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El dilema electoral y la piñata

Análisis de las políticas económicas establecidas por las últimas administraciones.

He cumplido 57 años y puedo hablar de mi experiencia de vida, de vida en Argentina, país contradictorio por excelencia. Y después de una amarga reflexión exclusivamente de los hechos por mí vividos llegué a la conclusión que toda mi vida transcurrió capeando la decadencia de mi país. Toda nuestra vida estribó en administrar esa declinación. Lo triste es que para nosotros, los ciudadanos comunes, estos hechos son sólo parámetros que acotan nuestro marco de acción. No tenemos la posibilidad de influir sobre ellos, sino que ellos enmarcan nuestra existencia.

Hemos administrado la decadencia de nuestros padres de clase media, que luego tuvieron que sobrevivir con ínfimas jubilaciones, de tratar de que nuestros hijos tuvieran las mismas oportunidades de educación que nosotros tuvimos, de acceder a una cobertura de salud, y un sinfín de pequeñas cosas que se iban deteriorando pese a nuestro agónico empeño por mantenerlas en pie. En fin, cosas que nos instan a la reflexión de qué es lo que nos ha pasado.

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En este proceso reflexivo creo que he encontrado muchas deficiencias en nuestra sociedad y sobre todo en nuestra clase política. Pero como nos sugería Ortega y Gasset “Argentinos a las cosas” y por ello creo más positivo buscar un problema concreto y tratar de resolverlo. Vivimos insertos en discusiones cuasi filosóficas o ideológicas que no nos llevan a ninguna parte y creo que en esta crisis terminal que vivimos es hora de que nos ocupemos de problemas concretos, anclados en la realidad y circunstancia que vivimos en este siglo. Por ello en este artículo me voy a ocupar del que creo es el más importante motivo de nuestra caída.

El sainete del dólar:

Este problema es de larga data aunque parece sorprendernos a los argentinos cada vez que ocurre. Al contrario, tiene una existencia cíclica que no deja de sorprender. Como hablo de mis 57 años lo voy a remontar a mi primera experiencia sensible de la economía y la política: la tablita cambiaria de Martínez de Hoz, pleno gobierno del proceso militar.

La maniobra se repitió demasiadas veces y en todos los gobiernos de todos los colores que lo sucedieron; plan austral, convertibilidad, De la Rúa creyó que podía continuarlo. Volvió a ocurrir con Néstor y Cristina. Macri lo reiteró y ahora no sabemos qué hacer. Por ello lo voy a describir de una sola vez y vale para todos los casos.

Cada tanto los gobiernos argentinos con la excusa de frenar la inflación deciden anclar una de la variables que presionan sobre los precios y la elegida, es la cotización del dólar. Se mantiene fijo o retrasado el tipo de cambio creando una falsa sensación de aumento del poder adquisitivo de los salarios. Crecen las importaciones, y decrecen las exportaciones hasta llegar a una balanza comercial totalmente negativa. Crece la sed de dólares porque la inflación sigue, el peso pierde valor y los ahorristas se refugian en la divisa extranjera. También aumenta el turismo hacia el exterior (vieja aspiración de la sociedad argentina, conocer el mundo o por lo menos la tierra de sus abuelos o comprar baratijas en Miami o conocer la Meca religiosa de nuestros adolescentes – Disney World).

Por otra parte, las condiciones de cambio desfavorables y las importaciones destruyen la producción local. Al no convenir producir por los costos, las empresas juntan dólares para fugar al exterior o para radicarse en otro país o de lo contrario, transformarse en meros importadores. Los argentinos que no consiguen trabajo también juntan dólares para fugarse ellos mismos a trabajar en otros horizontes. O sea que no sólo se financia la fuga de capitales, sino también la fuga de los que producen capital invirtiendo o trabajando. Pensemos en la cantidad de empresas argentinas que se radicaron en Brasil en los últimos 50 años o que en cualquier lugar del mundo podés encontrar inmigrantes de Argentina, una verdadera diáspora.

La primera vez que ocurrió (que Yo viví) en el Proceso Militar, se debatió mucho sobre la necesidad de presionar a los productores locales con la competencia extranjera para volverlos más eficientes. Luego, vistas las nefastas consecuencias se habló mucho sobre la bicicleta financiera (carry trade), sobre importaciones de basura del oriente, de la Plata Dulce (título de una buena y recordada película nacional que contiene descripciones muy actuales del fenómeno) y finalmente de una fenomenal deuda externa (50 mil millones de dólares).

