Buenos Aires > Si bien futbolísticamente la actuación de Argentina y el título conseguido fue irreprochable en lo futbolístico, hubo un partido que siempre quedará bajo sospecha. El triunfo por 6 a 0 ante Perú que le permitió a Argentina llegar a la final (necesitaba hacer cuatro goles) sigue siendo motivo de debate y sometido a investigaciones que cuestionan la transparencia de aquel resultado.
Nunca hubo dudas de la superioridad de Argentina en ese juego, pero tampoco que ocurrieron muchas cosas raras. Como la actuación del arquero Ramón Quiroga (argentino nacionalizado peruano) y también el hecho de que el mismisimo presidente Jorge Rafael Videla fuera al vestuario peruano acompañado del Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger.
Aquel 21 de junio de 1978, Argentina, enfrentaba a Perú en Rosario con la obligación de ganarle por al menos cuatro goles de diferencia para acceder a la final desplazando a Brasil. Y lo logró frente a un rival que estuvo muy debajo de sus presentaciones previas. Casi enseguida los rumores se echaron a rodar: Se dijo que el dictador de Argentina, Jorge Rafael Videla, urgido de que su equipo ganara el Mundial y ocultara el terror de su gobierno, se contactó con su homólogo de Perú, Francisco Morales Bermúdez, para procurar su apoyo.
Las versiones añaden que hubo dinero y que uno de los encargados de los trámites fue Rodulfo Manzo, un rústico defensor peruano. Lo único que reconocen los jugadores peruanos es que Morales Bermúdez los llamó al camerino y aparentemente sugirió, aunque no de forma directa, la necesidad de colaborar con el sueño argentino.
A través de 30 años de especulaciones, en los que incluso surgió el narcotraficante colombiano Miguel Rodríguez Orejuela como quien supuestamente puso el dinero en el marco de una oscura triangulación, no hay pruebas, aunque las más suspicaces recuerdan que nunca las hay en esos casos. No son transacciones que se hagan con factura.
Los jugadores peruanos de aquella selección ponen cara de pocos amigos cuando se les insiste en el tema. Treinta años después, con pruebas o no, el rumor parece haberlos sentenciado moralmente.
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