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La Mañana inundaciones

Tormenta: el drama de los comerciantes inundados en el Bajo neuquino

Las lluvias del domingo reavivaron el recuerdo de las peores inundaciones. Perdieron miles de pesos en mercadería y todavía les queda mucho por limpiar.

Las luces y los sonidos cambiaron. Ya no hay refucilos en el cielo oscuro pero sí una linterna que enfoca su flash sobre la penumbra de una boca de tormenta. Ya no susurra la lluvia ni tiemblan los truenos, pero sí aturden los camiones cisterna de Cliba y las potentes hidrolavadoras, que trabajan a contrarreloj para deshacer toda la arcilla que el agua arrastró desde la barda y que podría tapar otra vez los desagotes para provocar un desastre nuevo. Ya no se oye la lluvia. Ahora, suena el tenso silencio de la inundación y la amargura.

Los comerciantes de Láinez y Alcorta se asoman a sus vidrieras para ver cómo trabajan los empleados municipales, que desde la noche del domingo buscan escurrir las calles y limpiar todos los sedimentos que arrastró el temporal. Los miran y se muerden los labios. "Podrían haber venido a limpiar dos días antes", se queja Pablo, que ya se resignó a volcar toda la ropa de verano, recién comprada, a un canasto de liquidación.

Como llevan varios años al frente de comercios en ese sector del Bajo, están acostumbrados a las inundaciones. A pesar de los anuncios de nuevos desagües pluviales, a pesar de las obras que cortaron el tránsito sobre calle Láinez por un año entero y a pesar de todas las promesas que tratan de calmarlos, ellos no sienten ninguna garantía y, ante cada nube negra, corren a sus locales para fijar las compuertas.

Con los traumas de otras inundaciones sobre los hombros, los trabajadores de la zona se adaptaron a usar un sistema de compuertas que bloquea el paso del agua a través de las puertas de acceso a su local. Este domingo, sin embargo, esperaban una lluvia tenue. Cuando el agua azotó la zona en forma de temporal, llegaron como pudieron, entre las calles inundadas, para tratar de salvar la mercadería. Pero era demasiado tarde.

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"Yo vivo en la entrada de Plottier y cuando pasaban por la terminal, ya veía todo inundado; ahí fue cuando supe que acá había entrado el agua", explica Vanesa, que ya vivió varias inundaciones en Bendita, un local de ropa mayorista que administra por herencia familiar. Dice que le costó estacionar su auto, y tuvo que hundir los pies en el agua para alcanzar el comercio con la idea de salvar la ropa de los estantes más bajos.

"Ya estaba mojada, y aunque la mandamos a lavar, ya no la podemos vender como nueva, la dejamos en liquidación", aclara la joven, en un descanso de tanto trapo y secador. Por ahora, no hace cuentas de la inversión desperdiciada: se enfoca en repartirse tareas con los empleados para dejar el negocio limpio y seco. "No tenemos el local diseñado para las inundaciones, y siempre hay mercadería que se pierde", aclara.

En la esquina de enfrente, dos empleados pasan el secador entre las latas de pintura. Hunden sus botas de goma entre los charcos y sacan el agua ya sucia hacia la vereda, pero todavía les queda mucho por limpiar. El depósito, el salón de ventas y hasta la oficina de la dueña están cubiertas por un par de centímetros de agua, incluso después del escurrimiento de varias horas.

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En la pinturería también usan compuertas, y adaptaron la disposición del salón para evitar más pérdidas. Tienen todas las latas metálicas sobre una tarima, a varios centímetros del suelo, para evitar que una lluvia imprevista las oxide. Sin embargo, el agua los afectó tanto que hoy deben suspender las ventas por dos o tres días para secar el comercio y volver a trabajar. "Las máquinas batidoras no se pueden enchufar por los cortocircuitos, tenemos que esperar que se seque todo", aclara uno de los empleados.

Pablo ya está resignado. Tiene tres locales sobre calle Láinez, que en la noche del domingo recibieron 20 centímetros de agua. Con su mujer, trataron de combatir la tormenta en el momento, con las manos desesperadas luchando contra la corriente para colocar una compuerta que no iba a servir de mucho. "El agua no nos dejaba poner la compuerta, y los colectivos pasaban y nos hacían olas", relata y mira la ropa en los percheros, colgada prolijamente y ordenada por color, pero con manchas de humedad que las hacen invendibles.

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Pablo estima que perdió medio millón de pesos en mercadería. No piensa pedirle ayuda a la Municipalidad. "¿Qué les voy a pedir? Si estuvieron un año con la calle cortada y no sirvió para nada", se amarga otra vez. Y aunque desde el Municipio aclaran que, sin las obras, la tormenta hubiera sido peor, a él no le queda más opción que malvender la ropa y tratar de salir otra vez a flote. Dice que ya le quedan pocas ganas, pero hay algo que lo empuja a levantar la mirada y pasar otra vez el secador.

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Los pluviales que no alcanzan

Puertas afuera de esos locales llenos de amargura, el subsecretario de Limpieza Urbana de la Municipalidad, Cristian Haspert, comanda a una cuadrilla que limpia las bocas de tormenta. Con agua a presión, deshacen la arcilla que podría causar peligrosos tapones en los pluviales, en una tarea que siguen el lunes por la mañana, después de una noche sin dormir.

El funcionario asegura que todas las bocas de tormenta reciben un mantenimiento periódico y estaban listas. "Entiendo el enojo de los comerciantes, que piensan que se taparon, pero lo cierto es que cuando el Arroyo Durán desborda, el agua hace el camino inverso", dice para explicar el agua que brotaba de las rendijas que supuestamente debían aliviarlos. "Eso pasó en los primeros minutos, y es por el cambio climático, tuvimos una lluvia muy intensa después de una sequía muy grande", aclara.

Haspert defiende el trabajo realizado pero admite que no alcanza. Es la geografía de la ciudad que siempre le juega en contra a la misma gente. La lluvia golpea primero a los del Alto y se escurre en ríos agresivos hacia el Bajo, que se queda con la peor parte. "En la reunión de ayer ya estuvimos hablando de nuevas obras, necesitamos mega obras para cortar la ciudad en las vías y mandar esa agua para otro lado", señala.

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Aunque la nueva gestión promocionó la construcción de pluviales como una premisa de su administración, esta tormenta fue la primera en poner en jaque todos esos desarrollos. Y aunque desde la Municipalidad afirman que el agua escurrió rápido gracias a todas las obras realizadas, la amargura de los comerciantes persiste como en las primeras inundaciones, quizás por el recuerdo aún latente de pérdidas peores.

Con un pronóstico de lluvias para los próximas días, Haspert afirma que les quedan otros 30 días de trabajo a pleno. Deben recorrer miles de bocas de tormenta para sacar todos los residuos que el agua arrastró desde la barda, para deshacer la arcilla y prepararlos para nuevas precipitaciones. También los toca acomodar las calles socavadas por el temporal y abocarse otra vez a la planificación. Les toca barajar y dar de nuevo para evitar otra gran inundación.

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