Un canillita neuquino que tiene una gran familia entre sus clientes

Trabaja en la entrega de diarios y revistas hace 30 años y conoce la calle como nadie.

Por Mario Cippitelli - cippitellim@lmneuquen.com.ar

corre las calles del Bajo neuquino vendiendo diarios. Lo hace todos los días enfrentando la lluvia, el sol, el frío y, a veces, también el miedo.

Ricardo conoce cada rincón de la ciudad. Es que es un neuquino nativo que nació hace 60 años en el ex barrio Matadero, hoy Belgrano.

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Se crió justo enfrente del enorme predio municipal donde se faenaban animales y todavía tiene los recuerdos de aquella Neuquén humilde, rústica y precaria, pero tan cálida y solidaria en la que todo el mundo se conocía.

Recuerda esa calle Bahía Blanca de tierra por la que peregrinaba diariamente el vecindario en búsqueda de las achuras y cabezas de vaca que entregaba la gente del matadero. Era común ver a los hombres cargando carretillas repletas de vísceras. En aquel tiempo las regalaban. En ese contexto se crió, se hizo hombre y formó una familia. Y hoy vive en el mismo lugar de donde, cada tanto, desempolva esos recuerdos.

Uno de sus hijos -también llamado Ricardo- lo ayuda en el trabajo de repartir los diarios. Su esposa y otros dos chicos colaboran en el kiosco que está integrado a su casa. Un pequeño emprendimiento familiar del que Ricardo está muy orgulloso.

“Tengo clientes de tres generaciones”, asegura mientras charla y comparte unos mates durante la entrevista. Reconoce que “hay que tener mucho amor para vender diarios” porque no hay días de descanso y porque el trabajo se realiza durante la noche y la madrugada. Explica que su rutina comienza a la medianoche y termina a las 11 de la mañana, pero que los domingos se extiende hasta las 14. Y también agradece que hoy puede movilizarse en moto, después de muchos años de andar caminando y otros tantos en bici.

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“¿Cuesta mucho vender los diarios en esta época de tanta tecnología?”, es la pregunta obligada. “La competencia nuestra es internet. Todo el mundo anda con los teléfonos en la mano mirando noticias”, explica. Sin embargo, asegura que tiene clientes fijos de muchos años que siguen optando por el papel y por las suscripciones. Ayudan mucho -dice- todos los complementos que lanzaron los diarios en los últimos años para tratar de seguir sobreviviendo.

Con estos cambios tan vertiginosos en las comunicaciones también cambió el comportamiento de los clientes. “Antes, los lunes, la gente esperaba ansiosa el diario para ver los resultados de los partidos. Ahora eso cambió porque se entera de todos los detalles a los pocos minutos”, reconoce.

Lo que no se modificó -al menos en la personalidad del canillita- es la necesidad de mantenerse informado. Ricardo lee de arriba abajo todas las páginas de los dos diarios que vende diariamente para tener también un motivo de charla con sus clientes. “Siempre me preguntan qué pasó con esto o con aquello. Cómo va a estar el clima, en fin…”, reflexiona. Y asegura que está acostumbrado a leer noticias duras, especialmente las policiales, esas que no lo impactan emocionalmente, pero que igual lo sorprende. “La gente está muy loca, anda muy acelerada”, opina este hombre que es testigo permanente de la rutina de la calle. Dice que todos los días escucha frenadas, bocinazos, puteadas y hasta peleas, algo tan común de los tiempos que se viven y muy alejado de aquellos días cansinos del ex barrio del Matadero.

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Pero más allá de las cosas negativas que tiene la Neuquén de hoy, Ricardo asegura que él disfruta mucho su trabajo. Dice que le encanta hablar con los clientes, que todos ya lo conocen y que son, de alguna manera, quienes lo ayudaron a formar su familia. “Yo les debo todo lo que tengo”, sostiene.

La entrevista se extiende en anécdotas hermosas, entre mates y recuerdos y vivencias que lo llenan de orgullo. Una, tal vez la más linda, es la de haber criado una gran familia. “Tengo un hijo médico gracias a este laburo”, desliza en el final de la charla. Y cuenta que el muchacho un día le dijo que quería estudiar medicina y que si no podía hacerlo, trabajaría de canillita igual que él. El destino quiso que en Cipolletti se abriera la carrera. Y el tesón y las ganas de superarse hicieron que aquel adolescente se anotara entre los 1400 aspirantes y quedara seleccionado entre los 128 que finalmente ingresaron. Años después, tal como él quería, recibió su diploma de médico.

“¿No es maravilloso?”, pregunta emocionado. La respuesta -ciertamente- no hace falta.

Pequeños detalles con mucha onda

Ricardo se fija mucho en pequeños detalles para darles un mejor servicio a sus clientes. Para el Día de la Madre imprimió estos pequeños cupones con “vales” por cariños, besos y hasta “siestas sin interrupciones”. Todo un gesto que demuestra su pasión por el trabajo.

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