En fin, después de tanto debate, se creyó que un desatino de esas características no volvería a ocurrir, que también habría un NUNCA MÁS para esa rémora del Proceso. La democracia traería cordura. Sin embargo, no fue así.

Con el plan Austral, la excusa fue frenar la inflación y estabilizar la economía, se creó una nueva moneda y se ancló nuevamente el tipo de cambio. Pero no se solucionaron los demás problemas de nuestra economía y todo terminó con la Hiperinflación del 89. En este ciclo la pobreza aumentó nuevamente y aparecieron los primeros planes asistenciales (la caja PAN).

Fracasada la experiencia radical, Menem terminó de licuar la deuda interna generada mediante un año más de hiperinflación y pagos compulsivos con bonos. Sin embargo la deuda externa no había parado de crecer y nuevamente se acusó a la ineficiencia de nuestra economía y que era necesario someterla a la competencia extranjera y adaptarse a las triunfantes políticas neoliberales pos guerra fría. Nuevamente se ancló el dólar para frenar la inflación y esta vez se financió la aventura mediante la venta o concesión de las empresas estatales y otras propiedades del estado. Cuando se acabó con esa fuente se acudió a generar más deuda externa.

Pensemos que la experiencia económica de la tablita del proceso duró más de dos años, el plan Austral duró dos años y se reintentó por un año más. Pues bien, el esquema de Menem mantuvo el dólar barato durante 10 años (pues de la Rúa intentó seguirlo). El precio fue terrible, la destrucción masiva de las empresas nacionales, desocupación récord, fenomenal deuda externa y crecimiento nunca visto de la pobreza.

El despertar a la realidad después de esta orgía de plata dulce ocurrió con la terrible resaca de la peor caída de nuestra economía de todo el siglo y así entramos al siglo XXI. El 2000 nos encontró pobres, tristes y desunidos.

El período que siguió curiosamente, demostró la vitalidad intrínseca de nuestra economía y de nuestro pueblo. Con el dólar caro, nos sentimos más pobres, pero empezó a haber trabajo y crecimiento de la economía, superávit gemelo y un periodo de estabilidad. Renacieron las economías regionales y la eficiencia desarrollada por nuestra agricultura y agroindustria se juntó con el aumento de los commodities. Surgió así una nueva oportunidad para la Argentina. No podíamos tirar los electrodomésticos o los zapatos cuando se rompían, pero mucha gente comenzó a trabajar como técnicos o zapateros, resurgió la industria textil nacional y así comenzó a crecer el empleo.

Las conclusiones son obvias, la idea de someternos a la competencia extranjera ni siquiera fue en igualdad de condiciones, con las divisas abaratadas artificialmente por los gobiernos es imposible competir. Podríamos haber criticado y cambiado el esquema de empresas prebendarias atadas a beneficios obtenidos del estado y el exceso de regulaciones inútiles generadoras de coimas (en ello Menem hizo bastante). Pero sobre ello aplicar un abaratamiento artificial del dólar fue y sigue siendo fatal para nuestra producción y nuestro empleo. Nuestro mercado interno es pequeño y por ello no somos competitivos globalmente, por lo tanto debemos buscar más mercados en el exterior. Necesitamos competir en la arena internacional, pero con este esquema no solo se bajaron aranceles y se abrieron importaciones, sino que se sumó la apreciación artificial de nuestra moneda creando un marco imposible para nuestra producción. La idea es que saliéramos a la guerra comercial y por el contrario, se propició la invasión extranjera. Nos dijeron que saliéramos al combate, pero desarmados y con las manos atadas.

Esta vez sí. Pensé, nadie va a volver a aplicar este ruinoso principio neoliberal. Es más, el hecho de que Menem lo aplicara después de los anteriores fracasos me parecía increíble y hasta llegué a elucubrar teorías conspirativas. Por ejemplo, debía ser una imposición pos guerra de Malvinas para empobrecernos y debilitarnos (recordemos que Menem también destruyó el complejo de industrias militares y el proyecto Cóndor II).

Sin embargo, les adelanto que estas conclusiones eran erróneas y los episodios posteriores nos demostraron que el origen de estas políticas es más prosaico y egoísta.

