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Así fueron los años de violencia que soportó el joven parricida

A Fernando Jara, como al resto de la familia, su padre lo detestaba cuando estaba borracho. Él, sus hermanos y su mamá sufrieron todo tipo de agresiones durante dos décadas. Los jueces ahora deberán resolver si la ira acumulada fue el desencadenante de tan terrible desenlace.

Fernando Jara tiene 28 años y se lo conoce como el parricida de Zapala, pero detrás del brutal homicidio que cometió la mañana del 26 de enero, en plena vía pública y ante la mirada atónita de sus vecinos, hay una sórdida historia de violencia crónica y de ira acumulada que deberá analizar el tribunal de juicio para determinar cómo seguirá su vida.

La Justicia ya sobreseyó a su hermano, Matías (21), y en el proceso, a medida que surgían más detalles del calvario que vivieron por parte de su padre, Orlando Jara (51), pasaron de estar en prisión preventiva a domiciliaria y finalmente los dejaron en libertad.

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En esta situación está hoy Fernando, a la espera del juicio que todavía no tiene fecha por la pandemia.

La violencia crónica

La vida de los Jara estuvo atada a los humores y el alcoholismo de Orlando. “Vivíamos con miedo. Él en casa era una persona agresiva y portón afuera lo ocultaba. Nunca mostró su verdadero rostro a nadie, salvo a nosotros”, contó Fernando a sus abogados, Silvina Fernández Mendaña y Gustavo Lucero.

Tras el crimen, se comenzó a reunir información, y tanto la fiscalía como la defensa debieron leer páginas y páginas que daban cuenta de un padre que había puesto a su familia en una situación límite.

En el 2000 se mudaron a Zapala cuando Fernando tenía 8 años y el menor de los varones, Matías, solo un año. En la vivienda de calle Fuad Sarquis del barrio Zona II, la violencia era cotidiana.

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La mamá, Hilda, ya padecía a su marido desde el mismo momento en que se casó. De acuerdo con los informes y testimonios, sufría violencia en todas sus formas: física, verbal, emocional y económica.

Para Hilda era habitual que su marido llegara de trabajar con hambre y si sobre la mesa no estaba la comida o lo que él deseaba comer o la cantidad suficiente, devenían los cachetazos y las trompadas, y la mujer podía terminar tirada en el suelo sufriendo una pateadura. De hecho, Hilda llegó a perder al menos un embarazo producto de la violencia de su marido.

La mujer contó que Jara, así le decían todos en la casa, nunca quiso a Fernando y lo maltrató desde niño. “Lo solía golpear a puñetazos, a veces con un látigo que se utiliza para el arreo de ganado, con una tabla o con algún elemento que tuviera a su lado. Era tal el desprecio que le tenía, que a veces no lo dejaba comer o lo hacía dormir afuera de la casa, a la intemperie, incluso en invierno”, señaló Hilda en su testimonio.

En el Ejército, Fernando fue a una misión de paz a Haití. Al regresar, el padre quiso quemar la casa.

Defender a mamá

A medida que Fernando creció, ya con 12 años, empezó a defender a su madre de las brutales golpizas de Jara, a lo que el hombre respondía golpeándolo a él y a sus hermanos.

Jara andaba con un facón de grandes dimensiones y una pistola tipo fusil calibre 22, por lo que solía amenazar a los hijos para evitar que se metieran cuando él maltrataba a Hilda.

Lo que volvía una constante estos episodios de violencia era el alcohol. Las borracheras de Jara lo convertían en una bomba de tiempo y las noches en esa casa eran una larga vigilia llena de temor.

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Cuando Fernando tenía 14 años, lo obligó a que aprendiera ajedrez para jugar con él. Lo que parecía un elemento de acercamiento entre padre e hijo se convirtió en otra forma de infligir terror.

En una oportunidad, Fernando le ganó la partida y ese jaque mate se transformó en una golpiza que incluyó una pateadura en el suelo y un tablazo en la cabeza.

El episodio concluyó con Jara ordenándole al hijo, que estaba muy dolorido, que fuera hasta el comedor comunitario a buscar comida.

