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La Mañana Diego

22 de junio de 1986, el día que Diego (re)inventó el fútbol

A las 16.09 de aquella jornada histórica ante Inglaterra, Maradona cambió para siempre al deporte más popular. Hoy se cumplen 35 años.

Si Dios todo lo ve, entonces podemos estar tranquilos de que Diego podrá disfrutar de este día tan especial, regado de diferentes tipos de homenajes, aunque hay uno que seguramente lo hará sentirse más que orgulloso: desde este año, el 22 de junio es considerado el “Día del futbolista argentino”. Nadie es tan representativo como él, nadie tan jugador siempre, en cualquier circunstancia. Se cumplen 35 años de sus dos goles a Inglaterra, del triunfo con el que se eliminó del Mundial 86 al equipo británico. Porque ése es el orden lógico. Con el mayor de los respetos que se merecen los otros 21 jugadores que formaban aquel plantel de Bilardo, el 2-0 fue, ante todo, el triunfo de Diego, el partido de los dos goles que son un semblanteo perfecto de lo que significa un jugador de fútbol: talento, picardía, engaño, eficacia… Maradona, en fin.

Hasta el año pasado, el “Día del futbolista argentino” también estaba emparentado con un partido contra Inglaterra, aunque de muchísimos años antes, uno que se jugó en la cancha de River el 14 de mayo de 1953 y el seleccionado nacional le ganó al del Reino Unido 3-1.

Esa tarde, en un estadio con más de 85 mil personas -récord insuperable hasta el momento- Ernesto Grillo metió un golazo que fue calificado como “el gol imposible” por el ángulo cerrado sobre el que terminó definiendo. Fue el 1-1 de un partido que, finalmente, ganó Argentina por 3-1, en un resultado histórico porque se trató del primer triunfo contra los inventores del fútbol. Y quedó para todos los tiempos como “el gol de Grillo a los ingleses” sin importar que aquel día el delantero hizo un gol más, el del 3-1, que cerró el resultado.

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Treinta y tres años después también hubo dos goles, el de la mano de Dios y el del pie de Dios; el gol pirata y el gol perfecto, el gol del siglo, que generó una movida para que todos los fanáticos pongan a las 16.09 el relato de aquella jugada y vuelvan a gritar y a festejar como hace 35 años. Los que estaban para rememorar el momento y las compañías de entonces. Y quienes eran muy chiquitos o aún no habían nacido, para vibrar y sentir lo que pocas veces se sintió con la selección argentina en un Mundial. Porque no era una final, pero era “el” partido.

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Diego ya no está, al menos no físicamente, como para aportar su mirada, su vivencia, sus sensaciones. Sí están los que corrían junto a él. Burruchaga por el medio y Valdano más a la izquierda, entrando al área por el segundo palo. El mismo Valdano que contó haberse sentido humillado en el vestuario tras el partido cuando, en las duchas, Diego lo sorprendió diciéndole que había estado durante toda la corrida viéndolo y tratando de darle el pase, pero nunca encontró el hueco. Semejante comentario empequeñeció al enorme delantero nacido en la localidad santafesina de Las Parejas, quien no podía creer que la cabeza de Maradona, que corría esquivando rivales y sin perder atención ni dominio sobre la pelota, tuviese lugar para procesar un eventual toque a un compañero. Pero estaba claro que Diego era capaz de eso y de todo cuando de fútbol se trataba.

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La carga simbólica que aquel mano a mano de cuartos de final tuvo para los argentinos dentro de las fronteras de nuestro país, fue mucho mayor que la que tuvieron los jugadores. En México a ninguno le escapaba que el oponente representaba nada menos que al país con el que se había estado en guerra, combatiendo y cayendo derrotados, hacía solo cuatro años. Y con tantísimas pérdidas de vidas humanas, de pibes víctimas del desquicio de las autoridades que decidieron dirimir el conflicto de Malvinas con balas y fusiles, produciendo un daño psicológico para los que pudieron volver que en muchos casos mutó en suicidio o en locura. Quizás, en el contexto del fútbol, eso podía ser un combustible extra que diera fuerza al motor a pesar de que los futbolistas sabían, también, que en definitiva los 11 ingleses que saldrían al Azteca a jugar contra ellos no eran más que pares, colegas, y que por más placentero que pudiese significar eliminarlos de la copa del mundo, ningún triunfo deportivo haría justicia o compensaría las enormes pérdidas que hubo por la Guerra de las Islas argentinas en 1982.

