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La Mañana Historias del crimen

Luis Aboy: la capucha, la coartada y la condena

Segunda parte. Las pruebas, las claves y las dudas que dejó la investigación del crimen de las hermanas Buamscha en Junín de los Andes.

Tras el crimen de las hermanas Olga y Teresa Buamscha, en marzo de 2005, se armó un operativo de características poco comunes ya que dos poderes del Estado persiguieron al autor. Por un lado, la Justicia y, por el otro, el Ejecutivo, con el ministro de Seguridad Luis “Toti” Manganaro a la cabeza. De hecho, se radicó físicamente en Junín de los Andes para seguir de cerca las alternativas de la investigación.

“El crimen fue entre la noche del 20 y los primeros minutos del 21 de marzo de 2005. Recuerdo que esa mañana del 21 nos mandaron a hacer un bolso porque viajábamos a Junín”, contó un integrante del Poder Judicial neuquino.

“Fue todo muy rápido. Esa misma madrugada comenzaron a recibir comunicaciones - dos departamentos del área de Investigaciones, Delitos y Homicidios - y tuvimos que salir para Junín a primera hora”, reveló a LMN un viejo pesquisa que participó de la investigación en la localidad cordillerana.

Al grupo de policías y judiciales también se sumaron expertos de criminalística.

Todo indicaba que el doble crimen de las Buamscha debía esclarecerse rápido. A la vista está que fue un tema de Estado.

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La capucha del verdugo

El doble homicidio fue un shock para Junín de los Andes, pero el desembarco de la “caballería”, es decir, de todos los investigadores de la capital neuquina el mismo 21 de marzo, fue de película. Se coparon hoteles, hostales y cabañas. Nunca antes los vecinos habían visto semejante despliegue en el territorio.

La mañana del 22 de marzo fue muy particular porque se produjo un hallazgo que sacudió a los pesquisas y movilizó al pueblo.

Un oficial que no estaba vinculado a la investigación atravesaba caminando un baldío, por un sendero que hacía las veces de atajo, y encontró una capucha.

El lugar del hallazgo estaba a solo dos cuadras de la escena del crimen, que no era otra que la casa de Olga y Teresa, ubicada en el mismo predio de la panadería La Moderna, uno de los negocios que había convertido a los Buamscha en una familia sumamente conocida en Junín.

El oficial en cuestión no tenía medios para comunicarse y dar aviso, pero tampoco podía dejar una posible prueba tirada y sin resguardo.

El vértigo de la situación lo llevó a pegarle dos gritos, de llamado, a una vecina que caminaba por la zona y le solicitó que por favor se quedara en el lugar, no tocara la capucha y no permitiera que nadie pasara por ahí. Es decir, le pidió a un civil que resguardara el lugar mientras él corría a pedir apoyo.

Uno de los expertos judiciales que viajó a Junín para esa investigación recordó: “Estábamos desayunando tipo 9:30 y entró una policía corriendo y avisó que habían encontrado una capucha. Fue una locura, salimos todos corriendo para allá”.

Mientras se protegía la capucha y los peritos de criminalística comenzaban las tareas para levantar la evidencia, otras personas se involucraron en la escena. “El resto, no te miento, policías y civiles, revisaban un basural a cielo abierto que había en otro sector de ese baldío. Si encontraban algo ahí, podrían haberlo contaminado tranquilamente. Fue todo muy desordenado por momentos”, recordó la fuente consultada.

“Traigan a los perros”, dijo un investigador, y con la capucha resguardada se comenzó a seguir el rastro y fue así que ese mismo día se produjeron un par de detenciones clave.

Primero se demoró a Sergio “Masa” González, a quien encontraron durmiendo en un auto en otro baldío que quedaba camino al predio de Vialidad, lugar donde trabajaba como sereno Luis Aboy, a quien detuvieron horas después al advertir desde la Comisaría 25 que estaba bajo investigación por el robo que sufrieron las Buamscha en diciembre de 2003. Es decir, la detención de Aboy se produjo producto de la sospecha de su participación en un robo sin esclarecer y no porque tuvieran en ese momento elementos que lo pusieran en la escena del crimen.

Los detalles de las detenciones no son mencionados en la sentencia, pero se pudieron reconstruir a partir de la memoria de viejos pesquisas y funcionarios judiciales que participaron del caso, así como también declaraciones que brindó Aboy a este medio: “Ese día no me lo olvido más porque nos enteramos de que íbamos a ser padres”.

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Corte y confección

La capucha encontrada era azul oscuro y su confección constaba de dos partes cosidas a mano.

De acuerdo con las últimas palabras de Teresa Buamscha, el asesino tenía una capucha y la fortuna le puso a la Policía una capucha en medio de un baldío, en las primeras horas del segundo día de búsqueda.

De acuerdo con la teoría fiscal y de la querella, que fue avalada en la sentencia, al huir de la escena del crimen, Aboy cruzó por dicho baldío para acortar camino hacia su trabajo y se le cayó la capucha sin que lo advirtiera.

Un perito criminalístico ­­–figura en el expediente–, utilizando guantes y todas las previsiones en la materia, levantó la evidencia y la puso en una bolsa con los datos respectivos de la cadena de custodia.

