Fueron apenas dos meses. En ese lapso tan breve, la vida de José Massabó parece haber girado en círculo. Pasó de ser un veterinario neuquino a convertirse en una especie de héroe de una comunidad rural de Tanzania. Y allí, apenas ocho semanas más tarde, el coronavirus lo transformó en una amenaza para esa misma población que él pretendía ayudar.
El día que cumplió 50 años, José decidió hacerse un regalo a sí mismo. No quería ropa ni libros. Tampoco otro viaje de esos viajes en los que recorrió buena parte del mundo en la última década y media. Buscaba, en cambio, una experiencia transformadora. Por eso se inscribió como voluntario en un orfanato de Tanzania.
El veterinario se despegó de sus afectos y de su trabajo estable en Neuquén. También se alejó de Miranda y Bahía, las perras border collie de las que nunca se separaba. Y emprendió un viaje que lo llevó primero a Europa y a visitar algunos países del continente africano luego.
Llegó a Tanzania ligero de equipaje. Usaba apenas una mochila de esas que se permiten en los vuelos low cost y una gran dosis de entusiasmo para olvidarse de su profesión por un rato y hacer cualquier tarea que le encomendaran como voluntario.
El calor húmedo de Tanzania lo obligó a exponer todo lo blanco de su piel, esa que se ve incluso por encima de sus ojos claros y le cubre la cabeza calva. José le esquivaba a los hoteles cómodos y a los taxis con aire acondicionado. Prefería mezclarse con los locales y viajar en dala dala, una camioneta con un motor diésel fuera de punto, que trasladaba en la caja a veinte personas casi aplastadas por un techo de chapa que servía de portaequipajes.
Como era el único blanco en Kidatu, muy pronto dejó de llamarse José para convertirse en mzungu, el término que usan los locales para designar a los hombres de piel clara. Para los niños, su presencia aldea provocaba una mezcla de curiosidad y simpatía. Corrían a saludarlo cada vez que lo veían en las calles de tierra apisonada de la aldea.
Los responsables del voluntariado lo convirtieron en profesor de educación física. José pidió algunos consejos pedagógicos por Whatsapp, compró una pelota nueva y el primer día de clases se despertó a la madrugada, dos horas antes de la clase, para esperar al borde de la cama a la persona que lo pasaría a buscar.
La escuela eran dos aulas de material en medio de un campo de arrozales. Los alumnos de José bailaban a los saltos para recibir a su profesor. “Teacher José”, le decían, y a él se le humedecían los ojos celestes.
Las selfies de las clases los muestran como una verdadera comunidad. El rostro del neuquino parece perderse en medio de un mar de cabezas que sonríen y levantan los pulgares para la lente. José. Teacher. Mzungu.
En marzo, las noticias de una pandemia que arrasaba a buena parte de Asia y Europa tronaron con fuerza en Tanzania. Cuando se confirmaron los tres primeros casos en el país, el gobierno local optó por cerrar las fronteras. Los hostels ya no recibían turistas, los vuelos se cancelaban y José supo que ya no podría llegar a Kenya, su próximo destino.
Ya en Arusha, a escasa distancia del Kilimanjaro, José había dejado de ser mzungu. Los adultos tomaban una prudente distancia. Parecía haberse convertido en una amenaza. Los niños estiraban el cuello de las remeras para cubrirse la boca y la nariz cuando lo veían pasar. Los viajes apretujados en el transporte público se habían vuelto incómodos. Los pasajeros se alejaban lo más que podían de José y lo llamaban por un apodo nuevo: corona.
Se enfrentó, entonces, a una aventura distinta. Un vuelo de repatriación que lo llevó del desierto aeropuerto de Dar-es-Salam a las caóticas zonas de embarque de Dubai, en donde miles de personas con valijas y barbijos esperaban por un vuelo de vuelta a casa.
En el aire, la tripulación rociaba los pasillos con desinfectante.
Después de casi 34 horas de vuelo, un operativo de sanidad los obligó a llenar declaraciones juradas sobre sus posibles síntomas y a salir del avión a una prudente distancia de dos metros de persona a persona.
José aterrizó en Buenos Aires y se trasladó hasta La Plata para hacer la cuarentena junto a sus hijos. Lo primero que hizo fue dormir varias horas de un solo tirón. Después, y fiel a su estilo, diseñó una estrategia para dar consejos veterinarios por videollamada para los que hacen la cuarentena.
* Esta nota fue escrita en el marco de la beca Cosecha Roja.
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