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Wanda, la primera habitante de las viviendas para mujeres trans

Fueron impulsadas por la hermana Mónica Astorga y construidas por el gobierno provincial. Gracias a ellas, Wanda tuvo su primer techo digno.

Cuando le entregaron su primera vivienda, la decoró de rojo. Las cortinas, el tapizado del futón, hasta las sillas otomanas, todas de rojo. Por fin, después de 21 años de vivir en la calle o en departamentos precarios, pudo darse el lujo de amoblar su propio hogar, que es uno de los 12 departamentos que el gobierno de la provincia de Neuquén entregó a mujeres trans en situación de vulnerabilidad.

Wanda Cantiani nació en Buenos Aires pero lleva 20 viviendo en Neuquén. Dice que nunca la expulsaron de su casa porque prefirió abandonar el seno familiar a los 15, cuando ya adivinaba el destino que tendría tras asumir su verdadera identidad. A esa edad, ya se dedicaba a la prostitución.

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Los riesgos de trabajar en una esquina se terminaron cuando conoció a su pareja actual, hace 9 años. Él vendía artículos de limpieza de casa en casa y le enseñó los secretos del oficio. Wanda se animó. Con la calidez que la caracteriza, logró armarse una cartera de clientes y empezó a ofrecerles otros productos. Les vendía las cosas que más le gusta hacer: jardinería y conservas.

En su nueva cocina de cortinas verdes, Wanda se ocupa de envasar las berenjenas. Sobre el granito gris reposa una gran variedad de productos de limpieza y, mientras cuenta su historia, su voz se mezcla con el ruido del nylon que usa para envolver.

Ella es la primera habitante del primer barrio del país construido exclusivamente para mujeres trans en situación de vulnerabilidad. La iniciativa fue gestada por la hermana Mónica Astorga, una carmelita descalza de Centenario que dedica su vida a trabajar por las mujeres trans.

La religiosa aún se acuerda de todos los obstáculos que tuvo el proyecto, que incluyó el rechazo de los propios vecinos del sector, que no querían convivir con mujeres trans o que creían que ellas no merecían recibir una vivienda. “La elección no fue fácil porque la mayoría de las trans viven en lugares realmente inhumanos, en piecitas de tres por dos metros, sin cocina y pagando alquileres de más de 10 mil pesos”, dijo Astorga.

Wanda vio a Mónica por primera vez se acercó a la casa trans en Candelaria 180, donde la monja montó un centro de capacitación para mujeres trans.

“Hace tres años, junto a otras dos chicas armamos un emprendimiento de viandas ideado por ella”, dice. Cuando el proyecto se disolvió, Wanda se quedó trabajando en la casa como encargada. Allí coordinaba a las talleristas y ofrecía desayunos, cenas y duchas calientes a las mujeres trans que aún viven en la calle.

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Wanda en su casa con los muebles rojos.

Wanda en su casa con los muebles rojos.

Fue la propia hermana Mónica la que, hace tres años, se animó a pensar en un complejo de viviendas para ellas. Wanda se había anotado pero hasta los días previos a la mudanza no sabía si le iba a tocar. “Se armó un listado y nos eligieron según la vulnerabilidad de cada una”, dice ella y aclara que el proyecto exigió vencer muchos obstáculos, pero se concretó con relativa rapidez.

“Como no tenemos recibo de sueldo, es muy difícil alquilar un departamento”, asegura. “Y también por nuestra condición de mujeres trans; algunos directamente no te alquilan o te piden precios altísimos”, admite. Por lo general, los propietarios exigen el triple de lo que le pedirían a una persona cis.

Así, Wanda tuvo que ingeniárselas para encontrar un hogar. Sus muebles de antes tenían que tapar las manchas de humedad, el revoque descascarado o las conexiones precarias. Ahora no. Ahora pudo darse el gusto de dormir en una casa a estrenar, de equiparla con muebles rojos y soñar proyectos para el patio.

La hermana Mónica pidió que las tuvieran siempre iluminadas, para barrer con todos esos años en que las mujeres trans vivieron en la oscuridad. “Mucha gente está esperando el fracaso de este proyecto para seguir condenando a las trans. Ellas también merecen vivir en un lugar digno y no en piecitas realmente inhumanas”, declaró.

Su amor por la jardinería, que la lleva a cortar el pasto en los barrios residenciales que habitan sus clientes, la motiva a querer llenar de verde su nuevo jardín. “También voy a hacer una huerta, con verduras para consumo propio y otras para mis conservas”, afirma.

* Esta crónica fue producida en el marco de la Beca Cosecha Roja.

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