Faltan poco más de diez días para el inicio del ciclo lectivo. Sobran anuncios estridentes, declamaciones políticamente correctas y obviedades conceptuales. Hay muchos actores en la mesa del debate, pero un gran ausente: las familias y los niños y niñas.
La mayoría no tiene ninguna notificación de cómo será el día a día en la escuela. Y atraviesan esta situación con consultas colectivas socializadas vía Whatsapp (el gran canalizador de las dudas y temores) y con un solo eje común: la incertidumbre.
La situación excede al debate por la necesidad o no de la presencialidad escolar. Es otra discusión. Lo que sorprende es que las autoridades piensen que, para las familias, la mayor complicación es armar la mochila. ¿De verdad piensan que esto es cuestión de poner los útiles necesarios?
Si algo terminó de confirmar la pandemia es que la comunicación es fundamental. Sorprende que no vean y entiendan que la ausencia de comunicación no impide el aumento de la incertidumbre. Parece que pensaran que hasta que no se comunica algo certero, no pasa nada en la psicología de las personas. Insólito.
Faltan poco más de diez días y el pedido no es otro que tener la certidumbre de la praxis de cómo funcionara esta historia. Habrá familias que deberán preparar a sus niños y niñas deseosos de volver a la normalidad de que la escuela no será la de antes, que no podrán abrazar a sus amigos, que la vida será a distancia.
Otras deberán acompañar y preparar psicológicamente a sus hijos e hijas que tienen algún temor de contagiarse y contagiar a sus abuelos. Y habrá cientos de historias más.
Hoy, las familias no tienen definiciones para poder (o al menos intentar) manejar esas emociones. Lamentablemente, no se solucionan con textuales repletos de obviedades.
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