Para los jueces, esta suerte de pasamontañas tenía “un aspecto siniestro”. “Lleva en la parte superior un cuello con cordón ajustable y luego tiene cosida la tela polar alargándola unos 30 centímetros en forma de pollera que asemeja al traje de los verdugos de la antigüedad. Cuenta con dos orificios hechos con tijera sobre la parte superior (el cuello original) para permitir la visión ocular”, describieron.

Sobre dicho elemento ordenaron una serie de peritajes, entre ellos un análisis de los tramos de tela polar que la componían y hasta de los hilos.

Todo esto fue muy interesante a los fines investigativos ya que buscaban establecer si la esposa de Aboy, modista, era la hacedora de la capucha.

La Policía secuestró tela de polar de la casa de la sospechada pareja criminal y algunas prendas confeccionadas por la mujer con el fin de hacer un exhaustivo análisis. Para que se entienda: como en una pericia caligráfica, el método de corte y confección también puede determinar si corresponde a determinada persona.

Para el perito, la esposa de Aboy fue quien se encargó de ensamblar la capucha, pero las definiciones periciales no son vinculantes a los fines de las decisiones de los jueces. Solo se trata de miradas profesionales que ayudan a orientar a los magistrados.

De hecho, en el fallo, los jueces dejan claro que las prendas secuestradas para la pericia “carecen del carácter de indubitados; ello impide concluir que fue su mano (la de la esposa de Aboy) la que confeccionó la costura”.

“Tampoco hubo hallazgo del hilo utilizado y en definitiva la costura pudo ser hecha por otro familiar”, sentenciaron los jueces, dejando claro que “la participación delictual que se le imputa debe ser acabadamente acreditada sin que pueda construirse un juicio de condena por meros pareceres o suposiciones”. Es decir, la duda estaba instalada y en el juicio benefició a la acusada con la absolución.

De lo que no había dudas era de que tanto el cuello como el retazo con el que se terminó de confeccionar la capucha del verdugo pertenecían a Aboy, incluso él lo reconoció, pero su explicación de cómo apareció en el baldío fue poco convincente para los jueces, pero eso lo abordaremos junto con la coartada que ofreció el condenado.

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“Yo no dije que fue Aboy”

A la hora del análisis bioquímico de la capucha, surgieron elementos que complicaron la situación de Aboy.

El perito Marcelo Henriquez estuvo a cargo de dicha tarea y reveló los detalles en una entrevista que le realicé el 7 de septiembre de 2005.

“Baba, pelos y sangre. Esos rastros levanté de la capucha que se encontró en las inmediaciones de la casa de las hermanas Buamscha. El ADN -realizado por el Pricai- terminó de vincular a Luis Aboy al doble crimen”, recordó Henriquez, que al momento de la charla era el jefe del laboratorio de Bioquímica del Departamento de Criminalística de la Policía del Neuquén.

“Viajamos a Junín hasta la casa de las Buamscha. Cuando entramos, era un reguero de sangre por todos lados. Tuve que hacer el luminol –pericia que permite obtener los rastros de sangre limpiados–, por lo que pudimos determinar por dónde había ingresado y salido de la casa”, recordó el experto.

Ya en el laboratorio, Henriquez tuvo que peritar la capucha que vinculó a Luis Aboy con los homicidios.

“Encontramos pelos, manchitas de sangre que estaban dentro de la capucha, ahí se vinculó con manchitas de Olga. Además, levantamos baba que fue dejando (Aboy) en el pasamontañas con su aliento. Esos rastros fueron derivados para el análisis de ADN y se vincularon los dos perfiles genéticos, tanto el de Aboy como el de Buamscha”, detalló el experto, que ya se jubiló de la fuerza provincial.

El perito conoce las declaraciones públicas que ha realizado Aboy y que aluden a su inocencia y a que es víctima de un complot del poder.

“Él tiene derecho a decir lo que quiera. Ahora, lo que tiene que explicar es cómo llegó su perfil genético a esa capucha y a ese lugar. Yo no digo que él las mató, sino que está su perfil genético en la capucha. Lo nuestro es netamente científico”, concluyó el experto.

La capucha, respetando la cadena de custodia, la llevó personalmente el titular del Cuerpo Médico Forense, Carlos Losada, al Pricai, el instituto inmunológico dependiente de la Fundación Favaloro que más experticia tenía en el análisis de ADN en el país. Eso ocurrió el 31 de marzo de 2005, y que lo haya llevado Losada no le restó validez al procedimiento.

Recordemos que el defensor de Aboy, Mariano Laprida, quiso sembrar sospechas sobre la cadena de custodia, pero nunca se animó a meterse en forma directa con Losada porque el forense gozaba de un prestigio notable en la provincia.

“Con el prestigio que tenía Losada, era impensable que fuera a realizar una maniobra como la que insinuó Laprida, de plantar rastros biológicos a la prenda. Además, cualquiera de los profesionales del Pricai lo habría advertido”, confió un funcionario judicial que trabajó en el caso.

