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La Mañana Plancha

Una plancha de hierro, el armazón para Doña Enriqueta

De niña, fue discriminada de tal manera que debió dejar la escuela. Pudo superar las barreras de las burlas y formó una familia que la llena de amor. Planchó a domicilio por más de 50 años.

La historia de Enriqueta Rosa Rodríguez, quien acaba de cumplir 80 años en la localidad de Mariano Moreno, es un ejemplo de superación para hacer frente a las barreras de la discriminación.

Una marca que vino con ella en su nacimiento le condicionó una niñez feliz y atravesó gran parte de su vida con el dolor de sentirse distinta.

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Su labio partido por una malformación de su paladar le impidió cursar en forma completa sus estudios primarios. La poca empatía y contención de los entonces docentes de la Escuela 36 de Covunco y las burlas de sus compañeros acabaron finalmente con el deseo de aprender a leer y a escribir.

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Se recluyó en el hogar de sus padres a ayudarlos a trabajar en la chacra y hasta supo conformarse con revisar los cuadernos a sus hermanos cuando llegaban de la escuela.

Era, según sus palabras cargadas de pena y al borde las lágrimas, una forma de acercarse “un poquito a eso tan lindo llamado educación”.

En la edad en que un niño debería estar detrás de un pupitre, ella andaba en la calle ganándose la vida vendiendo verduras y leche de vaca en botellas. Con esas tareas colaboraba con la economía familiar. A los 13 años ya trabajaba de planchadora a domicilio.

Hoy ella es dueña de una integridad humana que inspira admiración y respeto porque hizo de sus propias debilidades su mejor roca y fortaleza.

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Los planchados como forma de vida

Al no poder estudiar en aquellos tiempos: lavar, barrer, cuidar niños y planchar fue el destino inevitable de Tita, como la llaman sus seres queridos.

Por más de 50 años, hizo planchados a domicilio en el Barrio Militar de Covunco Centro. Tiene dos hijos del corazón que le han dado por herencia nietos y bisnietos. Nació y creció en la sección chacras de la Colonia Agrícola y Pastoril del Valle del Covunco.

Su documento certifica su nacimiento el 22 de mayo de 1942. Padecer de labio leporino condicionó su niñez, pero al mismo tiempo agigantó su temple y decisión de enfrentar la vida con sus mejores armas: la lucha con el esfuerzo y una cuota enorme de amor propio. Una plancha de hierro marca Pietra fue su fiel compañera.

Su familia la considera un baluarte y el pueblo de Mariano Moreno la admira y la respeta por su humildad, su coraje y dedicación por su familia en épocas difíciles.

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El desafío de aprender a escribir

Siendo niña a Enriqueta le robaron la inocencia, no le permitieron estudiar y la estigmatizaron de la peor manera. A la escuela y a sus compañeros los tuvo que mirar desde lejos.

Con los años, me dijeron porque no estudias en el colegio nocturno, pero yo ya estaba trabajando por mí y por mi familia”, contó.

Resultado de aquella discriminación en la primaria ella no sabe leer ni escribir, tampoco puede estampar su firma. “La verdad que ya estoy grande pero también quiero y siento la necesidad de cerrar aquel triste momento y aprender a escribir mi nombre. Así que con la ayuda de mi familia le voy a poner ganas para poder hacerlo y darme y darles una alegría a todos”, dijo esperanzada y con la cara llena de alegría.

“Como no podía estudiar comencé a acompañar a mis padres en sus trabajos, era una época muy difícil y muchas veces la comida no alcanzaba”, explicó. Así lo hizo. En la chacra familiar quedaron los rastros de su trabajo mientras que en el barrio militar de Covunco quedó su impronta laboriosa y muchos de sus antiguos patrones o aquellos niños que cuidaba (hoy hombres y mujeres con familia) con cierta periodicidad la llaman por teléfono o viajan para visitarla para acercarle su cariño y agradecimiento".

Me alegra que me recuerden porque yo hice con mucho amor mi trabajo”, dijo. Mientras tomó entre sus manos su añorada plancha, con mucho orgullo, dijo: “Con esta me gané la vida para comer y ayudar a mi familia”.