Cuando nuestra economía arrancó nuevamente pos 2001, volvió el retraso cambiario, el congelamiento de tarifas y otras medidas para hacernos sentir que nuestros ingresos eran mayores de lo real. Con Cristina pudimos viajar al exterior, hacer shopping en Miami y ser vistos en el mundo como esos tipos raros que de todo compran dos. Artificialmente ricos derrochando dulces dólares por el mundo.

Parece que la consigna debe ser “Gobernar es dar dólares baratos a los argentinos” o que tenemos un derecho constitucional a que el gobierno nos regale moneda extranjera.

Para lograrlo, el gobierno K recurrió a todas las cajas que pudo derrochar y, acabado el esquema, perdieron las elecciones.

¿Volvió la cordura? Rotundamente NO, El gobierno de Macri repitió la receta y como no había más cajas recurrió al endeudamiento externo. Volvimos a pasear por el mundo y a importar productos innecesarios; y ello le alcanzó para ganar las elecciones de medio término.

Pero, una vez más la realidad volvió a hacerse presente y terminó lastimosamente su mandato.

Actualmente, tenemos una nueva (y vieja) administración y nos hacemos cruces pensando de donde va a sacar dinero para la fiesta de las elecciones 2021.

El dilema electoral y la piñata

Cómo ya les adelanté, este desvarío económico tiene una lógica mucho más egoísta y mezquina de lo que quisiéramos esperar de nuestros dirigentes. Todo tiene una única explicación y confirma lo que la mayoría pensamos de nuestra eximia clase dirigente.

Nuestros políticos jamás pudieron resolver el dilema electoral de nuestra sociedad, actuaron con una extrema cortedad de visión y permanentemente se abocaron a lo inmediato, o sea ganar la próxima elección. Nunca hubo una visión estratégica, ni planeamiento de largo plazo, salvo para obtener y mantener el poder y sus privilegios.

Nuestro dilema electoral, que ya explicaron muchos analistas políticos, es que nuestros ciudadanos pueden dividirse en tres bloques casi iguales. Un tercio de peronistas en algunas o varias de sus versiones, otro tercio que jamás votaría a un peronista y un tercio que mira expectante tratando de adivinar en cuál de las propuestas de los otros dos puede arriesgar su voto en la elección que sigue.

En toda nuestra vida, ninguno de estos bloques supo ofrecer al bloque oscilante un proyecto de largo plazo que pueda convencerlos de apoyarlos en un proceso de avance hacia un futuro creíble. Entonces, como expuse anteriormente, lo que se buscó es mantener la adhesión de esa mayoría voluble mediante la política de la piñata.

O sea, cada tanto el gobernante de turno pisa el tipo de cambio, con un gran costo en pérdidas para el aparato productivo y de reservas para el banco central. Frenan un poco la inflación, pero la inflación sigue, el retraso de las divisas extranjeras se profundiza. Disminuyen las importaciones, aumentan las importaciones, déficit comercial, se piden dólares prestados, se liquidan reservas, etc. Finalmente, la presión crece y las reservas bajan, se promete no tocar el tipo de cambio porque se va a disparar la inflación reprimida, para asegurarlo se suben las tasas de interés, se emiten bonos estrafalarios, ventas a precio ruin de dólar futuro y cualquier cosa para convencer al mercado. Mientras tanto el mercado juega al borde de la cornisa con grandes ganancias mientras el gobierno aguante. Es un gran juego, en el cual más gana el que sale justo antes de la caída. Cuando todo revienta, el dólar se dispara, la inflación también y todos quedamos más pobres y más endeudados. Ahí comienza la búsqueda frenética de culpables, los empresarios, los bancos, el mercado (figura etérea y demoníaca), el campo, las cerealeras, los comerciantes y un largo etcétera. Todos podemos llegar a ser culpables, menos el gobierno de turno.

Es una mala película que se repite una y otra vez, con cualquier color de gobierno en los últimos 45 años. Es curioso cómo se demoniza el proceso militar en todos sus aspectos y sin ningún pudor todos los gobiernos repiten la perversa receta de Martínez de Hoz.

