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Una película snuff, Charlie Sheen y 4 crímenes en serie: la historia de Guinea Pig y el "Asesino Otaku"

Inspirado en película hiperviolentas, Tsutomu Miyazaki cometió crímenes brutales.

Más que conocidos son los excesos y el mal comportamiento a los que, durante tantos años, Charlie Sheen tuvo acostumbrada a la opinión pública. Sin embargo, hubo al menos una vez en la que el problemático actor quiso portarse como un ciudadano moral y responsable ante la ley. Una que se volvería legendaria.

El episodio ocurrió en 1991, en plena juventud y estrellato de quien quizás hoy todos recuerden por su célebre papel en la popular sitcom Two and a Half Men. Fue una noche de ese año, durante una de las tantas fiestas a las que habrá asistido a lo largo de su vida, cuando se topó con un perturbador descubrimiento. Un VHS que un crítico y periodista de cine llamado Chris Gore le dio para que viera. Y eso mismo hizo en su casa, al volver la fiesta.

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Lo primero con lo que se encontró cuando lo puso y le dio play a la videocasetera fue con una mujer oriental amordazada y atada a una cama. Luego, con un hombre disfrazado de samurai, también oriental, decapitando una gallina y arrojando su cabeza al lado de la mujer aterrorizada. Después vio cómo ese mismo hombre sedaba con una inyección a su víctima, para, acto seguido, torturarla y desmembrarla viva. Y por último, con la mujer ya muerta, observó petrificado cómo su cadáver descuartizado era manipulado por su asesino hasta ser convertido en una grotesca “obra de arte”.

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Charlie Sheen.

Charlie Sheen.

Asqueado y aterrorizado, apagó el televisor. Charlie no podía creer que aquel oscuro mito urbano se hubiera hecho realidad ante sus ojos. Acababa de ver una de esas películas de las que tanto se había hablado y escrito desde las épocas del Clan Manson. Esas que mostraban asesinatos reales para luego ser comercializadas en el mercado negro, de las cuales jamás se había podido confirmar su existencia. Ahora, él podía probar que eran verdaderas. Tenía en su poder una auténtica película “snuff”. Y tenía que alertar al mundo.

Fue entonces cuando la estrella de Hollywood llamó al FBI. Aparentemente, conocía a alguien en la fuerza y decidió contarle acerca de su macabro hallazgo y de cómo había llegado a sus manos. Pero, para su sorpresa, si bien su testimonio resultaba útil no representaba ninguna novedad para el “buró”. Según contó el actor a los periodistas que difundieron la historia días más tarde, los federales estaban al tanto de la cinta y se habían dispuesto a investigar su procedencia. Y, para ello, iban a tener una charla con el hombre a través del cual Chris Gore había adquirido el film en primera instancia. Un periodista y distribuidor cinematográfico estadounidense llamado Charles Balun.

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Un malentendido que fogoneó toda una leyenda urbana

“Nunca derribé los rumores. Al contrario, medio que dejé que se propagaran”, dijo que hizo, mucho tiempo después, Balun, en relación a toda esta anécdota (porque hoy no es más que eso) en la que su nombre se vio involucrado. Y lo hizo porque le parecía de lo más divertido. No podía creer que alguien tan famoso como Sheen, ni mucho menos el mismísimo FBI, hubieran armado semejante escándalo por un simple VHS que había salido de su propia casa.

No, Balun no había difundido ninguna película snuff ni había cometido delito alguno. Tan solo había copiado, en un casete regrabado, un mediometraje japonés lanzado hacía más de seis años. Eso sí, nobleza obliga, se trataba de uno bastante explícito y realista, no apto para estómagos sensibles.

