistados. Es ahí, ahí lejos; ahí queda la igualdad.

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