Neuquén > Lalo (Osvaldo) Lagos arrea los caballos hacia el cobertizo mientras Pichona (Leonilda Chamorro) amasa el pan casero para la merienda. A unas tres leguas de Villa Traful, ellos junto a sus hijos llevan adelante la Estancia Río Minero que ofrece al turista pasar unos días inmersos en un paisaje exuberante de bosque cordillerano y de vertientes que van surcando senderos.
Su hijo Lucas cuenta que sus ancestros llegaron a esos pagos a fines del siglo XIX y entre historias familiares, que dan cuenta que sus tierras son de la familia preexistentes a parques nacionales, se cuela la voz de su esposa, Naiara Moreno, una bilbaína que relata en primera persona lo que tuvieron que vivir como consecuencia de las cenizas emanadas del complejo volcánico Cordón del Caulle.
Naiara tenía una carrera de antropología y de asistente social en su haber, a pesar de que trabajaba en la Policía de San Sebastián, en el País Vasco.
Durante unas vacaciones se contactó con el que luego sería su cuñado para alquilar una cabaña a 16 kilómetros del casco de Villa Traful y ahí cambió su vida. Se enamoró de Lucas, cruzó el charco y atrás dejó a su familia y amigos. Desde hace seis años vive rodeada de la más exuberante belleza, al lado de Lucas con quien tuvo al pequeño Josu y otro en camino.
Ese paisaje bucólico el 4 de junio de 2011 cambió por completo. Una luz incandescente emergió desde el fondo en una ladera y en pocas horas una capa espesa de cenizas lo cubría todo. A las 15 era una noche cerrada, las cenizas caían como lluvia. Las pantallas solares no funcionaban, no había luz, no había agua y las vertientes se tapaban.
“El pasto estaba cubierto de cenizas. Era una cosa muy fea porque era como un paisaje lunar y además la ceniza hacía como un efecto estanco, no había eco, no había ruido de animales, no había ruido de pájaros, no había ruido de nada. Teníamos un ojo de agua que fue el que nos salvó la vida”, explica Naiara.
“Tuvimos que salir a buscar a las vacas que se habían resguardado en un cañadón. Y eso que teníamos forrajes pero con el paso del tiempo las vacas bramaban de hambre. Fue terrible”, cuenta el matrimonio.
Deambularon por Junín de los Andes, por Zapala para poder ubicarlas pero en algunos casos por mezquindad y otros por falta de lugar, no pudieron hacerlo.
“Es que no es el valor de la vacas, se va nuestra cultura. Las vacas que había acá son las hijas de las vacas del abuelo de Lucas que le dejó a mi suegra. Parece que es como una idea romántica pero bueno… tuvimos que vender más del 50 por ciento de las vacas, cuando el 30 por ciento se murió y quedamos con lo que tenemos ahora”, explica Naiara, como para quienes no entienden el significado del campo.
“En estas cosas uno está acostumbrado a empezar de nuevo. La temporada de turismo no existió. Tratamos gente amiga. Nos llamaban y les decíamos con una sinceridad total que no vinieran, que no podían traer a sus nenes, nos costaba ya con Josua que debía andar con barbijo todo el día. A todo el mundo le empezamos a devolver la plata de las reservas. Y muchos, porque ya es gente amiga, nos decían que lo dejemos para el año siguiente, pero es que no lo sabíamos, no podíamos saber si iba o no a mejorar”, recuerda Lucas.
El panorama se estabilizó después de este invierno, después de las nevadas, y en septiembre empezó a cambiar. Retomaron las actividades con el turismo porque la naturaleza volvió a verse con más fuerza, no hay vestigios de lo que han vivido, y dicen esperanzados que “pinta ser un año bastante bueno”.
Con filosofía de campo
La estancia cuenta con tres cabañas, separadas entre sí, que pueden ser usadas por parejas, grupos de familiares y amigos de hasta 20 personas.
Neuquén > “El abuelo Feliciano la tenía clara. Nos decía que si bien es parte de nuestra tradición el futuro no estaba en las vacas sino en la gente que nos viniera a visitar”, dice Lucas Lagos, y eso es lo que hicieron.
La estancia cuenta con tres cabañas, separadas entre sí, que pueden ser usadas por parejas, grupos de familiares y amigos de hasta 20 personas.
Los jóvenes de la familia pueden guiarlos para hacer safari fotográfico o bien cabalgatas de una hora, de dos horas o de medio día con o sin asado incluido.
“Ofrecemos un poco lo que es la filosofía del campo. No serán las cabañas más cómodas porque no tienes luz todo el día, no tienes televisión, ni microondas ni cosas así, pero nosotros intentamos suplir todo esto invitando a los papás, las mamás y los nenes a participar de las jornadas de campo. La casa está abierta. Pueden estar haciendo el pan con Pichona, pueden juntar las frutillas conmigo, pueden juntar los huevos y a la mañana ordeñar las vacas”, comenta Naiara.
Esa filosofía heredada del abuelo Lagos incluía educarlos para no valerse del oro que saben que una vez encontró pero que prefirió que su esfuerzo se aboque a la conservación del lugar, del bosque, los animales y sus ríos.
“Queremos que se tenga esto muy en cuenta: siempre que viva un poblador, no habrá contaminación ni daños ecológicos”, asegura la familia.