En el comedor, al verlo tan golpeado, llamaron a la Policía y se le dio intervención a la Defensoría de los Derechos del Niño. En su ingreso al hospital, se comprobó que Fernando había sufrido un traumatismo cráneoencefálico.

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La mamá supuso que esto frenaría a Jara, por lo que comenzó a denunciar las agresiones, pero cuando la Justicia lo notificaba, él tomaba represalias y ella, por temor a que dañara a los hijos, retiraba la denuncia.

En esa familia la violencia era crónica y los varones no querían irse de la casa cuando cumplían la mayoría de edad por miedo a lo que les pudiera pasar a la madre y a la hermana.

Su paso por el Ejército

Fernando a los 19 años se alistó en el Ejército Argentino y añoraba a futuro incorporarse a la Policía neuquina junto con Matías. De hecho su hermano Diego es integrante de la fuerza provincial.

Su ingreso al Ejército le permitió ayudar económicamente a su familia. No obstante, su padre solía arrebatarle parte del sueldo y se lo gastaba en alcohol.

El buen desempeño de Fernando le permitió integrar una misión de paz a Haití, entre octubre de 2014 y mayo de 2015. A su regreso, la gran bienvenida que prepararon sus hermanos con la mamá casi se convierte en una tragedia.

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Los testimonios dan cuenta de que Jara estaba totalmente borracho y fue a exigirle el dinero que había cobrado por dicha misión internacional. El episodio fue terrible, porque el hombre comenzó a destrozar todo, a Hilda le partió un vaso en la cabeza y luego les arrojó vasos a sus hijos. Jara salió de la casa y volvió con un bidón de combustible y comenzó a rociar todo con nafta, incluso él mismo, amenazando con prenderse fuego y quemar a toda la familia. La suerte quiso que la Policía llegara a tiempo y lo llevara detenido.

Este evento derivó en una causa penal y otra en el Juzgado de Familia, pero el hombre nunca cumplió con ninguna de las medidas y pautas impuestas.

Incluso, entre los testimonios de los vecinos del barrio, cuentan que tras las repetidas situaciones de violencia se ha visto a los tres hermanos, Fernando, Diego y Matías, durmiendo en la calle.

Los jueces tendrán que ver cómo traccionó en la cabeza de Fernando toda esta violencia crónica e ira acumulada, el día que resolvió matar al padre y poner fin a décadas de maltratos y temor en las que estuvo sumergido no solo él sino toda su familia.

-> Tuvo una conducta impulsiva extrema

Las pericias que se le realizaron al joven dejaron en claro que Fernando durante el crimen estuvo en un intenso estado emocional que estaría dado por la violencia crónica que afrontó a lo largo de dos décadas. Al ver amenazada su integridad y la de su familia, quedó bajo un estado de gran intensidad emocional capaz de disparar una conducta impulsiva. Muy probablemente haya advertido un riesgo de vida real para su madre y sus hermanos. De ahí la conducta impulsiva extrema.

-> Cronología

26/1 Decapitación y selfie. En plena vía pública, Fernando mató al padre, Orlando Jara (51), le cortó la cabeza y luego se tomó una foto. Fue detenido junto con su hermano Matías. La historia tiene una oscura trama de violencia crónica.

27/1 Acusados y con preventiva. La fiscalía los acusó por homicidio agravado y les dictaron dos meses de prisión preventiva mientras avanza la investigación.

29/1 Les dan la domiciliaria. Lo determinó la jueza Leticia Lorenzo en una audiencia de revisión. Los acusados fueron a la casa de una vecina que los conocía porque eran amigos del hijo. La vivienda debía estar alejada del lugar del hecho.

17/3 Liberan a los hermanos. Fue a pedido de sus abogados, Silvina Fernández Mendaña y Gustavo Lucero, que manifestaron que no existía ningún riesgo procesal. La fiscalía no se opuso, un juez avaló el pedido y los liberó.

3/7 Solo uno va a juicio. Matías fue sobreseído y Fernando será juzgado por un tribunal por homicidio agravado por el vínculo pero atenuado por causales extraordinarias.

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