El Pricai, dos meses después, confirmó por ADN que los restos de saliva eran de Aboy y las gotas de sangre de Olga Buamscha. El dato científico es irrefutable.

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La coartada

Desde el mismo momento en que fue detenido, Luis Aboy adujo ser inocente, algo que sigue sosteniendo en la actualidad, por eso va a publicar un libro con su verdad: Cuando el poder compra la mentira. Historia de un caso armado, de editorial Argenta.

Para los investigadores, fueron más sólidas las sospechas que tenían sobre él. Una fue que en diciembre de 2003 había perpetrado un robo a sus patronas, por el cual nunca se lo pudo vincular y terminó absuelto. Y la otra sospecha que se manejó desde el inicio de la causa y que algunos investigadores siguen sosteniendo en la actualidad es el conocimiento que tuvo el asesino de detalles mínimos de la casa de las víctimas.

Vale recordar que Aboy y su esposa vivieron en el departamento que tenían las Buamscha arriba la panadería y se encargaban de cerrar todo el predio, que incluía la casa principal.

La coartada que presentó Aboy para sostener que él no había sido el autor de semejante masacre constó del testimonio de dos compañeros de trabajo.

Uno de ellos trabajó esa noche con Aboy y aseguró haber estado despierto hasta unos minutos después de la medianoche porque el 21 de marzo era su cumpleaños y aguardaba el llamado de su familia. Luego se durmió a las 0:15.

El hombre declaró que alrededor de las 0:30, Aboy lo despertó para pedirle prestada la radio portátil.

A esto se sumó el testimonio de otro trabajador de Vialidad, pero del predio de San Martín de los Andes. El hombre aseguró que no tenía relación con Aboy, pero que esa noche lo llamó por la radio Vhf y cuando le consultó qué quería, Aboy se limitó a decirle que estaba aburrido y finalizó la comunicación.

Para los jueces Eduardo Sagües y Hugo Luis Saccoccia, estos testimonios no daban forma a la coartada de Aboy sino que demostraban los actos que planificó para poder utilizarlos de coartada.

El primer testimonio lo desarticularon al entender que, al estar dormido, la hora aproximada que brindó es relativa. Esto lo ata a la inédita comunicación con el predio de San Martín, con la única finalidad de sostener su versión de que él estaba trabajando, cuando a solo 10 cuadras se producían los homicidios.

Ahora, retomemos la capucha que estaba confeccionada con un cuello y un retazo de polar que eran de Aboy y su esposa modista. Aboy reconoció como propios los elementos y contó que una vecina le había ido a comprar un retazo de polar y cuando se lo pagó, él tuvo que ir a otro sector de la casa en busca de cambio y ahí supone que aprovechó para robarle el cuello. Dicha explicación no es sólida y, además, la mujer a la que señaló desmintió la versión de Aboy que la implicaba a ella.

Como se puede observar, la historia tiene espacios vacíos.

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Manso y tranquilo

El juez del tribunal, Miguel Enrique Manso, fue quien votó por la absolución de Aboy. Esto es lo que ayuda a Aboy a insistir en su inocencia, por lo que es interesante recorrer el voto de Manso.

Respecto de la hora del crimen, los forenses establecieron que Olga, la primera en morir, lo hizo aproximadamente a las 0:30.

Manso entendió la imposibilidad que tiene todo ser de estar en dos lugares al mismo tiempo. Para el juez, la versión de que a esa hora estaba en el predio de Vialidad se sostuvo y no descreyó del relato del trabajador que le prestó la radio portátil.

El magistrado cuestionó el procedimiento realizado en Vialidad, donde se encontraron elementos quemados, pero no fueron peritados. “Son posibilidades de prueba que o no fueron debidamente investigadas y, si lo fueron, no arrojaron resultado positivo”, dijo.

Lo mismo sucedió con las huellas de calzados que se encontraron en la casa de las víctimas. “No pudo comprobarse que ninguna perteneciera a Aboy”, indicó Manso en su voto.

En cuanto a los dichos de Teresa antes de morir sobre que el agresor tenía voz de joven, Manso se preguntó a sabiendas de que Aboy había vivido con ellas: “¿La voz no le resultó conocida?”

El juez, entendiendo que para condenar debe existir plena certeza, aclaró a la luz de los elementos destacados: “Es imposible al suscripto inclinar a favor de una o la otra prueba, generándose en mi ánimo una duda insuperable que me determina. Todo ello hace que deba estarme lo más favorable al imputado y votar su absolución por no adquirirse certeza de su autoría”.

Como dijimos, Manso fue el voto en disidencia; Saccocci y Sagües resolvieron declarar culpable a Aboy por homicidio en ocasión de robo calificado y homicidio calificado, siendo condenado a prisión perpetua. En la actualidad, está detenido en la U11 en la capital neuquina.

A la esposa de Aboy no le pudieron probar la confección de la capucha ni su participación en los homicidios, por lo que fue absuelta de culpa y cargo.

Pero la vida de Aboy continúa tras las rejas siendo protagonista de dos fugas que pusieron en ridículo al sistema penitenciario. Pero eso, al igual que su libro, serán tema de nuevas historias del crimen.

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