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La Mañana soldador anónimo

Crea robots y personajes de películas reciclando residuos metálicos

Como Carlos Regazzoni, el fallecido artista de la chatarra, "el soldador anónimo" de Centenario, hace esculturas de metal  y macetas de animales con materiales que encuentra tirados en la barda. 

Se llama Mario Sifuentes, pero prefiere escabullirse detrás del apodo "el soldador anónimo" para evitar el protagonismo. Aunque le encantaría exhibir sus esculturas o robots confeccionados con metales y otros residuos reciclados en museos y exposiciones para que los chicos se puedan divertir y los padres maravillarse de su creatividad, a partir de la observación de cada detalle, él se inclina más por el perfil bajo y pregunta si, en las fotos para esta nota, puede esconderse detrás de su máscara protectora para soldar.

Entre las plantas que embellecen el patio de su casa de Centenario, se encuentra Chappie, la recreación del robot del film estrenado en 2015, en el que participaron la actriz Sigourney Weaver y Hugh Jackman. También se puede ver al sonriente Bender de Futurama, junto a otros compañeros de color rojo y amarillo, macetas de colores con figuras de animales y un Minion en la entrada de la vivienda que oficia de buzón y de punto de referencia para los visitantes.

"Excepto las pinturas, en ninguna de mis esculturas vas a encontrar algo comprado. Soy un ciruja metalero, veo un contenedor y busco. La vergüenza ya la perdí. Salgo mucho a recorrer las bardas, me fijo también en los contenedores y cachureo todo lo que sea metal. Lo guardo y con el tiempo lo voy usando", contó Mario en diálogo con LMNeuquén, antes de marcar como el puntapié inicial de su hobby, el arreglo que hizo cuando era un adolescente, sin ningún tipo de conocimiento, de un viejo Falcón que aún conserva.

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"Yo no tengo un oficio con diploma, sí de práctica. Hice solamente la primaria, no tengo ninguna especialización", aclaró el autodidacta de 40 años que combina el trabajo temporario rural con diferentes changas. "Yo tenía que reparar mi auto, pero como salía muy cara la mano de obra, compré una soldadora y aprendí solo. No tomé curso, nada. En ese tiempo no había tutoriales en internet como ahora. Un mecánico amigo me enseñó lo básico y luego fui haciendo de la nada, se me fue dando", señaló.

"Me gustó mucho la idea de unir metales, pero en ese momento no se me ocurrió hacer esculturas. Más tarde conseguí un trabajo de carpintería en Parque Industrial donde tenía que armar muebles y esa experiencia me sirvió para llevarlo al tema de la soldadura y hacer figuras", agregó. Luego de años de poner su saber al servicio de familiares y conocidos para hacer parrillas, canastos o arreglos de sillas y mesas, fue perfeccionando el oficio "a prueba y error".

Con todo, el antecedente inmediato de su arte, fue el trabajo a pedido que hizo hace unos diez años, luego de ver posteo en Facebook. Un fanático del motociclista italiano Valentino Rossi quería que alguien le hiciera una escultura del corredor a partir de un casco, un canasto, un tanque de nafta y amortiguadores que él ponía a disposición.

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"Es de Cinco Saltos el hombre, lo quería con mucho detalle y como me gustó la idea, me animé. Así que le escribí, el se copó, nos juntamos y me explicó bien lo que buscaba y lo hice con todos los colores y los detalles que pedía, hasta con el mameluco", relató Mario, antes de comentar que, en 2019, descolló con sus esculturas en un encuentro de motos a la que asistieron personas de Chile y de distintos puntos de la Patagonia. "Ahí pude ver que a la gente le gusta esas cosas", advirtió.

Dedicación y creatividad

Como el fallecido artista Carlos Regazzoni, "el soldador anónimo", hace sus obras con chatarra. Además de la dedicación que le pone a cada escultura, en las horas robadas a su descanso entre los trabajos que le aportan su subsistencia económica, Mario destina tiempo a recorrer la barda e idea sus proyectos a partir de los elementos que encuentra para reciclar.

"La gente tira muchas sillas rotas de caño y yo saco de ahí para hacer los cuellos o bracitos de los animalitos, por ejemplo. De las camas de caño, uso los largueros para hacer parte de las piernas. Los avestruces, que he hecho como quince y regalado un montón, los armé tanques de combustibles de moto que encontré en la barda, que estaban chocados, pinchados, podridos. Para el cuello usé un escapes de autos viejos que tienen curva o las bases de las mesas de caño", precisó.

