Tomás Wagner y los recuerdos de sus días en la Torre Talero

Vivió tres años en la emblemática casona cuando era un adolescente.

POR MARIO CIPPITELLI - cippitellim@lmneuquen.com.ar

Nunca vio al fantasma del que todos hablaban, aquella aterradora dama vestida de blanco que cada tanto denunciaban quienes transitaban en los alrededores de la casona. Sí escuchó mil veces un concierto de ruidos extraños, con maderas que crujían en las escaleras, en los pisos, en las vigas o en los marcos de las puertas y ventanas. Pero dice que nunca tuvo miedo, aun cuando en la época que se fue a vivir solo al enorme edificio tenía nada más que 17 años.

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Tomás Heger Wagner reconocido vecino de Neuquén y apasionado por la historia de la provincia vivió tres años en la famosa Zagala, la residencia que construyó el poeta colombiano Eduardo Talero en cercanías del río Limay, a principios del siglo pasado.

En aquella época no estaba al tanto de quién era ese pionero que había sido clave en los inicios de la capital neuquina. Tampoco conocía por dentro la aquella casa que sobresalía entre el paisaje ribereño por esa torre de 14 metros de altura, más propia de los castillos europeos que de las humildes construcciones que empezaban a hacerse en la zona de la confluencia.

El padrastro de Tomás, un armero y mecánico austríaco que llegó a la capital en 1935 para trabajar en la construcción del puente carretero, compró la propiedad a la nieta de Talero, en noviembre de 1964, pero no para utilizarla como residencia familiar, sino como una inversión. Después de todo, la residencia estaba en un predio de 10 hectáreas, con una pequeña producción de peras y un buen potencial para algún emprendimiento agrícola.

Tomás Wagner y los recuerdos de sus días en la Torre Talero

Para no dejar la propiedad sola, le pidió al joven que la habitara y que él y su madre irían a pasar los fines de semana. Y así fue que Tomás cumplió con aquel pedido. Cuando terminaba de cursar sus estudios en la vieja escuela industrial de la calle Láinez, visitaba a su familiar y antes de que cayera el sol, salía caminando o en bicicleta hacia el caserón.

"Recuerdo haber ido muchas veces por la ruta 22 sin que pasara un solo auto", recuerda Tomás, 55 años después. En aquel entonces la ciudad de Neuquén no había dado el gran salto demográfico que tuvo a principios de la década del 70. En los alrededores de la Zagala no había nada más que algunas chacras.

"La casa estaba habitable; sólo necesitaba algunas reparaciones", asegura.

Tomás ocupó uno de las cuatro habitaciones que había en la planta baja. Tres perros lo acompañaban siempre adentro de la propiedad. Afuera, otros animales también se sumaban la custodia. Tal vez por eso, nunca tuvo miedo.

"De noche era una boca de lobo y siempre crujían las maderas, tanto con el frío como con el calor, pero en un momento me acostumbré", recuerda.

Lo más difícil de sobrellevar era el invierno. Como la casona tenía techos muy altos no había calefacción que alcanzara para templar los ambientes.

"Había un hogar en una de las habitaciones. Recuerdo que le ponía un tronco de eucaliptus y la brasa duraba hasta el otro día. También había una estufa a querosene y otra con una garrafa de gas que tenía una pantalla. Pero nada alcanzaba. Los inviernos eran bravos", asegura.

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Tomás recuerda que la propiedad original era mucho más grande. Además de la casa patronal, había otras construcciones más chicas para los peones y los capataces. Ahora sólo quedan los cimientos. También reconoce que siempre le intrigó que la casa no tuviera un sótano, algo tan común en las construcciones de aquella época. "Una vez vi un plano de la propiedad, donde figuraba un sótano, pero siempre lo buscamos y nunca lo encontramos".

La emblemática construcción del barrio Bouquet Roldán tuvo distintos usos luego de que Talero se fuera de Neuquén con destino a Buenos Aires, donde murió en 1920. En la casona funcionó una subcomisaría, una escuela y hasta un bar, pero durante gran parte del tiempo estuvo abandonada y fue usurpada en varias oportunidades.

En 1998 la familia Wagner vendió la propiedad a la Municipalidad de Neuquén con la esperanza de que el lugar fuera restaurado. Pero no fue así.

El edificio fue blanco de robos y actos de vandalismo durante muchos años, al punto que prácticamente quedó destruido.

"Me da mucha tristeza por cómo terminó la casa. Si se hubiesen hecho los estudios y los trabajos ni bien la compró la municipalidad hubiera sido más fácil recuperarla", asegura Tomás, aunque todavía tiene una remota esperanza de que la Zagala vuelva a lucir como cuando se inauguró en 1911.

Si bien el año pasado comenzaron los primeros trabajos para limpiar el lugar, cercarlo y apuntalar los sectores más críticos del edificio, todavía queda pendiente la restauración total y necesaria para devolverle el esplendor de sus mejores épocas.

Mientras tanto, la casona espera con sus paredes cargadas de historia. Se mantiene en pie, pese a todo, como si estuviera desafiando al tiempo y reclamando el respeto y reconocimiento que nunca tuvo.

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