La marcha del miércoles fue un mojón histórico. Una de esas movilizaciones que conmueven, que impulsan cambios urgentes, que marcan un antes y un después en una lucha que recién comienza, que no debería tener ni un día de descanso. Pero, es triste decirlo, la profundidad del problema implica que será necesario mucho tiempo para generar una sociedad en la que no mueran mujeres todos los días a manos de hombres que se consideran dueños de sus vidas.
El paro de mujeres no debería generar voces en contra. Pero hay quienes cuestionaron el reclamo.
Ayer surgió en Mendoza la noticia que más duele. Un triple femicidio que puede incluso ser un drama mayor, con un niño y un bebé heridos por un muchacho al que sus compañeros lo definieron como una persona “normal”. También ayer, en Fernández Oro, una marcha pidió justicia por el crimen de Otoño Uriarte. A diez años de su desaparición, parece mentira, no hay culpables.
El paro de mujeres y el “viva nos queremos” no debería generar voces en contra. No debería. Pero la lucha es larga. Porque aunque parezca difícil de entender que haya quienes cuestionen el reclamo, hubo reacciones en contra, críticas a grupos que “politizaron” la marcha, mujeres catalogadas de “feminazis” y gente que sigue viendo como más grave que se manche una pared a que se asesine a una mujer. Porque aunque parezca difícil de entender, ya instalada la violencia de género como una dura realidad que hay que es imperioso modificar, todavía existen quienes creen que hay que hablar de violencia en general, porque son muchos los que sostienen que insultar y denigrar con la palabra es otra cosa, porque cuando un periodista se violenta en TV, algunos lo cuestionan y otros lo aplauden. Así estamos. Enterrando víctimas mientras terminamos de entender que las estamos matando. Y que nada importa más que la vida.
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