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En realidad, si algo preocupaba sobremanera a la delegación, eran las camisetas. Bah, básicamente el más preocupado era Carlos Bilardo, quien no quería dejar ningún detalle librado al azar. El partido se jugaría al mediodía mexicano, con el sofocante calor que hace en el DF en ese horario. Para eso tenía las celestes y blancas que habían viajado desde Buenos Aires especialmente preparadas, hechas con una tela muy liviana y calada (con algunas perforaciones) para poder afrontar los partidos con el menor lastre posible sobre el cuerpo de los futbolistas. Pero cuando en octavos de final tocó Uruguay y en el sorteo Argentina debió usar la azul, el DT supo que ése había sido un detalle mal cuidado, porque la camiseta era de manga corta pero con tela de invierno y no estaba calada. O sea, era más pesada y calurosa que la titular. Y para peor, ante los uruguayos había llovido, por lo que esas remeras pesaron tres o cuatro veces más de lo que el Doctor deseaba.

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Contra Inglaterra nuevamente se utilizaría la azul y Bilardo no quería que el equipo jugara con la misma equipación que había usado en octavos. Y mandó a un administrativo de la AFA (Rubén Moschella) a comprar camisetas de la misma marca que vestía al seleccionado nacional pero con una tela lo más liviana posible. Y la que se consiguió, si bien efectivamente pesaba mucho menos, tenía un brillo demasiado llamativo. “Los números también eran de un brillante casi cabaretero, que no parecía el más apropiado para jugar un Mundial”, describió con una sonrisa Jorge Valdano, quien estaba presente cuando el entrenador prácticamente se había resignado a que sus jugadores se pusieran la “oficial” que disponía la utilería, aunque fuese menos liviana. Pero en el momento en que las remeras recién compradas iban a ser descartadas, justo pasó Maradona y dijo la frase que le devolvió a Bilardo las ganas de seguir insistiendo: “Que camiseta tan linda”.

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Terminó siendo todo tan improvisado, que además de pegarle esos números que parecían hechos con brillantina, como la que usan los niños del jardín de infantes, hubo que bordarles de urgencia el escudo de la AFA que ni siquiera fue igual al que el equipo tuvo en los otros seis partidos. De hecho, se trataba de un modelo antiguo, sin los laureles que estaban en la parte inferior del logo. Así las cosas, el día en que la Selección Argentina disputó el partido más trascendente de su historia, lo hizo con un escudo al que bien podría calificarse como “trucho”: estaba incompleto. Pero de ese modo salió a la cancha a jugar contra Inglaterra, con una vestimenta comprada a los apurones en un mercado callejero, a la que le pegaron números y un escudo que no correspondían, como esos modelos de imitación que se pueden comprar a bajo precio respecto de la marca original, y con la que Diego Armando Maradona hizo los dos goles más emblemáticos de su carrera.

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Ahora, 35 años después, por primera vez Diego faltará para los recuerdos. Su ausencia duele tanto como reconfortan los homenajes y honores. El hombre que vio a todo el mundo ponerse a sus pies, un estadio con su nombre, murales, adulaciones de todo tipo, hasta una “Iglesia Maradoniana” que le rinde culto religioso, mirará y disfrutará desde algún lado del más allá cómo el “Día del futbolista argentino” es por él. Y para conmemorar los diez segundos de una “corrida memorable”, “dejando en el camino a tanto inglés” y para que “el país sea un puño apretado gritando por Argentina”, y antes de volver ser un barrilete cósmico que aún no sabemos de qué planeta vino, desde las 16.09 será cuestión de revivir el relato y gritar fuerte el mejor gol de la historia, el de la “jugada de todos los tiempos”, el del pie de Dios.

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