Una atleta paralímpica, lista para la eutanasia

Tiene los papeles firmados para morir. En Río será su despedida de las pistas.

Bélgica
Marieke Vervoort cumplió 37 años hace tres meses, pero ya sabe dónde quiere que tiren sus cenizas cuando muera. De rostro juvenil, pelo corto y rubio, y risa fácil, es dueña de dos medallas olímpicas, Tiene un perro llamado Zen y lleva siempre la figura de un Buda que le inspira paz. Con un cuerpo cuya mitad inferior está paralizada, una visión reducida al 20% y dolores que le impiden dormir durante largas noche, Vervoort tiene su papel firmado que autoriza a un médico a ponerle una inyección para acabar con su vida cuando lo desee.

La enfermedad se le despertó a los 14 años y desde los 20 está en silla de ruedas. “No quiero vivir como un vegetal”, asegura. A veces no puede dormir del dolor.

Antes tiene una misión para la que se entrena seis días a la semana: volver a colgarse una medalla en los Juegos Paralímpicos de Río representando a su país, Bélgica. Hace cuatro años, en Londres 2012, fue campeona olímpica en los 100 metros llanos. Con la misma ilusión de entonces, llega hoy a la pista de atletismo donde la espera su entrenador, Rudi Voels, de 52 años, uno de los más reputados de Bélgica, responsable del equipo belga de posta 4 x 100 que en Pekín 2008 ganó el bronce.

Marieke es la única atleta paralímpica a la que prepara. “Nunca quiere perderse un entrenamiento. A veces viene con mucho dolor y la obligo a irse a casa”, cuenta. Marieke ya decidió que estos Juegos, en los que participará en los 100 y 400 metros, serán su último reto deportivo. La enfermedad degenerativa que padece dificulta cada vez más su recuperación poscompetición. Quiere disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Las comidas con las amigas. Las conversaciones en el jardín de casa.

“Estúpidos dolores”, se queja cuando aparece una puntada intensa. “¿Conocés a alguien que necesite morfina para entrenar?”, ironiza. Y vuelve a hacerlo cuando habla de su rutina en el gimnasio de tres veces por semana: “¡Aquí mucho y aquí nada!”, dice, se ríe, y saca músculo moviendo su mano del bíceps al pecho.

Equipaje y medicamentos
En su casa, en la que vive con su perro, la pared del salón es un cúmulo de fotografías de sus victorias. Está a horas de irse a Río. Su papá corta el césped, la valija está a medio hacer y en la mesa hay una hoja escrita a mano con una lista de casi una veintena de medicamentos bajo la inscripción “para Río”. Cuatro veces al día una enfermera la visita, vigila su salud, la acompaña al baño y la ayuda a cambiarse. En caso de ataque epiléptico o dolor insoportable, sólo tiene que pulsar un botón para que alguien acuda a ayudarla a cualquier hora.

Su vida fue normal hasta los 14 años, cuando una dolorosa inflamación en un pie fue el primer aviso. Luego pasó a las rodillas y a los 20 ya dependía de una silla de ruedas. “Siempre quería jugar con los chicos y subir a los árboles”, recuerda Joseph, su papá, quien la acompañará en Brasil, como lo hizo a Londres, donde “fue muy especial verla desde el público y poder decir: ¡es mi hija!”, recuerda.

Sus amigos cuentan que guardan cada momento con ella para tenerlos vivos el día que ya no esté. En Bélgica la eutanasia está permitida y Marieke tiene los papeles firmados. Su entorno acepta la decisión y la certeza de que ella pueda elegir cuándo. Algo que le quitó la mochila de pensar en el suicidio en los momentos en los que el dolor se le hace insoportable. O peor: seguir esperando su muerte sin calidad de vida. “No quiero vivir como un vegetal”, asegura. Su cuerpo, entonces, le dirá cuándo. Pero seguro que será después de sus carreras en Río, las últimas como atleta.

Por el doblete 2 medallas olímpicas ganó: una de oro y otra de plata.

En los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, Marieke Vervoort se impuso en los 100 metros llanos y terminó segunda en los 400 metros. En Río va a competir en las mismas carreras de hace cuatro años. Los Juegos serán entre el 7 y el 18 de septiembre y la canción oficial la canta... ¡Ronaldinho!

Inyección letal
Ya tiene todo planeado para su momento final

“La gente me ve sonriendo y haciendo deporte, pero no ve lo que pasa cuando estoy en casa”, dice Mariekes. Para el momento final debe decidir estar sola o acompañada. “Te duermes lentamente y no te vuelves a despertar”, describe. No aguarda nada más allá. Acá tiene todo planeado y espera que sus padres y dos amigos tengan fuerzas para estar junto a su camilla. Dejó una carta para que la lean cuando su corazón deje de latir y quiere una celebración alegre, con músicos. Luego, ser cremada: “Quiero que tiren mis cenizas en Lanzarote (Islas Canarias). Es un lugar que me transmite paz y tranquilidad. Quiero terminar allí”.

Mientras, en Brasil deciden por Dilma

Brasil
El Senado brasileño continuaba debatiendo anoche el impeachment de Dilma Rousseff, estimando que –luego de un cuarto intermedio nocturno– hoy por la mañana será el veredicto final de juicio político a la separada presidenta del Brasil, que todo indica será desplazada definitivamente de su cargo.

“El impeachment es un remedio constitucional al que necesitamos recurrir cuando la situación se revela especialmente grave, y es lo que pasó”, señaló la abogada de la acusación Janaina Paschoal. Y agregó que “fue Dios quien hizo que, en el mismo momento, varias personas percibieran lo que sucedía en el país”. A Dilma se la acusa de violar la Constitución al manipular las cuentas públicas.

Rousseff se defendió el lunes durante más de 14 horas, en una sesión histórica en la que reiteró su inocencia y afirmó ser víctima de un “golpe” para reemplazarla hasta fines de 2018. “No acepten un golpe que en vez de solucionar agravará la crisis”, pidió Dilma a los 81 senadores, convertidos en una especie de gran jurado.

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