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"Chappie fue un desafío hacerlo, es muy complejo. Le hice hasta los dedos de los pies, no sabés qué laburo. Además gira 360 grados en la cintura, los brazos bajan y suben. La cabeza la hice con la homocinética de un auto lo que me permite cambiarle la postura, la orejas también son flexibles", destacó. "Tengo otro dos robots, uno amarillo y otro naranja, que pueden mover la cabeza. Un electricista me dijo que pusiera algo móvil, pero para mi ya con esto es suficiente", se plantó ante la posibilidad de incursionar con la electrónica para animar sus esculturas.

"A Bender le hice todos los detalles, le respeté hasta las rayitas de los dientes", sostuvo con orgullo el laborioso artesano. "Lo hice con un termotanque que había encontrado tirado, le saqué la cáscara y con eso armé el cuerpo. Los brazos son del paragolpes de una Eco Sport, las piernas, partes de una cucheta. Todo lo tuve que limpiar y lijar para poder pintarlo. Algo gracioso: los pies son dos pavas que encontré porque tiene las patitas redondas", dijo entre risas, sobre el popular personaje de Futurama. "La cabeza la hice con las garrafas del aire acondicionado, los ojos son dos bolilleros y el cuello, una llanta de camión cromada. Si me ve un camionero me mata porque ese cromado vale una fortuna", acotó con humor.

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"Los robots me llevan mucho tiempo hacerlos, pero no estoy dedicado al cien por ciento. Es un hobby. Yo primero veo qué tengo y, a partir de eso, voy armando", explicó antes de indicar que el proceso le puede llevar alrededor de un mes.

"Aunque me gusta lo que hago, no puedo negar que muchas veces es un dolor de cabeza. A veces tenés ganas de tirar todo al carajo porque yo hago a partir de lo que voy encontrando, ojalá tuviera las piezas para armar... eso sería más sencillo. Además trabajo con soldadora común, lo que requiere más paciencia y maña. Es grande, pesada y tenés que tener un pulso tremendo. Con las de bobinado no se puede porque te agujerea las chapas", puntualizó.

"A mi me gusta trabajar el metal porque perdura más que otro material. En pintura no le pijoteo, le doy dos o tres manos porque sé que las esculturas van a estar expuestas al sol, al viento, a la lluvia. Yo limpio el metal, no es que le tiro pintura arriba de lo oxidado porque sino, no te dura ni un mes", postuló sobre sus obras que tienen una altura de 1,7 metros y que pesan alrededor de 40 kilos.

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Furor en los niños y el deseo de exponer

Orgulloso de su labor, Mario no está muy convencido de vender sus creaciones (algo que hace esporádicamente). Sí, le encantaría exhibirlas en una muestra. "Muchos me dicen que las ponga en venta por internet, pero nunca lo hice. Pasaron personas a preguntarme por los robots, pero nunca los vendí. Yo quiero dejar algo, pero no me interesa que me conozcan a mi. Quiero que las esculturas se conozcan, que la gente las pueda ver. A mi me gusta que la gente observe los detalles, muchos los pasan por alto, pero yo le pongo muchas ganas, paciencia y tiempo", subrayó.

"Tengo la propuesta para hacer un robot para una placita del paraje Ramón Castro, el pueblo donde nací que queda cerca de Zapala", contó sin detenerse mucho en ese punto, para luego reflexionar: "En Argentina no tenemos una cultura que conciba como obras de arte el metal reciclado, en Europa sí es valorado. Y a la hora de venderlo es difícil ponerle un precio...". "Un robot como los que yo hago, en otro lado vale plata, la gente que los hace puede vivir de eso y puede vivir bien", aseguró.

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No obstante, reconoció que sus obras cautivan a los chicos. "El Minion buzón que está en la entrada de mi casa, es una locura con los niños. No te miento: los más chiquitos les piden a los padres que los dejen acercarse para tocarlo. Ese quedó de una tanda de ocho que hice con los pelitos, las zapatillitas y todos los detalles, que no los alcancé ni a ofrecer. Estacioné un día la camioneta para instalar un canasto y la gente paraba para pedir que se los vendiera al verlos en la caja. Me los sacaron al toque. No hice más porque implica mucho trabajo. Los maceteros que hice con matafuegos para el último Día de la Madre, también me los sacaron como pan caliente", recordó con satisfacción.

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Cuidadoso de las proporciones y los detalles, el Soldador anónimo ya tiene en la mira a WALL-E y algunos personajes de Transformers para sumar a la lista de sus creaciones, que incluyen a su vez una réplica de la Pantera Rosa y percheros con partes de motos. "Soy como chileno recién llegado: hago de todo", sentenció con un gran sentido del humor el autodidacta que además se gana la vida haciendo, rejas, portones en los parates que conlleva sus trabajos en chacras.

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