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Todos los mares de Alfonsina Storni: su vida y su misteriosa muerte

Un día como hoy, pero de 1938, el cuerpo de la poetisa fue hallado en el agua de Mar del Plata. Su vida, su enfermedad y las teorías sobre su final.

Había algo en el mar. Había algo en la arena blanda, en su fondo oscuro o en la blancura de la espuma que parecían llamarla. Y ella, una de las poetas más célebres de la Argentina, pareció escuchar ese grito. Alfonsina encontró el presagio de su final en una ola de las playas de Uruguay. Y persiguió su propia muerte, empujada por esa noticia, en el agua salada de Mar del Plata.

Hay voces que afirman que Alfonsina Storni nació en altamar, en un viaje que sus padres suizos emprendieron desde Europa hasta la Argentina. Pero los documentos citan su nacimiento en una pequeña aldea de Suiza, donde sus padres, Paulina y Alfonso, que ya habían emigrado a la provincia de San Juan, estaban pasando una temporada.

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Aunque los papeles afirman que Alfonsina era suiza, sus recuerdos de la niñez la encuentran siempre entre San Juan y Santa Fe, donde su madre trabajaba como docente y su padre emprendió primero con una cervecería y más tarde con un bar. Como él se había perdido en el alcohol, era Paulina la que debía sostener económicamente a la familia.

A los 10 años, la futura poetisa dejó la escuela para comenzar a trabajar. Fregaba platos y ayudaba a su madre en las tareas de costura, que servían para generar ingresos extra para los Storni. Alfonso bebía hasta que su propia familia lo arrastraba a la cama. Su madre trabajaba con resignación y un dejo de tristeza. Y Alfonsina mezclaba sus ojos de vigía con su profusa imaginación y unos largos períodos de melancolía e introspección.

A los 12 años, escribió su primer verso. Un poema oscuro plagado de muerte que esperaba aliviar los padecimientos de su madre pero terminó por provocar, en ella misma, el ardor que sienten las mejillas después de los golpes. “Es de noche; mis familiares ausentes. Hablo en él de cementerios, de mi muerte. Lo doblo cuidadosamente y lo dejo debajo del velador, para que mi madre lo lea antes de acostarse. El resultado es esencialmente doloroso; a la mañana siguiente, tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce”, recordaba.

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Desde entonces, Alfonsina pasó ocho años ocultando sus poemas entre los delantales y los corpiños de sus enaguas: hojas borroneadas que no se atrevía a mostrarle a nadie. Sentía que se le iban muriendo como migas de pan, hasta un 8 de enero de 1912, cuando la revista Monos y Monadas publicó “Anhelos”, su verso sobre el ombú, y el mundo conoció sus cualidades de poetisa.

La escritora comenzó entonces una juventud en la que mezclaba sus raptos ensimismados con un fulgor inapagable que la hacía combatir por los derechos de los trabajadores y las mujeres. Su talento para la pluma y sus modales refinados le permitieron desempeñarse como docente en la escuela domiciliaria de su madre. Trabajaba en una fábrica de gorras. Repartía volantes por el día del trabajo. Pero Alfonsina quería más, y estudió para obtener el título de maestra.

La escritora había abandonado sus estudios primarios para trabajar como lavaplatos. No tenía conocimientos formales y tampoco aprobó el examen de ingreso. Pero llegó a una Escuela Normal casi sin alumnos, y con un entusiasmo tan grande que las autoridades de la institución decidieron aceptarla.

Durante su paso por ese instituto, la pluma de Alfonsina no tardó en hacerse notar. Publicaba poemas en los boletines de la escuela, cantaba en los actos patrios y hacía misteriosas escapadas los fines de semana. En una sociedad mucho más opresiva para las mujeres, la poetisa se movía con el flujo que tienen los peces en el mar.

En 1911 dio un paso más hacia la aventura. Con una valija que encerraba sus pocas pertenencias, se mudó a una pensión en Buenos Aires. Al año siguiente nació su hijo Alejandro. Nadie supo nunca quién era su padre y Alfonsina tuvo que cargar con la cruz de convertirse en madre soltera, en un contexto en el que los hijos prematrimoniales eran el blanco de habladurías.

Pero no se detuvo. Trabajó como cajera de farmacia y como vendedora. Se presentó como la única mujer entre 100 postulantes varones para un puesto de redactor de cartas. La calidad de su pluma era tan abrumadora que los empleadores no tuvieron más opción que darle el trabajo. A los hombres les pagaban 400 pesos. Pero a ella le ofrecieron la mitad.

