Tiros, corridas y muertes en ADOS
El oficial principal Rubén Escobar está parado empuñando su 9 milímetros. Ya le quitó el seguro y tiene una bala en la recámara. Está listo y decido a disparar. Su mirada alerta hace un paneo de todo el pasillo principal del ADOS hasta que encuentra al delincuente, que en su camino soltó a una rehén y ejecutó a otra de un tiro en la cabeza. El joven ladrón trae a un recepcionista como escudo humano y el caño del revólver calibre 22 largo lo lleva apoyado en la sien del trabajador.
No es la descripción de una escena de una película de acción, lamentablemente, sino un hecho que ocurrió la fría tarde noche del 7 de julio del 2000, dentro de la sede del ADOS, en Avenida Argentina al 1000, donde había decenas de pacientes y un delincuente dispuesto a matar o morir. La escena no tenía grises.
La muerte deambulaba expectante por los pasillos del policlínico. Ya había corrido sangre y el incidente para la parca prometía más.
En este punto de la historia, congelamos la escena que en segundos definiría la suerte del ladrón y el policía a sangre y plomo.
Neuquén conmocionada
Si bien la capital de la Patagonia, y hoy de Vaca Muerta, ya había tenido enfrentamientos armados entre policías y ladrones, no habían sido en un lugar de estas características, con tantas vidas inocentes en juego.
El enfrentamiento más reciente había ocurrido en septiembre de 1999 cuando, tras un atraco a la sede del Correo Argentino en Plottier, hubo una persecución que terminó con un policía al que un proyectil le atravesó la cabeza pero sobrevivió de milagro. Su compañero motorista repelió la agresión y mató a dos de los tres delincuentes.
Este episodio lo recordamos en una de las Historias del Crimen de LMN.
El eterno carrusel de enfrentamientos entre ladrones y policías volvió a sumar una nueva página, diez meses después, en julio de 2000.
Bicichorros
Todo comenzó el 7 de julio a las 20:30, cuando dos delincuentes en bicicleta ingresaron a la farmacia Santa Genoveva que estaba en Islas Malvinas 525, a metros de donde se forma el triángulo con las calles San Juan y Tucumán.
El cabecilla de ese robo era Javier Enrique Pannetti, de tan solo 20 años pero con una gran cantidad de robos con arma de su haber. Su actividad delictiva había comenzado cuando era menor, por lo que esos datos no cuentan para la Justicia, aunque sí para la Policía que se lo encontraba, como figurita repetida, en distintos hechos.
Incluso, meses antes de ese 7 de julio, Pannetti había sido trasladado al Departamento Judicial de la Policía para ser identificado después de ser detenido en un robo.
“Estaba tan alterado el pibe, que tomó unas tijeras que estaban arriba de un escritorio y comenzó a atacar a los policías a cargo del procedimiento”, recordó un policía retirado.
El resultado de ese ataque fue una ventana rota, varios policías tajeados y Pannetti reducido a golpes.
Pero volvamos a la farmacia Santa Genoveva. A la dueña la amenazaron con dos armas de fuego para que les entregara toda la recaudación. Sin oponer resistencia, que le hubiese costado la vida, entregó un total de 100 pesos que ocultaba en una caja de un celular. Ese monto en la actualidad serían unos 10 mil pesos.
La dueña, más allá del shock inicial, describió que uno de los ladrones estaba “sacado, muy alterado”, por eso, en esos pocos segundos, resolvió sin dudar entregar todo el dinero.
El horario elegido tenía su lógica criminal. El comercio estaba casi cerrando, ya había oscurecido y no quedaban clientes. Todo indicaba que fue un golpe de oportunistas.
Para ellos, era entrar y salir, y así fue como ocurrió: en un par de minutos, ya estaban afuera. Ambos salieron del local, tomaron sus bicicletas y con el botín en un bolsillo escaparon pedaleando por calle Islas Malvinas.
Lo cierto es que la dueña de la Farmacia asaltada llamó de inmediato a la Policía y dio la descripción del joven más alterado, que tenía un rompevientos de color bordó.
Los oficiales Rubén Escobar y el cabo Ávila iban a bordo de un móvil de la Comisaría Primera, un Renault 12. Al escuchar que irradiaban el hecho y las características de los autores, recepcionaron la alerta porque estaban en la zona.
Vivir para contarlo
Rubén Escobar era oficial principal a fines del otoño del 2000. Hacía menos de un año que había egresado de la Escuela de Cadetes cuando estuvo ante una situación crítica desde todo punto de vista.
Para la época, el hecho fue muy llamativo, porque el delincuente, lejos de deponer la actitud, agravó aún más el panorama y por suerte no hubo más víctimas.
