Este viernes, Argentina enfrentará a Cabo Verde. Como es costumbre, la gente armó su ritual de aliento el día anterior.
A las 13, con el sol de Miami cayendo a plomo sobre la 85 Street y Collins Avenue, empezó el banderazo. Al principio eran grupos sueltos con reposeras, mates y camisetas. Varios prendieron la parrilla. Seis horas después ya no había playa: había Argentina.
La fiesta fue creciendo como crecen las cosas que nadie organiza del todo. Primero los bombos. Después los trapos. Más tarde las banderas de Rosario, Mendoza, Neuquén, Tucumán, Mar del Plata, Córdoba. Y cuando el reloj marcó las seis de la tarde, la marea celeste y blanca ya había desembarcado en la esquina de Manolo, un clásico de Miami que se transformó en una especie de embajada argentina. Ahí se festejó el Mundial de Qatar.
Ahí también se vivió la previa de Boca durante el Mundial de Clubes. Ahora le tocaba recibir a la Scaloneta.
El paisaje era una mezcla perfecta de folklore argentino. Trapos con las caras de Diego Maradona y Lionel Messi, fuegos artificiales, bombos que no descansaban y un detalle que explicaba mejor que cualquier encuesta quiénes estaban ahí. El fernet había roto todas las clases sociales. Algunos lo preparaban en botellas de plástico cortadas por la mitad. Otros brindaban en vasos Stanley impecables. El contenido era el mismo. También las ganas de cantar.
La fiesta, sin embargo, convivía con una preocupación que aparece en cada ciudad donde juega la Selección: las entradas. Entre canción y canción la pregunta volvía una y otra vez. “¿Tenés una entrada?”. Los precios de la reventa siguen completamente fuera de escala y muchos argentinos viajaron hasta Miami sin saber si podrán entrar al Hard Rock Stadium. Incluso comenzó a circular un pedido tan desmesurado como simbólico: que Lionel Messi interceda para abrir el estadio del Inter Miami y que los hinchas sin ticket puedan vivir allí el partido. Una selección llenando dos estadios al mismo tiempo. Parece una locura. También parecía imposible llenar playas, puentes y ciudades enteras.
Ese respaldo fue justamente el que destacó Lionel Scaloni horas antes del partido. “La hinchada argentina siempre ha sido un plus para el jugador. Para nosotros es un refuerzo, no una presión”, explicó el entrenador. Y pidió algo más: que disfruten del equipo. Porque sabe que desde ahora el margen de error desaparece. “Se viene lo bueno. El que pierde se vuelve”, resumió.
Rodrigo De Paul fue todavía más directo. “Sabemos lo que genera esta Selección y tratamos de devolver ese cariño dentro de la cancha”, explicó. El mediocampista entiende mejor que nadie esa conexión entre la tribuna y el equipo. Una relación que ya no depende únicamente del resultado, sino de una identidad construida durante años.
La seguridad acompañó sin grandes sobresaltos. El momento más curioso llegó cuando bajaron a Ciro que se había subido al motorhome de una cerveza argentina para tocar el Himno Nacional. Las calles permanecieron cortadas durante horas, pero no hubo incidentes. Nadie rompió nada. Nadie buscó pelea. La ciudad entendió que no estaba frente a una multitud cualquiera, sino frente a una celebración.
Me fui cerca de las 22:30. Los bombos seguían sonando y todo indicaba que la noche recién empezaba. Algunos se quedarían en Manolo. Otros seguirían en los bares de Miami. Todos con la misma ilusión.
Este viernes Argentina jugará un partido de Mundial. Pero hace rato que el fenómeno ya excede los noventa minutos. La Selección no sólo llena estadios. Ya llena ciudades enteras. Y Miami fue la última prueba de que, cuando juega Messi, el fútbol se convierte en algo mucho más grande que un partido.
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