Corría 1913 su vínculo frecuente con la escritura la llevó a intensificar el ritmo de sus poemas. Publicaba en Caras y Caretas y otras revistas de la época, por lo que tejió un vínculo con otros escritores, como Horacio Quiroga, Juana de Ibarbourou, Amado Nervo y José Ingenieros. Alfonsina también ganaba más dinero y podía costearse vacaciones. Iba a Uruguay. Iba a la playa. El mar la llamaba.

Con la crisis posterior a la primera gran guerra, la poetisa necesitaba un trabajo más rentable para sostener a su hijo. Se convirtió en directora de un colegio, mientras publicaba sus libros y se encumbraba cada vez más en el círculo literario argentino.

Pero ese primer poema del velador parecía acompañarla todavía. Alfonsina combinaba su trabajo fulguroso con depresiones profundas, con crisis de nervios, con raptos de muerte. Y la idea de cerrar los ojos para siempre la seducía casi tanto como los mares uruguayos, las prosas y los versos.

“Morir como tú, Horacio, en tus cabales, Y así como en tus cuentos, no está mal; Un rayo a tiempo y se acabó la feria... Allá dirán. Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte”, le escribió Alfonsina al escritor Horacio Quiroga, quizás su amigo, quizás su amante, luego de que este se tomara un vaso de cianuro para adelantarse al cáncer que lo estaba carcomiendo.

Y otra vez llegó la luz. Y tinteros borboteantes y sus canciones en las peñas de los hoteles porteños, donde entabló amistad con Federico García Lorca. “Apagadle la voz de madera, cavernosa, arrebujada”, le escribió al español. Alfonsina era una celebridad en el mundillo literario porteño y aportó sus textos al acto de inauguración del Obelisco, que fue transmitido por radio.

Hizo dos largos viajes a Europa junto a su hijo Alejandro y viajaba de manera frecuente a Uruguay. Se bañaba en el mar de ese país oriental cuando una ola golpeó de lleno contra su tórax y la hizo perder el conocimiento. Cuando volvió en sí, descubrió un bulto en el pecho e inició un periplo por los consultorios.

Pensaron que la dureza no era más que un tumor benigno, pero pronto descubrieron que era un cáncer ya ramificado. Alfonsina fue sometida a una operación en la que le extirparon uno de los senos. Además del tajo a la altura del corazón, la mastectomía le surcó una profunda cicatriz en el alma, y el poema del velador volvió a presentarse, otra vez, con una fuerza descomunal frente a sus ojos.

Tras unos años de ostracismo, la poetisa quiso viajar a Mar del Plata. “¿Por qué vas a una ciudad que te altera tanto?”, le preguntaba una de sus amigas. “Tienes miedo de que muera en tu casa”, desafiaba ella. Se encerró en un hotel de esa ciudad costera, con un abrigo excesivo para esos días de primavera. Entre el 19 y el 22 de octubre se dedicó a escribir.

El día 23, su dolor se había hecho intolerable. Escribió una despedida para Alejandro y otra misiva para un amigo en el que le pedía que velara por su hijo. Y un poema de despedida para el diario La Nación, en el que anunciaba que planeaba sumirse en un sueño profundo, quizás interminable. A descansar, por fin, de tanta melancolía.

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme puestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera,

una constelación, la que te guste,

todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes,

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

Para que olvides. Gracias... Ah, un encargo,

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido...

Después de las cartas, nadie respondió detrás de la puerta de la habitación. La mucama del hotel pensó en dejarla dormir un rato más. Ese 25 de octubre de 1938, dos obreros encontraron un cadáver flotando en el mar: una mujer bien vestida que llevaba poco tiempo en el agua. Pronto, confirmaron la identidad de Alfonsina.

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Monumento en homenaje a Alfonsina Storni en Mar del Plata.

Monumento en homenaje a Alfonsina Storni en Mar del Plata.

Hay dos versiones sobre su suicidio. Los más escépticos creen en la evidencia pura. Encontraron uno de sus zapatos en la escollera de La Perla y es más sencillo morir saltando desde las rocas hasta el agua profunda.

Los más románticos creen, en cambio, en el llamado del mar. Una potente voz que la atraía hacia el fondo oscuro y que la llevó a caminar lentamente desde la orilla para sumergirse en el agua salada, hasta que la espuma envolvió su rostro y penetró bien hondo en sus pulmones. Pero no hay testigos concretos de su muerte y su suicido permanece aún hoy como un secreto. Uno que guardan solamente Alfonsina y el mar.

Mercedes Sosa-Alfonsina y el mar

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