“Lo vemos en Doctor Ramón y Brown. Descubrimos que es él porque llevaba un rompevientos bordó y estaba en bicicleta. Nos miró fijo y advirtió que le habíamos sacado la ficha. Ahí, comenzó la huida por calle Irigoyen hacia el sur. Bajamos en contramano y cuando lo tuvimos cerca, le tocamos la rueda de atrás de la bicicleta para desestabilizarlo y detenerlo. Pero pasó algo asombroso. Se le salió la rueda y Pannetti pegó un salto en el aire y quedó parado y de frente al móvil. En milésimas se llevó la mano a la espalda, sacó el 22 largo y comenzó a dispararnos”, confió Escobar, que insiste en que la acrobacia de Pannetti parecía más de un doble de riesgo que del temerario joven.
A partir de ahí, todo fue a las corridas. Escobar mandó a que Ávila pidiera apoyo por radio mientras él se lanzaba a la cacería del ladrón. Previo a eso, se tuvieron que bajar del auto y cubrirse mientras el delincuente les disparaba.
“Se metió por los monoblocks de República de Italia e Irigoyen. Allí, pasaba una mujer y la tomó de los pelos, la amenazó con el arma y la llevaba a la rastra como rehén”, detalló el hoy comisario inspector.
Por la parte del estacionamiento del ADOS terminó ingresando al policlínico con la rehén que acarreaba por los pasillos.
Una empleada de mantenimiento, Elba Farías, de 50 años, que estaba limpiando un consultorio, se asomó para ver qué ocurría porque se escuchaban muchos gritos. Sin piedad y con una puntería asesina, Pannetti le dio un tiro en la cabeza a una distancia de siete metros. Farías agonizó una semana y cuando la muerte era inevitable, sus familiares donaron los órganos, una práctica poco habitual en esos años, por lo que hubo un gran despliegue en el país para hacer las ablaciones necesarias.
El delincuente siguió caminando y se encontró con un recepcionista, fue ahí que soltó a la rehén que arrastraba de los pelos.
Mano a mano hemos quedado
“Recuerdo que lo seguí y entré por atrás. Cuando llegué al pasillo principal, me asomo, no veo a nadie. Meterse en ese pasillo era complejo porque tenía unos 50 metros y la exposición era completa. Cuando comienzo a transitarlo con mi arma lista para usar, a mitad de camino me encuentro con Pannetti que traía al recepcionista de escudo humano”, confió el oficial.
“Milico de mierda, tirá la pistola ahora porque te mato a vos y a él también”, gritó con voz de mando el delincuente, al que también se le notaba que estaba agitado de tanto trajín.
Durante la persecución, Escobar intentó contabilizar los disparos que había hecho el ladrón. Calculó unas cinco detonaciones y, teniendo en cuenta que el 22 largo carga nueve balas en el tambor, sabía que aún le quedaban varios proyectiles.
Hoy, con 26 años dentro de la institución ejerciendo el rango de comisario inspector, coordinador operativo de la zona sur-este del área de Seguridad, confió a LMN: “Tuve muy pocos segundos para decidir, hice cosas que hoy, vistas en perspectiva, las volvería a repetir porque el ladrón no tenía intenciones de negociar nada”.
Rubén volvió esta semana al ADOS, recorrió las instalaciones y miró fijo ese lugar donde quedó mano a mano con Pannetti. La situación era muy compleja. El portero sentía cómo le hundía el caño de la 22 en la sien.
“Estaba fuera de sí, exaltado por algún tipo de fármaco, sustancia o alcohol. Por eso resolví desactivar mi arma, le trabé el seguro y la palanca de desarme, y la dejé en el suelo. La idea era que no le hiciera nada al rehén y depusiera su actitud”, confió Escobar.
El joven policía, en ese entonces, tras dejar la 9 milímetros vio de reojo cómo Pannetti le sacaba el arma de la cabeza al rehén y estiraba el brazo para dispararle.
“Sabía que había una de las hojas de blíndex de la puerta abierta, estaba a unos cinco metros, no era un escape fácil, pero era lo único que tenía. Como sabía que me iba a disparar de todas formas, me arrojé en dirección a la puerta y en el aire sentí el ardor de la bala que me penetró en el omóplato derecho. Si me daba en el izquierdo me mataba, y si me quedaba parado me pegaba de lleno en el corazón”, resumió el comisario, y aseguró: “Al menos la puedo contar”.
Loco y a los tiros
Escobar no recuerda mucho más, porque quedó desplomado en el suelo, pero con aliento para suerte suya y de su familia. Cada tanto se suele retomar el tema, donde no solo lo salvó su accionar sino también la generosidad de la parca de no querer cargarse otra vida más esa noche.
El rehén tuvo una oportunidad de actuar y lo hizo. Había sido boxeador, y si bien no tenía las piernas frescas que en su juventud bailaban en el ring, se las arregló como para zafar y que el ladrón corriera intempestivamente y saliera por la puerta central de ADOS, con el arma del policía amenazando a taxistas para que lo sacaran del lugar.
