Transformación vs. ostentación

Tras el incendio de Notre Dame, miles subieron a sus redes sociales las fotos que se sacaron frente a la catedral.

Minutos después de que las primeras llamas devoraran el valioso patrimonio arquitectónico de Notre Dame, las imágenes de París ya daban la vuelta al mundo y con ellas, miles de viajeros transformaban su semblante sereno en uno de tristeza. No tardaron demasiado en expresar su malestar con un homenaje que parecía ponerlos a ellos, y no a la iglesia, en el centro del mensaje: mostraban sus propios rostros sonrientes frente a las torres góticas de la catedral, recordando algún viaje pasado.

Aunque sus publicaciones buscaban revalorizar la belleza de la construcción, en las redes los criticaron por ostentar sus viajes a Francia en un momento doloroso para ese país.

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Más allá de esos entredichos, la actitud abre un gran interrogante: ¿para qué viajamos? ¿Solo para acumular imanes en la heladera? ¿Para provocar la envidia de los que no pueden hacerlo? ¿Para correr de forma frenética a tomarnos selfies con monumentos famosos que, en muchos casos, apenas conocemos?

O quizás viajemos para extender más allá los horizontes, para descubrir que el mundo es mucho más grande y diverso del que observamos desde casa, para destinar el dinero a experiencias nuevas en lugar de gastarlo en objetos que pronto dejan de ser útiles, para espabilar los cinco sentidos con los miles de estímulos que provoca una cultura extraña.

Quizás viajemos porque enfrentar lo absolutamente desconocido nos permite conocernos a nosotros mismos y comprender que hay tantas verdades como pares de ojos en el mundo.

Y están los que toman la foto para sonreír más tarde, cuando recuerden su experiencia inmersos en las rutinas diarias. Y los que no necesiten publicar ostentaciones, porque toda la riqueza que ganaron en el viaje les está corriendo por dentro.

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