Es lamentable que en todo este tiempo nuestra clase política no haya sido capaz de generar un liderazgo que nos convenza de un futuro posible y un camino preciso a seguir. Todos nuestros líderes fueron limitados y atados a lo inmediato sin una visión estratégica de largo plazo. Nadie pudo resolver el dilema electoral y todos siguieron la política de la piñata. Han menospreciado a sus ciudadanos y nos trataron como animalitos llenos de necesidades básicas que satisfacer hasta conseguir el voto. Psicológicamente podemos decir que nos comportamos como nos tratan buscando sobrevivir a condiciones que no podemos cambiar individualmente. Nos tratan como niños con regalos a cambio de nuestros votos y luego que todo explote, si es posible al sucesor en el cargo.

Pero esto es falaz, no pueden gobernarnos con la base de la pirámide de Maslow, cualquier persona aún en su pobreza tiene aspiraciones de nivel superior. Esto lo demuestro con ejemplos, unos lejanos en el tiempo: un líder, Ghandi movilizando a un país gigante lleno de desigualdad y pobreza hacia la consecución de un ideal. Otro, creemos que los próceres de nuestra independencia ofrecieron planes o asignaciones?, NO!, ofrecieron libertad e igualdad ante la ley sin privilegios de sangre para nadie (en cambio ahora tenemos una nobleza que hereda cargos políticos).

El otro ejemplo es el nuestro, como padres, los cuales abandonada la idea de un futuro de grandeza por parte de nuestros líderes, igual luchamos por educar a nuestros hijos, dándoles una buena educación, aconsejándoles buscar un horizonte en otro país, o que jueguen al fútbol, o de última que se hagan políticos para que aseguren su futuro.

Necesitamos que el dólar sea caro y estable.

Después de esta ráfaga de grandilocuencia, doy una gran frenada y vuelvo al tema concreto que es la finalidad de este artículo. Necesitamos estabilizar las variables macroeconómicas para que haya un futuro de crecimiento posible para nuestro país y en mi opinión el punto crítico y más urgente es darle certidumbre y estabilidad a los que producen.

Ahora bien, cuál es el mercado al que debe apuntar nuestra producción (cualquiera sea, primaria, agroindustrial, industrial, servicios, alta tecnología, etc.) ¿?

La respuesta es simple, tenemos apenas el 0,5% de la población mundial, por lo tanto cualquier producción que quiera tener una escala competitiva debe apuntar al mercado global. Nuestro mercado interno no es suficiente. Nuestros productos van a ser más baratos para los argentinos si conseguimos economía de escala vendiéndoles a otros mercados.

Para este desafío tenemos una gran ventaja, en 45 años nos volvimos muy pobres y nada justifica que nuestra moneda valga más que el dólar. La OMC no puede acusarnos de dumping si nuestra moneda se abarata. No necesitamos de aranceles para proteger nuestra producción, sólo debemos aceptar que el dólar es caro.

Por supuesto, algo circunstancial no es suficiente, ahora, como otras veces que el dólar se disparó escuchamos al gobierno decir que estamos ante un proceso de sustitución de exportaciones. Eso es falso, ningún empresario en su sano juicio invertiría en producir algo que depende de tan inestables reglas de juego, tenemos a lo sumo, empresas oscilantes que ponen en marcha sus viejas máquinas cuando el dólar sube, y que echan a sus empleados cuando baja y se transforman en importadores.

En fin, de acuerdo a la experiencia de nuestra historia reciente y de otros países, creo que la principal y primera variable macroeconómica a estabilizar y en un valor alto, es el dólar. Porque ello determinará cual va a ser nuestra relación con el mundo, porque es una ventaja competitiva y porque a partir de ello se podrá continuar con el resto de las variables que nos preocupan.

Por ejemplo, Brasil demoró muchos años en dominar la inflación, pero jamás los industriales de San Pablo dejaron de presionar para que la moneda brasileña se mantenga valuada por debajo del dólar. El resto de la historia la conocemos, ellos se industrializaron y muchas empresas argentinas se trasladaron al Brasil.

Pueden decir que hay otros factores, pero no son los más importantes. Un solo ejemplo, nuestra industria del calzado desapareció con el menemismo ante la competencia de nuestros vecinos y no porque ellos tuvieran una tecnología superior.

Esa clase media Cholula que salió a gastar dulces dólares por el mundo, y que recuerda la bondad de cada gobierno por el viaje que hizo, recuerden que muchos a la vuelta de sus paseos, en la crisis consiguiente, pasaron a ser pobres y ya llegamos al 50% de pobreza. Chau clase media!

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