Mientras las cifras de infectados y muertos por coronavirus aumentan en los contadores a un ritmo que parece incontrolable, los ojos del juicio se fijan sobre los viajeros. Haber estado afuera, en cualquier país, es motivo suficiente para despertar el miedo y un deseo irrefrenable de alejarse y, solo por si acaso, rociar con desinfectante todo lo que ese turista haya tocado.
Hasta hace pocos días, una foto posando frente al Coliseo o la torre Eiffel era, a grandes rasgos, lo que todos soñaban: un trofeo para mostrar al regreso de las vacaciones, el motivo de envidia de los vecinos, el diploma de los millennials exitosos. Ahora, todo cambió. Regresar del viejo continente supone convertirse en un sujeto que preferimos tener muy lejos.
La rápida expansión del virus se explica también por esa actitud, que enalteció los viajes al exterior como un sinónimo de éxito, que borroneó las fronteras e hizo de los vuelos al mundo la forma de vida más abierta, comprensiva, cooperativa y pacífica que todos queríamos adquirir.
Cuando este escenario cuasi apocalíptico quede atrás, ¿volveremos a viajar con el mismo entusiasmo? ¿Serán otra vez los viajes un objeto de deseo y los sellos en el pasaporte nuestra mayor proeza? El paso del coronavirus puede cambiarnos para siempre, pero quizás solo en pequeños hábitos que incorporemos con rapidez a la vida cotidiana, como nos acostumbramos más temprano que tarde a los exhaustivos controles de seguridad que le siguieron al 11S. Aunque hoy las naciones del mundo cierren sus fronteras, los límites nacionales volverán a borronearse pronto con un nuevo intercambio, más cuidadoso, entre todos los países del planeta.