El opus de 1985 en cuestión se titula Flower of Flesh And Blood (que traducido al castellano significa “Flor de Carne y Sangre”) y es la segunda parte de una saga conocida como Guinea Pig. Al igual que la película original de esta franquicia -del mismo año y titulada The Devil's Experiment (“El Experimento del Diablo”)-, esta “secuela” dirigida por el reconocido historietista japonés Hideshi Hino emula ser una película snuff, en la que (en este caso) un psicópata secuestra a una mujer para torturarla, mutilarla y asesinarla frente a cámara. Sin embargo, el acercamiento de Hino es mucho más cinematográfico que en The Devil's Experiment, la cual fue filmada de una manera tosca y desprolija para, justamente, parecerse más a una grabación amateur. Flower of Flesh and Blood, en cambio, está repleta de planos, cortes y recursos narrativos (como el uso de la cámara lenta, por ejemplo), y en lo único en que puede ser tomada como la filmación de un auténtico asesinato es en el realismo de sus efectos especiales, de una calidad y pericia poco vistas en la historia del cine.

Según le reveló Balun al periodista Bryan Layne, el “Charlie Sheen-snuff-FBI gate” surgió de un gesto que tuvo para con un colaborador de la revista Deep Red, la cual en ese momento dirigía. “Él iba a hacer una fiesta de cumpleaños y me pidió que le pasara el video más perturbador, grotesco y sangriento que se me ocurriera, para poder mostrárselo a sus invitados. Así que me puse a revisar lo que tenía y me acordé de que alguien me había regalado varias de las películas de Guinea Pig. Entonces, copié Flower of Flesh and Blood y, con una tituladora, le agregué una frase. 'Cualquier cosa digna de ser hecha es digna de ser exagerada', decía, y abajo le puse mi nombre. Le di el VHS y una de las personas que lo vieron fue Chris Gore, quien, de alguna manera, se la debe haber mostrado a Charlie Sheen. Supongo que Charlie debe haber conocido a alguien en el FBI o lo que mierda sea, y que ellos deben haber pensado que se trataba de una película snuff genuina. La cuestión es que, tiempo después, este colaborador al que le había dado el video me llama y me dice que no me sorprenda si recibía una llamada del FBI, porque mi nombre había quedado registrado en la cinta”, contaba Balun en 2007. Y concluía: “Me acuerdo que me reí de lo ridículo que era todo porque, entre todas las cosas de Guinea Pig que tenía en casa estaba el documental que muestra cómo se filmó Flower of Flesh and Blood. Así que pensé que si venían a acusarme de haber distribuido una película snuff no iba a tener que decir ni hacer nada más que poner el documental y mirarlos a la cara como los idiotas que son. Igual, nadie del FBI me contactó nunca. Probablemente vieron el video y se preguntaron por qué había trailers de otras películas cuando terminaba. O por qué el supuesto asesino real no se preocupa por esconder su cara. O por qué había efectos de sonido, múltiples ángulos de cámara y tantos cortes de montaje. O, simplemente, ¡por qué la víctima no se moría desangrada!”.

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Hideshi Hino.

Hideshi Hino.

No obstante, quienes sí fueron contactados por las autoridades fueron los realizadores japoneses del film. Pero a diferencia de sus pares estadounidenses, no se acercaron a ellos para determinar si el asesinato que se mostraba en pantalla era real o no. Lo que a los agentes nipones les preocupaba era algo mucho más perturbador. Algo que en verdad podía servirles en su investigación de una serie de crímenes para nada ficticios.

El horroroso raid del “Asesino de niñas pequeñas”

El 22 de agosto de 1988, Mari Konno volvía a su casa de lo de una amiguita con la que había pasado una tarde de juegos, en la tranquila ciudad de Saitama. Pero la nena, de tan solo 4 años, nunca llegó. A pesar de que su búsqueda comenzó de inmediato, y de que testigos aseguraron haberla visto acompañada de un extraño, la Policía no encontró ni un solo rastro de su paradero.

Seis semanas habían pasado desde la desaparición de Mari, cuando, por el mismo vecindario, otra nena jamás volvió a su hogar. Se trataba de Masami Yoshizawa, de 7 años, quien, al igual que Konno, caminaba sola al momento de ser abducida. Decenas de personas se sumaron a la búsqueda. Pero, como con Mari, no se encontró ninguna pista.

Dos meses después, y por tercera vez en menos de medio año, otra niña fue reportada como perdida. Se trataba de Erika Namba, de 4 años, quien, al igual que Mari, volvía de jugar en lo de una amiga cuando no se supo nada más de ella. Sin embargo, a diferencia de las dos nenas anteriores, Erika fue encontrada por las autoridades al día siguiente... muerta. Su cuerpo desnudo y atado de pies y manos había sido abandonado en un bosque a 50 kilómetros de su hogar. De pronto, la Policía confirmó su mayor preocupación, a la vez que el terror se apoderó de la sociedad entera.