Su historia de vida

Los padres de Enriqueta se casaron muy jóvenes. Su madre Margarita Godoy tenía 15 años y 1su padre Rosamel Rodríguez, 18. Tuvo diez hermanos, seis mujeres y cuatro varones.

Su padre era empleado de ferrocarril y su madre ama de casa y productora. Su primera patrona fue Elsa Alzamendi, esposa de una oficial del ejército en Covunco. Con ella trabajó de los 13 a los 18 años

De los 18 a los 21 años estuvo casada con el conocido carpintero Braulio Carinao. Ella se casó muy joven por civil y por iglesia. Los unió el recordado juez de paz Venancio Olivera. Luego de naufragar en su primer matrimonio, volvió a casarse. Esta vez con Juan de Dios Carinao, con quien crió a dos hijos del corazón, Roberto y Carolina, quienes le dieron nietos y bisnietos que siempre la acompañan.

Años antes de la adopción de sus hijos, el destino se había encaprichado otra vez con ella y le había impedido que su hija biológica naciera con vida. Fue otro golpe a su maltratado corazón.

La antigua plancha a carbón marca Pietra es un verdadero tesoro de la familia. Esa fue la herramienta con la cual doña Enriqueta se ganó la vida yendo a trabajar al barrio militar caminando en medio de los fríos inviernos y los intensos calores de verano. Nada la detuvo. Trabajó hasta los 70 años y hoy disfruta de todo lo que sembró en su familia. La plancha era calentada con brasas de carbón o leña. “Es un tesoro valioso de la familia y en especial porque es un regalo que me hizo mi madre sin saber que cambiaría para siempre mi vida”, afirmó.

El cumple 80

Más allá del cotillón, la comida, los regalos y la tradicional torta, lo que distinguió al festejo del cumpleaños 80 de Enriqueta fue que “todo el tiempo estuvo rodeada de mucho amor y del bueno”.

Antes de cortar la torta y después de soplar las velas con el número de su cumpleaños, ella se dirigió a toda su familia diciendo: “Le doy gracias a toda mi familia que me hicieron el cumpleaños. Que tengan mucha suerte, salud y vida. Gracias y un beso a todos”.

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Más tarde, sus hijos Carolina y Roberto también le expresaron cálidas palabras de agradecimiento por todo lo que ha hecho por ambos. “Ha sido nuestro puntal siempre”, coincidieron ambos en señalar.

También su sobrino Alejandro brindó unas palabras muy emotivas: “Ella toda su vida se ha dedicado a dar y a brindar amor. Acá no se trata de los niveles de instrucción sino de encarar la vida con amor. Ella ha sido nuestro ejemplo y ese ejemplo se lo he podido transmitir a mi hija Sofía. Estamos orgullosos de usted porque ha estado con nosotros en todo momento”.

Por último, sus hermanas y el resto de la familia también le expresaron todo el amor, el respeto y la admiración. Al final, una foto grupal selló tan lindo acontecimiento y que seguramente quedará en el recuerdo y en el corazón de todos.

El amor por encima de todo

El intercambiar palabras con doña Enriqueta fue en un canto a la vida desde el primer momento. Al ver sus ojos se puede observar que había un brillo especial, ése que solo las personas de bien pueden irradiar. Al escuchar su historia, se puede comprender que no hay ningún resentimiento contra nadie por todo lo que la hicieron sufrir en algún tramo de su vida. Solo hay buenos sentimientos y buenos recuerdos que contar. A veces el llanto le ganó y se pudieron ver sus lágrimas y entender que si hubo dolor en su vida, se lo llevará con ella. En todas sus palabras solo hay amor por su familia y por todos los que alguna vez le tendieron una mano y por aquellos que no. Se puede decir con seguridad que es un baluarte de la historia de Mariano Moreno como pueblo y de su gente.

En minutos. Tita enseñó que ninguna discriminación puede ser un escollo o barrera para conseguir los proyectos de vida. Es solo cuestión de actitud. Es solo cuestión de seguir adelante a pesar de cualquier discapacidad o defecto que se puedan tener. Es un ejemplo de superación que merece todo nuestro reconocimiento y admiración como otras tantas personas que han seguido el mismo camino de lucha y superación.

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