Doña Tocha Tillería, una mujer que marca la historia de Las Ovejas
Fabián Cares - Especial
El norte neuquino es la cuna de grandes historias. De lugares emblemáticos. De hombres y mujeres que antiguamente atravesaron sus periplos en las vidas cargadas de situaciones que trastocaron el sufrimiento por la crudeza del clima y la lejanía de todas las comodidades y la alegría y felicidad por construir progreso en tierras olvidadas y aun así hacer patria y sacar a sus familias adelante. Este ha sido el caso de Ninfa Rosa Tillería, más conocida como doña Tocha.
La mujer nació en el campo, un 20 de julio de 1937. Se crió con sus padres haciendo todas las actividades propias de estos lugares, para arrancarles la riqueza a la tierra y a la producción de animales. Aprendió a andar a caballo casi antes que a caminar. La rudeza de la trashumancia fue forjando su temperamento y su fortaleza. Más allá de todo esto, reconoce que tuvo una infancia feliz y que hoy también disfruta de una vejez con mucha alegría, rodeada del afecto de su familia. Cumplió su ciclo primario y hasta cursó segundo año en la secundaria de Chos Malal. “Eran épocas muy difíciles y más que nada había que trabajar”, dice.
En esos intentos de mejorar su vida y economía se incorpora a los 14 años como ayudante de enfermería, haciendo mucha teoría y práctica. En eso recuerda la gran ayuda del profesional médico Pedro Galo. Cuenta también que se casó muy de joven con “un viudo”. Después vendrían momentos muy duros a causa de la diabetes de su esposo que le ocasiona la pérdida de visión de un ojo. “Con 28 años y seis hijos la situación económica era muy mala”, recuerda.
En aquellos momentos en la desesperación decide enviarle una carta al entonces gobernador Felipe Sapag refiriendo su triste realidad, sus ganas de trabajar y sus intenciones de emplearse como enfermera debido a los conocimientos adquiridos. Un día como cualquiera, tiempo después, llegan unos gendarmes trayendo una carta. “Era una nota para el director de la salita que había en Las Ovejas donde me debía presentar a trabajar. Fue una enorme alegría”, asegura.
Seis mujeres y cuatro varones son los herederos de esta mujer que se ha ganado un prestigio en el mundo campero y en el pueblo mismo de Las Ovejas. Ninfa Magdalena, Ana Beatriz, Susana Hortensia, Enrique Alfonso, Jorge Héctor, Sandra Meri, Damián Alejandro, Gilberto Asac, Rita Teresa y Mabel Alejandra son los hijos que hoy la acompañan en esta “dulce vejez”, como ella misma se encarga de reafirmar. Su árbol genealógico se compone de 62 nietos y 64 bisnietos. Hoy les confiesa su amor incondicional a las más pequeñas de la familia, a sus "princesas”: Juli, Yazira, Maia y Oriana.
La muerte de su esposo Venancio de la Costa por una cruel enfermedad, quien supo ser un buen veterinario y a quien definió como un “hombre muy bueno”, la obligó a redoblar los esfuerzos por mantener a sus hijos. “Seguí luchando a mi manera para que nada faltara en mi casa”, asegura.
Me iba a caballo hasta el paraje Pichi Neuquén, donde antes eran frecuentes la carreras cuadreras
A lo largo de su vida ha pasado un tendal de sinsabores. Uno de ellos fue cuando se le prendió fuego la casa y prácticamente se quedó sin nada. Cuenta que la solidaridad del pueblo y la generosa actitud del intendente Vicente Godoy hicieron que no perdiera la esperanza de renacer de las cenizas.
Hoy su casa y su extensa propiedad en el pueblo es un santuario de implementos del campo. Algunos lazos y el recado que usaba para montar a caballo se guardan en un rincón especial de su casa. Toda la familia heredó la pasión por el campo y por las carreras de caballos. Algunos ejemplares de buen pelaje y de excelente estampa se ven pastar por su campo.
Bares, gauchos y anécdotas
La Tocha, como todos la conocen, fue campesina de nacimiento y con sus años el campo se le fue metiendo más en las venas. Dice que entre tantas cosas que hizo muchas veces atendió bares de su propiedad. Uno de los más recordados fue el que tenía en su veranada al pie del arroyo Lumabia, en cercanías de las lagunas de Epulauquén. Allí protagonizó una enorme cantidad de anécdotas que sería imposible reproducirlas en su totalidad, pero que la pintan de cuerpo entero como una mujer de temple y de lucha, un ejemplo de vida.
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