Un asesino serial de niñas andaba suelto.

Cuando los investigadores relacionaron el crimen de Namba con las desapariciones de Konno y Yoshizawa, tratadas hasta ese momento como sucesos independientes, notaron una similitud en los dos primeros casos. A los pocos días de lo sucedido con cada una de las nenas, ambas familias recibieron extrañas llamadas telefónicas. Del otro lado de la línea, una persona respiraba, sin pronunciar palabra alguna, hasta cortar.

Lejos estuvieron de ser esas llamadas los únicos contactos atemorizantes que los parientes de las víctimas tuvieron que sufrir. A menos de una semana del crimen, el padre de Erika Namba recibió una postal en su domicilio. La misiva contenía un mensaje formado por letras recortadas de diarios, revistas y carteles, que decía:

Erika. Fría. Tos. Garganta. Descanso. Muerte.

A su vez, el 6 de febrero de 1989, el padre de Mari Konno encontró una caja esperándolo a los pies de la entrada de su casa. En su interior había cenizas, fragmentos de huesos carbonizados y diez dientes de leche. También había fotos de shorts y bombachas infantiles. Por último, una hoja de papel con letras recortadas de distintas publicaciones, que formaban el siguiente mensaje:

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Tsutomu Miyazaki y sus víctimas.

Tsutomu Miyazaki y sus víctimas.

Mari. Huesos. Cremada. Investigar. Probar.

Si bien en un principio los estudios del experto forense convocado por las autoridades no eran determinantes (lo cual fue comunicado a la opinión pública mediante una rueda de prensa), días después si arribaron a un resultado concluyente: los restos que aquella macabra caja contenía eran humanos y pertenecían a la niña perdida. A pesar de ello, el 11 de ese mismo mes un nuevo paquete llegó a la residencia de los Konno. En esta oportunidad, se trataba de un sobre que contenía una foto Polaroid de Mari y una carta titulada “Confesión del crimen”, firmada por un tal “Yuko Imada”. La misiva decía:

Puse la caja de cartón con los restos de Mari en la puerta de su casa. Hice todo, desde el principio del incidente hasta el final. Vi la conferencia de prensa de la Policía en la que dijeron que los restos no eran de Mari. En cámara, su madre dijo que el reporte le daba una nueva esperanza de que pudiera estar viva. Supe entonces que tenía que escribir esta confesión para que no siguiera con esa esperanza en vano. Lo digo otra vez: los restos son de Mari.

Mientras la Policía intensificaba su investigación para dar con el temible “Asesino de niñas pequeñas”, como la prensa había empezado a llamarlo, los forenses continuaron sus estudios de los restos de la menor. Cuando finalizaron, pudieron establecer que prácticamente todo su esqueleto había sido alojado por el criminal en la caja, salvo sus manos y pies, los cuales, aparentemente, había diseccionado del resto del cuerpo. Para ese momento, otra carta firmada por Yuko Imada llegó a lo de los Konno. Esta vez se titulaba, simplemente, “Confesión”, y decía:

Cuando me quise acordar, el cadáver de la niña se había puesto rígido. Quise cruzarle las manos sobre su pecho, pero no cedían. Pronto, el cuerpo se llenó de manchas rojas. Grandes manchas rojas. Después de un rato, se cubrió de estrías. Antes estaba tan rígido, y ahora se sentía como si estuviera lleno de agua. Y olía. Cómo olía. Como nada que jamás hayas olido en todo este mundo.

El 6 de junio de 1989, Ayako Nomoto, de 5 años, jugaba sola en un parque cercano a la bahía de Tokio cuando desapareció sin dejar rastro. El terror volvió a azotar a la comunidad: el “Asesino de niñas pequeñas” había vuelto a atacar. Tras cinco días de intensa búsqueda, el torso desnudo de la nena fue encontrado cerca del baño público de un cementerio. No así el resto de las partes de su cadáver.

