“Ya falta poco”, me dijo un hombre mayor, supongo que con una amplia sonrisa tapada por el barbijo, cuando una voluntaria nos acompañó (éramos 10 personas) hasta uno de los boxes para recibir nuestra dosis.
La frase tomó un significado especial porque he vivido más de un año pensando que de un día para otro, yendo al supermercado o cruzándome con alguien en la calle, podía contraer el virus.
Esperando el pinchazo, recordé quienes hasta afirmaron que se trataba de una vacuna trucha. Cuando el pinchazo sucedió, además del alivio, pensé en esta tragedia comunitaria que es la pandemia, sentí que la esperanza contra el maldito COVID crecía en el interior del gimnasio del colegio Don Bosco.
La sentí también cuando los vacunados se sacaban una selfie con su certificado o en las lágrimas de un hombre que le agradeció a la vacunadora porque ahora podía vivir más tranquilo y no pensar en la muerte. Estar en parte inmunizado alivia, pero dura poco cuando uno piensa en que la salvación no es individual sino colectiva.
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