El policlínico estaba rodeado de policías cuando el joven bajó las escalinatas. Quiso escapar por Avenida en dirección a República de Italia y ahí se topó con un bicipolicía con el que intercambiaron fácil entre 15 y 20 tiros. Un par de ellos le pusieron fin a la acelerada vida de Pannetti.
Durante los dos días de pericias que siguieron, el olor a pólvora quemada estuvo siempre presente.
Darle vueltas
Después de que fuera asistido y estabilizado por los médicos del ADOS, Rubén se enteró de todo lo que siguió y de la caída de Pannetti. Esa noche durmió poco, pese a que lo anestesiaron porque las balas calibre 22 hacen estragos en el cuerpo.
“Esa noche en el ADOS y al día siguiente cuando me derivaron al Policlínico de Neuquén, no dejaba de darle vueltas a la situación”, comentó el comisario en diálogo con LMN. La escena le volvía una y otra vez a la cabeza, y analizaba distintas alternativas, pero en todas él o el rehén morían. Es decir, ninguna servía.
“Todo lo que me quedaba por hacer era arrojarme como lo hice, que fue lo correcto. En ese momento tenía ocho meses en la Policía, ahora que tengo 26 años carrera valoro mucho lo que viví. En ese momento, que son unos pocos segundos, tomé una decisión muy importante, que fue proteger la vida de un civil, a sabiendas de que me podría haber matado”, confesó Escobar, que proviene de una familia de policías de vocación.
Balance a la distancia
“Hoy, a la distancia, con toda la experiencia y las capacitaciones que tuve, sigo convencido de que era lo único que quedaba por hacer, porque el tipo tenía los ojos rojizos y estaba totalmente alterado por el consumo de alguna sustancia, por lo que no había chances de negociar mucho”, reiteró Escobar, que luego hizo un curso de negociador y hoy en día es uno de los expertos en la materia con los que cuenta la fuerza neuquina.
“Para los que creen que le podría haber disparado al delincuente y haberle metido un tiro en la cabeza como en las películas, te puedo asegurar que eso queda solo para el cine. Yo tenía de frente todo el rostro del rehén y medio rostro del delincuente, que ocultaba el cuerpo detrás del recepcionista. No había un punto limpio para disparar sin arriesgarme a matar al rehén. Hay que tener mucha precisión y además había que estar en el lugar. Me tocó a mí y yo lo resolví así”, afirmó Escobar, que en cuatro años ya estaría en condiciones de pasar a retiro.
“Estaba totalmente seguro de lo que hacía en ese momento y hoy volvería a hacerlo. Tal vez con la experiencia de los años se puede llegar a manejar de otra forma la situación, pero no dudé nunca en entregar la vida por un tercero. No lo digo para jactarme de nada, sino porque vengo de una familia de policías donde está muy enraizado ese concepto”, afirmó.
Las historias vividas por el personal policial quedan en la memoria de la institución y el caso de ADOS es estudiado dentro de la carrera en una materia donde abordan la resolución de conflictos, porque no escapa a la realidad que pueda volver a repetirse un hecho similar.
Sin ir más lejos, el 5 de marzo de 2021 fue tomado de rehén el defensor oficial Pablo Méndez en Zapala. Tras once horas de negociación, lograron sacarlo con vida después de un documento que solo tenía como finalidad rescatar al defensor, porque todo lo pactado era sumamente ilegal. A fines de noviembre de 2021, declararon a los hermanos Villar responsables del secuestro de Méndez.
“Por eso, cuando doy clases en la Escuela de Cadetes, lo primero que les resalto tras contarles la historia que me tocó en suerte es si saben dónde se metieron y los riesgos que corren, porque esta profesión es un sacerdocio donde la vida está en juego a la vuelta de la esquina”, resumió Escobar.
Una de las cuestiones interesantes que explica el comisario inspector es que “cada uno percibe el miedo en forma diferente y estar en el lugar es distinto a ponerse en situación, donde tenés tiempo de pensar y analizar; en una situación crítica, son solo segundos los que tenés para tomar la mejor decisión posible”.
Si bien Pannetti era un pibe de 20 años, hoy el oficial entiende que la delincuencia está más reactiva e impredecible debido a los consumos de drogas y alcohol. “Hoy, cuando te enfrentás con un joven de 20 a 30 años, no sabés cómo puede reaccionar porque no sabés si está puesto o si está en medio de un ataque de abstinencia. Ambos extremos son terribles porque son capaces de cualquier cosa”, concluyó Escobar, que tras visitar ADOS se fue caminando por Avenida Argentina y no dudó en voltear la cabeza para volver a ver el policlínico donde casi deja su vida 22 años atrás.
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