Desesperados, los investigadores trabajaban las 24 horas analizando todo lo que tuvieran a su alcance para dar con cualquier pista que les permitiera encontrar al “serial killer” que mantenía en vilo a todo Japón. Fue entonces cuando se hicieron eco de una hipótesis que había llamado su atención:

¿Y si el hombre que buscaban se había inspirado en una película hiperviolenta?

“Cuando el 'Caso Ayako' tuvo lugar, varias personas que habían visto Guinea Pig 2 se comunicaron con la Policía porque pensaron que el asesino probablemente había visto la película y había imitado a su protagonista en la vida real. Así que me contactaron para que tuviera una reunión con los detectives y pudieran preguntarme acerca de la psicología del personaje. Les dije que sí y mediante mi productor agendamos una fecha para conversar unos días después”, contó Hideshi Hino a Vice en 2009. No obstante, la reunión finalmente nunca se concretó: “Antes de que se diera, Tsutomu Miyazaki fue detenido”.

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La habitación de Tsutomu Miyazaki.

La habitación de Tsutomu Miyazaki.

Adiós al “Asesino de niñas pequeñas”, hola al “Asesino Otaku”

El 23 de julio de 1989 dos hermanitas jugaban en una desolada vereda cuando un auto se detuvo frente a ellas. El conductor hizo entrar a la menor de las niñas al asiento trasero del coche, mientras que a la más grande, de 9 años, le ordenó que se quedara donde estaba. Cuando el auto se fue, la hermana mayor volvió corriendo a su casa y le avisó a su papá lo que había pasado.

Desesperado, el hombre salió a la búsqueda del secuestrador de su hija. Por fortuna, unos pocos minutos más tarde encontró el vehículo descrito por su otra niña a la vera de un río. Se acercó y, a través de la ventanilla, logró ver a su hija mayor desnuda y aterrorizada mientras un joven de contextura pequeña y manos deformes de dedos puntiagudos le tomaba fotos a sus partes íntimas. Enfurecido, el padre arrastró al pervertido fuera del coche y lo golpeó, pero éste logró zafarse y escapar, adentrándose en una zona pantanosa del río.

Aliviado por haber podido rescatar a la nena, pero preocupado por no haber evitado la fuga de su atacante, el hombre alertó a la Policía, la cual, rápidamente, se hizo presente en el lugar. Para sorpresa de todos, mientras los efectivos escuchaban el relato del testigo, el secuestrador volvió a buscar su auto. Los policías lo detuvieron, sin que opusiera demasiada resistencia. Minutos después, lograron identificarlo.

Su nombre era Tsutomu Miyazaki. Tenía 26 años. Y estaban seguros: "Por fin habían atrapado al infame “Asesino de Niñas Pequeñas”.

Para probarlo, los investigadores no tardaron en conseguir una orden de allanamiento a su domicilio. A tan solo horas de su detención, detectives y forenses entraron a la habitación del bungalow que Miyazaki compartía con una hermana menor. Allí, se toparon con una extensísima colección de casi 6.000 VHS. Entre ellos, había cientos de películas violentas y de terror. Varios no se sorprendieron cuando descubrieron en aquella videoteca un título que ya había captado su atención días antes: “Guinea Pig”. También había decenas de películas animé (NdR: dibujos animados japoneses), revistas de manga (NdR: historietas japonesas) y pornografía, tanto de adultos como infantil. Pero sin duda lo más perturbador que hallaron fueron las grabaciones y fotos que el mismo asesino había registrado de sus víctimas.

Tras la confesión de sus crímenes (en la que, además, reveló el paradero de las partes faltantes de los cuerpos de Mari Konno, Masami Yoshizawa y Ayako Nomoto), la historia de Tsutomu Miyazaki, cuyo apodo fue reemplazado por la prensa por el de “Asesino Otaku” (NdR: término con el que se denomina a los fans del manga y el animé), encabezó la agenda de todos los diarios, emisoras de radio y canales de televisión. De esa manera, Japón y el mundo se enteraron de su historia.

De que era el primogénito de una familia acaudalada e influyente de Tokio.

