Paula Echeverría, experta en Terapia Transformacional Rápida: "La identidad es una historia en construcción"
La especialista explica por qué decir "soy ansioso" es diferente a decir "tengo ansiedad", y cómo el lenguaje moldea lo que creemos que podemos cambiar.
Hay una diferencia que parece pequeña, pero que puede cambiar mucho: decir "soy asmático" en lugar de "tengo asma". La primera frase convierte una condición en una identidad. La segunda describe una situación. Según Paula Echeverría, experta en Terapia Transformacional Rápida (RTT), esa distinción no es un detalle semántico, sino un mecanismo que el cerebro usa para fijar o liberar el potencial de cambio de una persona.
"La identidad no tiene por qué ser una sentencia. Ayuda a anclarnos, sí, pero a la vez puede ser una historia en construcción", afirma Echeverría. La especialista señala que condiciones concretas como el asma, la ansiedad o el sobrepeso implican realidades y cuidados específicos, pero no deben definir la totalidad de quien las atraviesa.
Cuando una persona se convierte en su diagnóstico o en su rasgo más difícil, esa narrativa puede volverse una jaula.
El mecanismo funciona desde la infancia. Desde pequeños construimos relatos sobre nosotros mismos basados en experiencias propias y en lo que los demás dicen de nosotros. Esas historias cumplen una función: organizan el mundo y dan continuidad a la identidad.
Pero cuando se vuelven demasiado rígidas, limitan la capacidad de transformación. El cerebro, en su afán por mantener coherencia interna, empieza a seleccionar solo la información que refuerza la narrativa ya instalada y descarta lo que la contradice.
Etiquetas propias y ajenas: las frases que usamos moldean lo que creemos posible
El lenguaje que usamos para describir quiénes somos impacta directamente en nuestras expectativas y comportamientos. Quien se define como "sedentario" probablemente evitará actividades físicas, asumiendo que "el ejercicio no es para mí". Quien se presenta como "tímido" puede bloquear oportunidades sociales antes de intentarlas.
Frases como "soy gordo" o "soy ansioso" no describen una situación: definen una esencia, y esa diferencia tiene consecuencias concretas en cómo actuamos y en qué nos permitimos intentar.
Las etiquetas que más daño hacen no siempre son las que nos ponemos solos. Muchas vienen de afuera y se internalizan sin que nos demos cuenta. Un niño al que le dijeron repetidamente que era "distraído" o "desordenado" puede cargar esa definición durante décadas, tomando decisiones que la confirman y evitando las que podrían desmentirla. Echeverría describe esto como una profecía autocumplida: la etiqueta crea el comportamiento que la justifica.
La propuesta de la especialista es concreta. En lugar de responder a la pregunta "¿cómo soy?", invita a reformular desde preguntas que abran posibilidades: "¿qué me está pasando?", "¿qué hago habitualmente?" o "¿qué quiero modificar?". Esas preguntas son menos cómodas porque no dan una respuesta fija, pero permiten ver las características personales como fotografías de momentos vitales en lugar de definiciones permanentes. Reconocer que uno puede ser de otra manera no niega lo que uno es hoy: simplemente deja espacio para lo que puede ser mañana.
La perspectiva de Echeverría desde la Terapia Transformacional Rápida propone que el cambio no empieza por la voluntad ni por el esfuerzo sostenido, sino por la forma en que nos contamos nuestra propia historia. Cambiar el relato, dice, es el primer paso para cambiar lo que creemos posible.
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