De que había nacido prematuro y con una extraña deformación en sus manos, que lo volvió una persona retraída durante toda su vida.

De que había sido desatendido emocionalmente por sus padres, cuya única manera de demostrarle afecto era a través de bienes materiales.

De que se había refugiado desde muy joven en el mundo de ficción que le brindaban las películas, los dibujos animados y las historietas.

De que había sido víctima del bullying durante sus años escolares.

De que, lleno de frustraciones y odio, se había recluído de la vida social para sumergirse en fantasías cada vez más oscuras.

De que había pasado de ver películas XXX convencionales a consumir material pornográfico infantil.

De que poco después de espiar y atacar en la ducha a su propia hermana había secuestrado y matado a su primera víctima.

Más allá de los trastornos psiquiátricos particulares de Miyazaki -un pedófilo asesino con tendencias necrofílicas y antropofágicas (tras descuartizar a Mari Konno, comió parte de sus manos y pies)-, la sociedad nipona no tardó en demonizar a la cultura otaku y a los consumos de contenido violento, a los que muchos veían como principales responsables de su mente enferma. “El peligro de toda una generación de jóvenes que no experimentan ni siquiera la relación más primaria con su madre o su padre y que no pueden hacer la transición del mundo de fantasía del manga y los videos a la realidad, es ahora extrema”, llegó a decir durante esa época Keigo Okonogi, un respetado psicoanalista de la Universidad Internacional del Tokio, a propósito del caso. La misma época cuando los problemas para los responsables de Guinea Pig comenzaron a acumularse.

“Nunca llegamos a la corte, pero hubo muchas dificultades. Sobre todo cuando una copia de Guinea Pig fue encontrada en la habitación de Miyazaki. Era la de otro episodio de la franquicia, en el que yo no tuve nada que ver. Desafortunadamente, la Policía había visto Guinea Pig 2 justo antes de arrestarlo. No tenían idea de que Guinea Pig era una serie de películas, así que apenas vieron que había un video con ese nombre pensaron que era la que dirigí yo. La Policía le dijo a la prensa que habían encontrado mi película en el cuarto del asesino y la desinformación no tardó en generalizarse”, contó Hideshi Hino en la etrevista de Vice antes citada. Tal fue el escándalo que se generó que tanto Flower of Flesh and Blood como todos los episodios de la saga Guinea Pig fueron retirados del mercado. A su vez, la carrera como artista de comics de Hino se vio fuertemente perjudicada durante años.

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Del “Hombre Rata” a la horca

El juicio de Tsutomu Miyazaki comenzó el 30 de marzo de 1990 y duró siete años. Su padre se negó a pagarle un abogado. “Sería injusto para las víctimas”, explicó, antes de suicidarse en 1994, avergonzado y lleno de culpa por haber criado a ese hijo.

A lo largo de todo el proceso, en el que una gran cantidad de especialistas intentó determinar si era apto para ser juzgado o no, Miyazaki aseguró que era inocente de los crímenes, ya que los había cometido bajo coacción. Según su testimonio, el “Hombre Rata”, un ser humanoide con las características de ese roedor a quien él veía desde muy joven, lo había obligado a llevar a cabo todas sus atrocidades. Más allá de la delirante historia (producto, según algunos psiquiatras, de su presunta esquizofrenia, o de su trastorno de personalidad múltiple, de acuerdo al diagnóstico de otros) la opinión pública se impresionó con la tranquilidad mostrada por el acusado en todo momento, como también con los dibujos que hizo de su escalofriante alter ego.

Finalmente, el 14 de abril de 1997, la Corte de Distrito de Tokio determinó que el asesino estaba al tanto de la magnitud y consecuencias de sus crímenes al momento de cometerlos, por lo que lo sentenció a muerte. El fallo fue ratificado por la Alta Corte de Tokio en 2001 y por la Suprema Corte de Justicia de Japón en 2006.

Tsutomu Miyazaki fue ejecutado en la horca el 17 de junio de 2008. Cuando el servicio penitenciario llamó a su madre para que pasara a retirar tanto sus cenizas como la colección de manga y anime que se había dedicado a leer y ver durante sus años de encierro, ella respondió: “Les dejo la limpieza a ustedes”.

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